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Pongamos que hablo de Madrid

Según las encuestas, las chicas ya no quieren ser princesas, quieren ser funcionarias
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Madrid, la capital, el foro, el rompeolas de las Españas, está en ebullición. A pocas semanas de las elecciones municipales y autonómicas, la Castellana, Callao, Ferraz, Génova son un campo de batalla. Acaba de lanzarse al ruedo un Gabilondo, profesor de metafísica, para intentar taponar la hemorragia del PSM cuando todavía no está seca la sangre del derrocado Tomás Gómez. Un poeta y frente-populista, Luis García Montero, le echa bemoles para encabezar la lista de una de las izquierdas que olfatean la decadencia de la derecha después de décadas de poder al frente de la máquina que tira del tren peninsular. Pero ellos y otros cabezas de lista que dan la cara en esta pugna en realidad son los guiñoles que aparecen en la tarima del telediario mientras la batalla real se libra entre las tribus que mandan en Madrid. Una de las principales y más poderosas es la de los funcionarios.

Según las encuestas que miden los deseos juveniles, las chicas ya no quieren ser princesas, ahora quieren ser funcionarias. El funcionario en Madrid pesa mucho. Y por lo general su cartera y su corazón coinciden en la izquierda. En el último mitin de Pablo Iglesias, autonominado jefe de la oposición sin pasar por las urnas, había mucho funcionario de esos que suspiran por más Estado, más seguridad social, más gasto público, muchos impuestos. ¿Pero qué ha dejado la resaca de la crisis en la playa de Madrid? Pronto lo sabremos. Sabremos también hacia dónde se encamina el voto del derroche de antaño, de la nómina perdida, del postureo, del restaurante de moda a precios imposibles, del ‘finde’ en las playas y el chaletito en la sierra. Sin olvidar el del ejército de parados sin esperanza que respiran por la herida. O de los emprendedores, otra de las grandes tribus que mueven el teatrillo de los partidos políticos. Los que llegaron a buscarse la vida al kilómetro cero que odian los impuestos y quieren liberalismo a ultranza.

El reflujo de la crisis ha dejado también una ciudad frustrada por el petardo de la candidatura olímpica, el tocomocho de Eurovegas o la operación Chamartín. Ahora se alzan las voces que exigen un cambio de modelo. Hacia una ciudad que deje de crecer y de soñar pero que asegure la renta de inserción a los sin papeles y albergues de tres estrellas para los sin techo. Que pague la calefacción a las chabolas y que ponga en los colegios concertados aulas para los hijos de la Europa del este.

La alcaldesa rebotada se va seguida de la rechifla de los hijos de los progres y una rubia de la periferia, con pinta de roja aburguesada, se postula para hacer tabla rasa y convertir Madrid en Leningrado. El Gabilondo profesoral aspira a recuperar las tertulias del Gijón y del Lyón mientras los funcionarios reparten impuestos por los portales. Y la derecha en retirada se resiste a encerrarse en el barrio de Salamanca a esperar que pase la tormenta. Pongamos que hablo de Madrid.

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