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¿Por dónde se va al mundo?

Cada uno de nosotros habita un pequeño mundo que a su vez se encuentra dentro de otro
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La artilugiología es una ciencia que en una primera fase estudia las reacciones de asombro que producen los aparatos, artefactos, utensilios o artilugios cuando averiguas para qué sirven. Ayer desde mi casa, sin ir más lejos, vi ascender hacia el espacio un sofisticado globo-sonda con un dron, cámara de vídeo y GPS que habían lanzado desde Perafort. Luego supe por este diario que se trata de unos profesores universitarios chiflados llegados desde diversas partes del planeta para lanzar, por segundo año consecutivo, una cebolla a la estratosfera.

Imagina la reacción de un cateto que nunca hubiera visto un televisor y descubriera por la ventana de una vivienda unifamiliar a personas con las caras azuladas absorbiendo la irradiación y mirando extraviados hacia un punto fijo. O qué sentiría un ser pre-eléctrico al cruzarse con ese grupo cada vez más numeroso de personas que caminan hablando a gritos sosteniendo un celular en la mano y un pinganillo al oído, si una mujer le dijera como a mí en la Rambla: «Cuando terminé de ver 50 sombras de Grey, te llamo». Porque en una segunda fase, la artilugiología consiste en dar un uso distinto al que señala el prospecto, a una aspiradora, exprimidor, tostadora u otros utensilios de ferretería como bridas, cuerdas o cinta aislante.

La isla del Mundo es la última obra de ficción del filósofo valenciano Don Miguel Catalán, que desangra tinta pues ni siquiera tiene cubierta que le sirva de coraza a las críticas literarias como ésta. De hecho no se trata propiamente de una novela de formación cuya característica configuradora es la complejidad psicológica del personaje que aprende, sino de un relato largo que no pinta por oficio, pues prefiere dibujando al aventurero Gastón que nos identifiquemos con un hombre lego de ropas zurcidas, talego de cáñamo y cantimplora, que camina con sandalias en busca del Mundo.

El punto de partida es cartográfico, la novela comienza cuando llega un huésped a la posada de Gastón y afirma que el suelo que está pisando no está en el mundo. El gigante Gastón se queja, pero el extraño le exhibe un mapamundi en el que claramente no figura el lugar donde se encuentra la posada. Gastón reniega de nuevo golpeando la mesa con una jarra de vino para dejar constancia de que las líneas de los mapas no implican el final del espacio físico y la realidad corpórea. Pero al final acaba vencido, su pequeño mundo no está en el Mundo, así que pregunta: ¿Por dónde se va al Mundo?, y decide ir a descubrirlo.

El peregrinaje acercándose a nuestra sociedad tecnológica y audiovisual, recuerda los relatos desternillantes y futuristas de Primo Levi, en los que describe el funcionamiento de aparatos electrónicos estrafalarios, como una máquina de escribir en prosa que te lo devuelve en verso, unos cascos de realidad virtual que han terminado por hacerse realidad, o una confesora doméstica homologada por la iglesia a la que le cuentas los pecados de la envidia y te limpia el alma cochina.

Cada uno de nosotros habita un pequeño mundo que a su vez se encuentra dentro de otro que a su vez se encuentra dentro de otro y otro. Miguel Catalán, experto en la mentira, escribe en su último ensayo sobre la ilusión, que el autoengaño consiste en ir menguando el mundo a medida que descubres que no puedes conquistarlo. Cada cual vive en su patria, en el mundo que se crea, y se quiere creer. Y como decía una canción de Víctor Manuel compuesta poco antes del golpe de estado del 23-F y que nunca volvió a interpretar, cuando hablen de las patrias, no me hablen del honor, que en esta hoja cabemos todos, o aquí no cabe ni dios. Pues, aunque no les cuento el desenlace, el mensaje metafísico de La isla del Mundo es que la vida es corta pero ancha.

El destino del calçot astronauta era el de alunizar descongelado junto una salchicha de Frankfurt en alguna barbacoa de Mallorca, como el año anterior, pero esta vez la cebolla ha terminado escarchada pululando por el espacio e intentando comunicar con control de Tierra. Se ha comprobado por conexiones entre la biología molecular y la física astronómica que lo más mínimo y lo más inmenso comparten vibraciones temblorosas, y que junto al mundo de afuera poseemos otro interior en el que no existen pistas ni mapas ni fronteras ni estelas ni rastros ni fulgores fugaces. Y que cuando se encienden luces, no sabemos si son astros en la bóveda celeste o simples partículas en nuestro interior.

Y a la pregunta que formuló Gastón, ¿por dónde se va a ese mundo oscuro, silencioso, inescrutable e ingrávido en el que dejamos de ser vulgares?, hay dos puertas de entrada: Una es la de los sentimientos, que nos permite elegir a quienes amamos y así convertirnos en seres eternos. Y la otra, la sensibilidad, pues sucede con la buena literatura que detrás de las palabras encuentras naves perdidas, como yo ahora mismo que busco un lucero –como tú– en el firmamento. Pues para poder ver un mundo en un grano de arena, un cielo en una flor silvestre o abarcar el infinito en la palma de la mano, William Blake, basta creer para crear, Unamuno.

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