Por qué los populistas alcanzan el poder

Algunos son líderes con falsa piel demócrata que han consolidado dictaduras sirviéndose de democracias,  evidentemente débiles favorecidas por un aborregamiento popular

Luis Álvarez de Vilallonga

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Luis Álvarez de Vilallonga

No existe una respuesta concreta y definitiva, pero concurren factores, causas y circunstancias que favorecen el florecimiento de esta lacra que tanto afecta al continente americano y que en los últimos años ha irrumpido en Europa. Como primera premisa debemos considerar que cualquier político populista debe atesorar una serie de condiciones imprescindibles para triunfar: ser líder carismático, dominador de la palabra y erigirse en un gran comunicador, capacidad para movilizar masas y apoderarse del control de los medios de comunicación, amén de perlas como fantasear con enemigos del país tanto internos como externos, incitación al odio de forma velada o directa, desinterés por los avances científicos y una total falta de escrúpulos. 

Los populistas aprovechan los momentos débiles de gobiernos democráticos ya sean de derechas o izquierdas, con el bien entendido que ambos conceptos no deben tomarse en un sentido decimonónico (todavía hay quien equipara a la derecha con el fascismo y a la izquierda con el comunismo), en realidad el populista de derechas tiende a descabalgar a gobiernos socialdemócratas y el de izquierdas a los de corte liberal. Partiendo de la base que intentan ganar elecciones a gobiernos constituidos democráticamente, sin embargo, cada populista que llega al poder tiene unas connotaciones propias y necesarias según el momento y situación que se encuentre el país, así Lula o Bolsonaro en Brasil, Chávez o Maduro en Venezuela, Morales en Bolivia, Ortega en Nicaragua, López Obrador en México o Trump en USA, y aun citaremos a Perón en Argentina por haber sido todo un compendio de populismo. Algunos son líderes con falsa piel demócrata que han consolidado dictaduras sirviéndose de democracias, evidentemente débiles favorecidas por un aborregamiento popular. Europa no ha sido una excepción, aunque en un tono menor, ya que hoy para ser un ganador hay que tener algo de populista y reunir un discurso que satisfaga a redencionistas sociales, a «profetas judeocristianos» junto a políticas de libre mercado, algo utópico en un país de hondo calado de humanismo cristiano y actuales corrientes progresistas.

Hoy estamos ante gobernantes que se han subido al carro populista que les asegure una larga permanencia en el poder, son falsos demócratas que predican doctrinas en las que no creen pero que van dirigidas a un pueblo miope e ignorante, manipulado desde la escuela pública y universidades, carente de formación intelectual, de libre pensamiento, de conocimientos y reflexiones filosóficas. Mientras, los líderes despilfarran nuestros impuestos en beneficio de su aparato político y sus incondicionales. Si el siglo XX se distinguió por notables intelectuales como Orwell, Sartre, Rusell, Popper o Paz que influyeron en el espectro político, hoy estamos huérfanos de ellos, o al menos sin voz ni presencia en los foros de influencia.    

Sin perder de vista el binomio filosofía-religión, éste último ha marcado sensiblemente el desarrollo en la historia de Europa, pero más aún en Latino América tras el descubrimiento del Nuevo Mundo, es así como no puede desligarse el legado espiritual en cualquier ámbito, desde personajes relevantes, políticos, escritores, filósofos cuya influencia en la época creó una conciencia ideológico social o religioso.

El legado de Felipe González fue un socialismo con democracia y libertad política, aun en contraposición del liberalismo económico. Hoy lejos de acercar posturas entre social democracia y democracia liberal, se está coqueteando con estrategias populistas, una perniciosa labor que acarreará consecuencias negativas. Permanecer o alcanzar el poder a cualquier precio, expropiando derechos democráticos, ahorros o patrimonio de ciudadanos de a pie es algo deleznable que no debe quedar impune.

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