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'Post partum'

¿Qué es una representación teatral sino el fruto de un acto de amor? Amor entre el autor y su obra
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Estimados lectores: He estado alejada de estas páginas durante un lapso de tiempo medianamente largo. Y ciertamente he echado de menos esta sensación; la sensación de comunicar aquello que, en un momento determinado, te provoca, te motiva o te conmueve. O las tres cosas al mismo tiempo. Y, curiosamente, vuelvo a reemprender el camino, basándome precisamente en uno de los factores que me ha mantenido en silencio durante estas semanas.

Ese factor, ese acontecimiento, y de ahí el título de encabezamiento, tiene un gran parecido con el nacimiento de un hijo. De un hijo concebido con amor, como debieran serlo todos... De un ‘hijo’, individual y colectivo a un tiempo, cuyo anuncio, gestación y alumbramiento producen parecidas sensaciones a las que se experimentan cuando se trata del hecho biológico, salvando las distancias naturalmente. Porque ¿qué es una representación teatral sino el fruto de un acto de amor? Amor entre el autor y su obra, y el grupo de ‘locos’ enamorados, que, en su momento, decide subir ese texto a un escenario… Un buen día se produce el flechazo. La idea llama a la puerta, a veces de la mano de un actor, o de varios; de un director escénico, o del equipo directivo; o de ambos. Y se anuncia la buena nueva. Y se inicia la aventura. Y comienza la gestación del proyecto: del futuro hijo, producto de esa ilusión…

Y, con los inicios, durante los cuales esa representación se encuentra en estado embrionario, comienzan, cómo no, las dudas: ¿será el momento adecuado? ¿Está nuestro ‘cuerpo’, nuestro elenco, preparado para ese reto? Y la ‘familia’ a la que deseamos incorporar ese brote de nosotros mismos, ¿lo recibirá con ilusión? Y sentimos nervios e inseguridades. Y miedos… muchos miedos.

Sin embargo, y a pesar de ello, el proyecto sigue adelante. Somos un grupo de ‘locos’, ya lo sabemos. Como tantos otros compañeros, envenenados por la misma ansia, y que, al igual que nosotros, hacen arte simplemente por amor a él, tenemos diversos orígenes. Unos trabajan, otros estudian; unos son funcionarios, otros autónomos. Otros se encuentran en ese desagradable limbo que supone el desempleo… Pero todos buscamos, como padres ilusionados, esos momentos para estar a solas con nuestro futuro hijo, y, en el secreto de unas horas robadas a la cotidianeidad, alimentar nuestras almas y nuestras mentes para sentir como va tomando forma, como se va perfilando… Y llega el día en que, ¡oh maravilla!, percibimos esa primera señal, ese primer movimiento, a veces serpenteante, y otras contundente, que nos dice que todo aquello se está convirtiendo de proyecto en realidad. Y nos quedamos inmóviles, con una sonrisa entre bobalicona e ilusionada, pintada en los labios y en los ojos…. Y, a partir de ese momento, el texto va creciendo en nuestro interior, día a día; hora tras hora… Y nos invade el deseo irrefrenable de ver su rostro cuanto antes posible. De ver si el parecido con el autor es el que predomina, o tal vez es nuestro sello el que sobresale. O, y ese es el ideal perseguido, saber que se ha producido la simbiosis perfecta: alma y cuerpo, la mezcla perfecta de la idea y la personificación; ese ‘toma y daca’ maravilloso entre el autor y el equipo artístico, entre palabra escrita, y palabra hablada, sentida, vivida….

Y dormimos mal. Soñamos con el alumbramiento. Los personajes están ahí, ‘pidiendo ser’; removiendo nuestras entrañas; alimentándose de nuestros sentimientos más escondidos, de nuestros fantasmas ocultos; descubriéndonos la luz que brilla, o la oscuridad que asfixia… Mostrándonos la cara oculta de la luna….

Y, ¡por fin, llega el día! Temblor, sonrisas, abrazos entre compañeros, en los que se ponen el alma y la vida. Y, seguidamente, el silencio… Nada se escucha ya. Tan sólo el siseo del telón que se levanta… Nuestro hijo asoma a la Vida... y se hace la luz. Y lo sentimos nacer con fuerza; con risas y con llantos. A puro grito, y en el silencio de las miradas que lo dicen todo. Diálogo entre la Vida y la Muerte; puente entre aquel momento mágico de su concepción, y este instante sublime de su alumbramiento... Alumbramiento, ¡qué palabra más adecuada…! Y allá abajo, en la oscuridad cómplice, todos aquellos a los que ofrecemos este fruto de nuestros desvelos…

La representación termina. Exhaustos, nos sonreímos unos a otros… Como una madre primeriza. Y nos preguntamos si nuestro hijo está sano. Si ha ‘llegado’ bien. Si ha llevado alegría, o llanto… Si nuestra ‘familia’ espectadora ha sido feliz con su nacimiento… No esperamos elogios sin sentido: la madre sabia prefiere los que son sinceros, los que nacen de la verdad… Nos duele más el silencio indiferente ante nuestro hijo que las voces que nos puedan señalar cualquier defecto: el amor, el de verdad, debe ser lúcido, y no ciego...

Se apagan las luces de la sala. El que habló, habló, y el que calló, habló con sus hechos; ya se sabe que el cronista social suele preferir los nacimientos entre sedas y encajes… Nosotros solamente deseamos que nuestro hijo crezca, se perfeccione y viaje. Y conozca y le conozcan. Y, saliendo de su ciudad de origen, lleve por los caminos de la farándula aficionada ese ejemplo del amor súbito y ardiente entre un autor, su texto, y un grupo de ‘locos’ enamorados del teatro…

 

Dedicado a todos los compañeros, a todos los grupos de aficionados, que cada día se enamoran un poco; que cada vez alumbran un hijo generosamente, sin esperar nada material a cambio…

Con todo mi afecto y admiración.

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