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Precisión

M.Victòria Bertran

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‘¿Cuánta gente pobre debe morir en el mundo hasta que lo consideremos un crimen contra la humanidad?’. Es la pregunta que el miércoles se hacían más de un centenar de premios nobel: químicos, físicos, médicos, economistas. No se lo preguntaban en relación a un genocidio, ni a las talas sistemáticas en las selvas, ni a la esclavización de los trabajadores de países en vías de desarrollo por parte delas multinacionales. Tampoco se referían a los refugiados climáticos. Se manifestaban a favor de los transgénicos. Y acusaban a Greenpeace de dejar de salvar millones de vidas en todo el planeta con su oposición a la implantación masiva de los organismos genéticamente modificados (OGM). El argumento principal vuelve a ser, como en los inicios de los experimentos para cambiar el ADN de las plantas, el de acabar con el hambre en el mundo. Como si no nos hubiéramos dado cuenta en todos estos años de la falsedad de la premisa. Como si no supiéramos que más producción no implica mayor acceso a los alimentos. Como si no estuviera claro que el quid de la cuestión es la distribución. Como si no hubiera trascendido que las patentes del material genético han sometido al campesinado y han enriquecido de forma desorbitada a Monsanto, Dow, Syngenta, Bayer, Dupont, Basf… Según Greenpeace, 2015 fue el primer año en que bajó globalmente la superficie dedicada a OMG. De esta circunstancia parece nacer ahora la manipuladora campaña del lobby a favor de lo que denomina ‘agricultura de precisión’. Del lema de ‘la tierra para el que la trabaja’, quiere pasarse al de ‘la semilla para el que la diseña’. Sabiendo que el TTIP tiene entre sus objetivos abrir más los mercados europeos a estos cultivos controvertidos, hay que estar atentos. Es preciso.

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