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Premio a la ciudadanía

Una vez más el Nobel no premia una labor terminada sino en proceso

Caridad Velarde

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Es discutible si la noticia en relación con el Premio Nobel de la Paz no es tanto a quién le ha sido concedido cuanto el hecho de que no se haya dado ni a la canciller alemana ni al Papa. Independientemente de que es más que probable que ninguno de los dos lo haya sentido, lo que pueda tener de anecdótico lo dicho se compensa con su carácter sintomático. El día 9 se consolidó una tendencia, la de premiar a civiles que presumiblemente no hubieran tenido relevancia mundial de no haber coincidido sus vidas con circunstancias excepcionales y haber tenido una respuesta a la altura. De hecho, según la página oficial del Premio Nobel, en su encuesta on line sobre si se conocía o no previamente la actuación del grupo premiado, mientras escribo estas líneas la respuesta positiva es de un 17% frente a un 82% de la negativa. Teniendo en cuenta que el número de personas que habrán consultado la página será relativamente escaso, podemos hacer una valoración aproximada (y nada científica) del desconocimiento global de que gozaba hasta el 9 de octubre este grupo de ciudadanos responsables.

Si analizamos a vuela pluma el texto leído por la representante del Comité noruego Kaci Kullman Five, podemos extraer algunas consecuencias interesantes. Es un Nobel que guarda relación con una de las preocupaciones más importantes del mundo en este momento: las repercusiones negativas de la llamada Primavera árabe. Sin duda, el Comité es consciente de la influencia que tiene y trata de incidir en el desarrollo de un proceso complejo como es el de la incorporación del mundo árabe a la modernidad. Pero al mismo tiempo es consciente de la limitación de las instituciones. En sus palabras: «El premio se entiende ante todo como un estímulo al pueblo tunecino, que a pesar de graves desafíos ha sentado las bases para una fraternidad nacional que esperamos que sirva de ejemplo a otros países».

Como algún crítico ha puesto de manifiesto, una vez más el Nobel no premia una labor terminada sino en proceso, sobre todo teniendo en cuenta que la situación de Túnez no está todavía consolidada. Pero si lo pensamos despacio, no puede ser de otro modo, puesto que la paz y sus manifestaciones nunca están garantizadas de modo definitivo.

También podría argüirse que se trata de un premio que impone valores occidentales (como por otra parte podría decirse de prácticamente la totalidad de los premios concedidos). Ciertamente, se premia al grupo por su papel decisivo en la construcción de una sociedad pluralista, pero se hace sobre la base precisamente de la no imposición de las propias ideas y del valor del diálogo para la solución de los conflictos, también para los que parecen más enconados. De hecho, es esa pluralidad la que caracteriza al grupo: cuatro asociaciones tres de ellas profesionales (la asociación de la abogacía, la confederación tunecina de industria, comercio y artesanía y el sindicato mayoritario en el país) y la cuarta, activista de derechos humanos. Todos asumieron el papel que la historia les demandó, pese a representar diferentes sectores sociales y valores. Precisamente en su unión por encima de las diferencias radicaba su autoridad moral. De ahí que el premio se haya dado al conjunto, y no a cada una de las partes.

Por último, uno de los factores determinantes ha sido el apoyo al poder legítimamente constituido fuera quien fuera y por encima de las propias opiniones. Lo cual es un reto importante: al ser ellos capaces de ponerse de acuerdo, demandaban a las autoridades (gobierno y oposición fundamentalmente) que fueran a su vez capaces de hacer lo mismo.

Pero nos conviene no olvidar que los procedimientos no funcionan solos. Y que detrás de este cuarteto abstracto hay personas con nombres y apellidos que han hecho posible, cediendo y exigiendo cuando convenía, lo que de otro modo hubiera sido inviable.

Mohamed Fadhel Madfoudh, presidente de la asociación de la abogacía, que ha recibido amenazas de muerte para él y su familia. Ouided Bouchamaoui, presidenta de la Confederación tunecina de Industria, Comercio y Artesanía, madre de dos hijos y adinerada mujer de negocios, reconocida en el mundo árabe. Abdessattar Ben Moussa, presidente de la Liga Tunecina de Derechos Humanos, ha combatido durante años el régimen del dictador y después la presión integrista. Y por último Houcine Abbassi, secretario general del sindicato mayoritario desde 2011, maestro y antiguo sindicalista; todos, pero también cada uno de ellos muestran una vía de solución para la compleja realidad del mundo árabe.

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