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Principalía de Alonso Quijano

Cervantes, para ponerse en salvo, necesitaba que la crítica a su época fuese atribuida a un enajenado
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El título de un novela, salvo por causa de dolo, negligencia o miedo del autor, o de ánimo de lucro del editor, indica -debe indicar- desde qué perspectiva ha de leerse para sacarle toda su enjundia. Viene a ser una especie de clave para descifrarla.

La que conocemos como “El Quijote”, en realidad son dos: la primera se publicó bajo el título de “El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha”; la segunda, con el de “El Ingenioso Caballero don Quijote de la Mancha”. Pero ninguno de ellos fue el asignado en origen por Cervantes.

En cuanto a la primera novela, si acudimos a la licencia de impresión y privilegio reales y a la tasa, documentos ambos oficiales, preceptivos para la publicación, y por ello previos a la misma, leeremos que la novela licenciada, privilegiada y tasada, en su nacimiento, llevaba por título “El Ingenioso Hidalgo de la Mancha”, sin mención alguna a don Quijote. Cabe preguntarse si en él estaba implícita la referencia a éste. Forzoso es responderse que no, rotundamente. Cervantes tenía bien claro -y son palabras suyas- lo que va de “hidalgo sosegado” a “caballero andante”, y por ello ni una sola vez don Quijote se nombra a sí mismo de “hidalgo”. Es más, si a Cervantes se le hubiera ocurrido hacerlo, poner en boca del esforzado paladín la palabra “hidalgo” referida a él, seguro que éste se habría negado y, saltando iracundo de las páginas, le habría propinado un buen porrazo con la lanza de plano en toda la crisma. Y por lo que hace al término “ingenioso”, éste tampoco le cuadra a don Quijote, quien -¡y mira que se echa flores!- nunca de adorna de tal. “Ingenioso” no podía, de ninguna manera, designar a don Quijote. En el tiempo en que esta palabra fue escrita, según su contemporáneo “Tesoro de la Lengua Castellana” de Sebastián de Covarrubias (1611), valía por persona que posee ingenio, siendo éste “una fuerça natural de entendimiento, investigadora de lo que por razón y discurso se puede alcanzar en todo género de ciencias, disciplinas, artes liberales y mecánicas, sutilezas, invenciones y engaños”. Y si bien leemos El Quijote, notaremos que el entendimiento (y el engaño) está en la “persona” de Alonso Quijano, quien, tras escrutar (indagar, examinar escrupulosamente: entendimiento) lo que era su propia vida y el estado de la sociedad de su tiempo, decidió crear el “personaje” de don Quijote por parecerle “convenible y necesario, así para el aumento de su honra, como para el servicio de su república” (Capítulo I), correspondiendo a su criatura la acción, la puesta en acto del pensamiento de aquél. Don Quijote es tan solo el instrumento del que se sirve Alonso Quijano para llevar a cabo su propósito de mejora personal y del Estado. Ingenioso, más bien ingeniero, por lo tanto, solo puede predicarse del hidalgo, no del caballero.

Lo dicho no queda rebatido, antes sale reforzado, por la segunda novela. En ésta, la licencia, privilegio y tasa se refieren a la que fue presentada por el autor con el rótulo de “Segunda parte de don Quijote de la Mancha”: nada de hidalgo, nada de ingenioso (no oculto que en la aprobación de la misma que suscribió el licenciado Márquez Torres, la obra se denomina “Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha”, pero les doy más credibilidad a la tasa y a la licencia, por su mayor oficialidad, además de por coincidir con la “fe de erratas” y con la otra aprobación, relativa a su conformidad con la santa fe católica, suscrita por el Maestro Joseph de Valdivielso).

De lo anterior resulta que, puesto que en el título originario de su primera novela, que es causa de la segunda, se hace referencia a Alonso Quijano, nombrado por su estado y condición civil de “hidalgo” y por su calidad de “ingenioso”, y no a don Quijote, Cervantes nos señala que aquél, y no éste, es el verdadero protagonista de ambas y que sólo desde él se puede llegar a comprender la largura, anchura y profundidad de las aventuras de don Quijote. Ésa es la clave para el buen entendimiento de El Quijote. Si no tenemos esto en cuenta, convertiremos al espejo de la caballería andante en la insufrible patochada que perpetró el asno, mentecato y atrevido de Avellaneda.

Las razones por las que Cervantes, motu proprio o por indicación del editor, publicó sus novelas, fundamentalmente la primera, con títulos que mencionaban expresamente a don Quijote y que no eran los ideados en un principio; los motivos que le llevaron a dirigir la atención de los lectores a la figura de don Quijote en detrimento de la de Alonso Quijano, siendo éste el actor principal, no fueron el dolo, ni la negligencia, ni el afán de ganancia; tienen que ver con el miedo: miedo a las desagradables consecuencias que podía acarrearle -a él y a su editor- la grave, profunda, negativa y asoladora crítica que en ambas novelas se contiene sobre su época (que poco difiere de la nuestra), crítica altamente peligrosa teniendo en cuenta que es emitida por el lúcido “hidalgo” Alonso Quijano, quien, lejos de la insana de la que, para despistar, lo disfraza, puesto que le mueven tan razonables razones como las dichas de beneficio propio y de la república, en todo momento se mantuvo en los límites del cabal juicio y la recta razón. Cervantes, para ponerse en salvo, necesitaba que los denuestos a su época fuesen atribuidos a un enajenado. Así serían disculpados. Tal afirmo a despecho de la contraria opinión comúnmente aceptada; y lo que sostengo con la palabra dispuesto estoy a avalarlo, si menester fuere, con la fuerza de mi poderoso brazo.

De lo que daré cumplida y argumentada cuenta en la que ha de ser mi tercera salida, que ocurrirá próximamente, si Dios y el Director de este Diari son servidos.

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