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Prohibido quejarse

Quejarse es de bellacos, pero constituye una de nuestras tradiciones
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En España, hay 8.122 ayuntamientos, con sus correspondientes concejales, que no tienen tiempo para despachar la correspondencia, abrumados por las quejas que reciben. Quejarse es de bellacos, pero al parecer constituye una de nuestras tradiciones. Cuando decimos ‘¡qué calor hace!’ sube la temperatura un grado y si le anteponemos a la inútil confidencia onomatopéyica ‘¡uf!’, suben los barómetros grado y medio. Así que lo mejor es no decir nada, ya que el silencio es la verdadera lengua universal, que acabaremos hablando todos cuando no podamos decir ni pío. Un silencioso esperanto último.

Mis quejas con el tiempo las he escrito siempre con mayúscula, porque de él solo sabemos que es incesante y que seguirá cuando aquí no haya nadie que celebre su cumpleaños. Según los demógrafos, España avanza hacia el suicidio demográfico por la caída de la natalidad. Los viejos nos resistimos a presentar nuestra irrevocable dimisión, pero las nuevas promociones no tienen la menor prisa de relevarnos y España, que tiene tantos problemas de desguace, está preocupada porque en el futuro haya menos españoles. Europa se ha hecho vieja, viejísima, y le pasa como a algunos de los europeos, que le cuesta trabajo andar, pero el futuro será más arduo para los que sigan creyendo que siempre hay caminos. Los mayores de 60 años hemos aumentado nuestro ciclo de estancia terrestre. No hablo por mí, que les saco mucho a los que han venido después. Si algo me diferencia de algunos contemporáneos es que me he prohibido quejarme. ¿Qué le vamos a hacer hasta que los calendarios nos deshagan? Los inclementes dioses son así y no entienden que lo que se da no se quita, pero hay que acostumbrarse. Desaparecen los cafés a los que íbamos y las personas que tomaban café con nosotros. “Adiós a todo esto”, que dijo Robert Graves. Y “hasta luego, Lucas” que debió de decirle nuestro señor Jesucristo a uno de sus discípulos más amados.

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