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Prohibir una tradición brutal

Hay valores universales que deben prevalecer sobre bárbaras costumbres locales

Dánel Arzamendi

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Si me disculpan la anécdota personal, desearía compartir con ustedes un suceso que viví hace unos años mientras visitaba la población tunecina de Kaïrouan, la cuarta ciudad sagrada para los musulmanes suníes después de La Meca, Medina y Jerusalén. Cerca de la Gran Mezquita me crucé con una nutrida familia autóctona que acudía al recinto entre cánticos y risas. La comitiva estaba presidida por un eufórico chaval, el centro de la fiesta, que vestía una singular indumentaria plagada de brillos y adornos. Aunque nuestros caminos se separaron al entrar en el edificio, más tarde nos reencontramos en un contexto mucho menos divertido.

Mientras caminaba por un pequeño patio del complejo, escuché un desgarrador grito de auxilio que provenía de una habitación de la planta baja. Acudí a la ventana y contemplé el gesto desencajado de aquel crío que me miraba, agarrado a la verja, con una expresión de terror que me persiguió durante todo el día. Al fondo, en penumbra, se veía a una señora arrodillada sobre una gran alfombra, acercando un cuchillo a otro niño tumbado entre sollozos. Era una ceremonia de circuncisión, una tradición cuyo contenido exacto es frecuentemente ignorado por sus inermes protagonistas.

Más tarde, al abandonar la mezquita, volví a encontrarme a aquella bulliciosa familia, cuyos miembros seguían riendo, bailando y cantando. Todos menos el chaval. Le habían vuelto a poner el gorro y la capa de seda, pero ahora caminaba meditabundo, sin apartar la vista del suelo, cogiendo con desgana la mano de su madre. Nunca olvidaré aquella mirada.

Me vino a la cabeza la imagen de aquel crío a principios de semana, al conocer una histórica noticia que nuestros medios de comunicación no han destacado con la prioridad debida: la prohibición total de la ablación femenina dictada por el Parlamento Panafricano, aplicable en los cincuenta países miembros de la Unión Africana. El mero hecho de que yo asociara mentalmente la ablación y la circuncisión, aunque fuera involuntariamente, demuestra el erróneo concepto que todavía mantenemos en Occidente sobre la mutilación genital femenina. De hecho, el propio Consejo de Europa llegó a establecer una cierta equivalencia entre los dos rituales en una desafortunada resolución de 2008.

Aunque en ambos casos nos encontramos ante una ceremonia iniciática, cruenta y dolorosa, sus efectos en hombres y mujeres resultan incomparables. Después de todo, si la circuncisión se practica con asepsia y precisión (lo que no siempre ocurre, teniendo en cuenta los rudimentarios y poco higiénicos medios con los que a veces se realiza) el varón no sufre ninguna secuela durante el resto de su vida. Por el contrario, la extirpación total o parcial de los genitales femeninos externos impide de forma crónica el placer en las relaciones sexuales, además de otras frecuentes complicaciones sanitarias como el colapso hemorrágico, las infecciones agudas, la formación de abscesos y quistes, el crecimiento excesivo del tejido cicatrizante, el aumento de la susceptibilidad a las enfermedades sanguíneas, la infertilidad, la obstrucción crónica del tracto urinario, el incremento de los riesgos en el parto, etc.

Tengo la impresión de que además los europeos asociamos inconscientemente esta cuestión a un pequeño poblado de chozas, perdido en lo profundo de una inhóspita sabana, donde una especie de chamán con plumas y taparrabos danza alrededor de una gran hoguera, agitando unas maracas elaboradas con huesos de ñu. Es decir, aunque reconocemos que se trata de una práctica terrible, la consideramos también una tradición culturalmente exótica y sociológicamente minoritaria. Nada más lejos de la realidad. Las OMS calcula que actualmente viven casi doscientos millones de mujeres que han sido genitalmente amputadas, repartidas por África, Indonesia, India y las comunidades de inmigrantes instaladas en Occidente. Teniendo en cuenta esta alarmante realidad, la prohibición impuesta por la Unión Africana debería haber acaparado las portadas de los principales periódicos e informativos de todo el planeta, algo que obviamente no ha sucedido. ¿Qué repercusión mediática habría tenido esta noticia si los doscientos millones de mutiladas hubiesen sido hombres en vez de mujeres, y no digamos ya si las víctimas fuesen europeas y norteamericanas en vez de africanas y asiáticas?

Debemos reconocer que la medida aprobada no conllevará la inmediata desaparición de esta sádica costumbre. Por ejemplo, pensemos en Somalia, un país cuya Constitución prohíbe expresamente la ablación, y donde el 98% de las mujeres han sufrido esta práctica. Efectivamente, la ley no cambia instantáneamente la realidad, pero ejerce una presión y pedagogía indudables. La directora regional para el este y el sur de África del programa de la ONU, Justine Coulson, se ha mostrado optimista al señalar que «los diputados de la cámara africana están en estrecho contacto con las comunidades locales, así que este mensaje puede traspasar los límites de las ciudades para llegar a los líderes religiosos locales y a las familias». Ojalá sea así.

Nos enfrentamos a un problema eminentemente cultural, entendiendo este término conforme a la tercera acepción admitida por la RAE, en cuanto conjunto de modos de vida y costumbres propios de un grupo social. De hecho, la necesaria campaña contra la ablación emprendida por diversos organismos internacionales demuestra implícitamente la superación de esa perniciosa versión del multiculturalismo que durante décadas ha pretendido convencernos de que todas las culturas son igualmente valiosas, dignas y respetables. En absoluto. Precisamente, la civilización moderna ancla sus raíces en el principio de que existen valores universales que deben prevalecer por encima de las bárbaras costumbres locales. En ese sentido, debemos celebrar las palabras del presidente del Parlamento Panafricano, Roger Dang: «estamos preparados para defender a las mujeres contra esta flagrante violación de los Derechos Humanos». El camino será largo, pero todos los viajes se inician con un primer paso.

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