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Opinion EDITORIAL

Puigdemont da más margen a la mediación

La fórmula no convence a los independentistas ni tampoco, por supuesto, al Gobierno Rajoy, pero es un gesto prudente

 

Diari de Tarragona

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La decepción se adueñó de los partidarios de la independenciaa. EFE

La decepción se adueñó de los partidarios de la independenciaa. EFE

El president Puigdemont optó finalmente por la fórmula ecléctica. Declaró implícitamente la independencia de Catalunya en forma de república, pero simultáneamente pidió al Parlament la suspensión de la declaración para dar tiempo a la mediación y al diálogo. Como sucede con todas las soluciones intermedias, el camino elegido por Puigdemont no gustó al PP, que consideró por consumada la declaración de independencia, ni tampoco a la CUP que esperaba ayer un «declaración solemne de la República catalana». 
Las presiones sobre Puigdemont se hicieron patentes hasta el último momento, hasta el punto de que el inicio del pleno del Parlament tuvo que retrasarse una hora. Por una parte, la CUP expresó su disgusto porque se renunciaba a una declaración sin paliativos de la independencia. Por otra parte, los mediadores internacionales advirtieron a Puigdemont que cualquier intento de intervención exterior para resolver el conflicto debía partir de una renuncia inicial a una declaración unilateral. Ante esta situación, el president optó por ganar tiempo aunque ello suponga enfriar las ilusiones de los independentistas más acalorados, una amplia representación de los cuales aguardaba a las puertas del Parc de la Ciutadella para celebrar la proclama histórica.
Tampoco sirvió la fórmula interrupta para satisfacer las expectativas del Gobierno central que no admite otra postura que la renuncia sin paliativos a la independencia. Es más, la Moncloa recibió el discurso de Puigdemont como «un chantaje» y reiteró que el Estado español no precisa de mediador alguno para resolver un problema que considera de carácter interno y que debe gestionarse con los recursos del ordenamiento jurídico.
Así pues, el gesto de Puigdemont tiene una escasa proyección de éxito porque el Gobierno de Rajoy está decidido a no negociar absolutamente nada, pero al menos el president consigue acumular razones de cara a los observadores internacionales y gana tiempo para conseguir que el problema catalán mueva la silla de algún alto mandatario con capacidad de influencia efectiva sobre Rajoy.

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