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Putin y la crisis saudo-iraní

Putin conoce muy bien al ruso medio y lo sabe deseoso de volver a los tiempos zaristas

Enrique Vázquez

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La grave tempestad diplomática abierta con la grave crisis entre Arabia Saudí y el Irán, con ruptura de relaciones diplomáticas y gravísimos reproches mutuos, expresa, entre otras cosas, una notable aparición en escena de Vladimir Putin como una especie de pacificador, un moderado independiente que pide contención a las partes, el recurso a vías diplomáticas y, de hecho, ofrece su mediación.

Sí, la Federación Rusa ha vuelto a escena, entiende ser un insoslayable factor regional y confirma su intención de actuar como una superpotencia en un área de interés vital para su seguridad nacional. En la rápida iniciativa rusa –que sigue a su crucial decisión de unirse con su fuerza aérea a la coalición que combate al Estado Islámico– se advierte de nuevo que el Moscú de Putin es ya claramente una suerte de oficioso continuador de la política exterior presoviética: es como si la URSS, el régimen comunista cancelado, pero nunca ofendido y recordado como aquél que batió a la Alemania nazi pagando un altísimo precio, fuera un paréntesis tras el cual la Federación Rusa recobra un acento histórico tradicional que se funde con los criterios geoestratégicos zaristas. De hecho, Vladímir Putin es descrito a menudo como una especie de zar y hay en marcha una reevaluación del papel regional de Rusia entre Europa, Asia y el mundo islámico y el entorno del Golfo Pérsico cercana a las preocupaciones del viejo régimen monárquico que sobrevivió un siglo tras otro desde los agitados días del ducado de Moscovia hasta 1917 siempre fundido, mal que bien, con la poderosa Iglesia Ortodoxa Nacional.

Putin es hoy más reconocible como un soberano republicano del todo vinculado a la gran historia rusa que como lo que fue: un antiguo agente secreto de la Inteligencia Soviética (KGB).

Una pista sobre el nuevo estado de ánimo se advierte en el homenaje del propio Putin el domingo pasado al general Igor Sergun, jefe del poderoso GRU (los servicios militares de Inteligencia) muerto súbitamente a los 58 años. El énfasis claro era que el finado «estuvo siempre al servicio de la patria»…

Los gobiernos informados ya han tomado nota de esta evolución, muy rápida en términos históricos, y obran en consecuencia, evaluando sus inconvenientes pero también sus aspectos positivos, el primero de los cuales es que el comunismo ha pasado a mejor vida en su solar de origen.

Putin conoce muy bien al ruso medio y lo sabe deseoso de regresar, incluso un poco confusamente todavía, a los viejos tiempos zaristas. Quien quiera detalles los tiene en el espléndido libro de Douglas Smith El ocaso de la aristocracia rusa, del que son estas palabras: «En Rusia hay una perceptible nostalgia (...) del poder y la belleza de la Rusia de los zares y una añoranza del orden, la estabilidad y el poder internacional del pasado soviético». Muy probablemente, tal es lo cierto: la Rusia de siempre ha vuelto para quedarse.

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