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¿Qué haces con tus pies en mi piscina?

Muchos municipios agrícolas de la provincia se están resistiendo a que vengan a veranear los de Barcelona. A la confrontación con los foraste-ros que ya viene de antaño, a veces son parientes, se añade aumentar significativamente el riesgo de contagio

Juan Ballester

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Juan Ballester

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No sé si han probado los albaricoques, pero esta primavera que nos hemos perdido ha sido explosiva: la naturaleza se ha asomado y, entusiasmada al descubrir que no había humanos pisoteándolo todo, ha florecido con tonalidades, olores e intensos sabores. El brillo del sol, un poco de viento y la alegría de las nubes, ha ocasionado que la calidad de la viña se prevea magnífica.

 Aparte de propagarse por un medio ajeno, invadir significa ocupar irregularmente algo, y muchos municipios agrícolas de esta provincia se están resistiendo frontalmente a que vengan a veranear los de Barcelona. A la confrontación con los forasteros que ya viene de antaño, a veces son parientes, se añade aumentar significativamente el riesgo de contagio. Los vecinos han estado cuidándose -algunos han perdido a familiares-, y no quieren, legítimamente, que les traigan el virus de las grandes urbes. 

La libertad de cada uno termina donde comienza la de los demás y este año los invasores irrumpirán más allá de la hospitalidad de los invadidos. Una cosa es creer que las comarcas son tuyas y otra que los primos hayan de sacrificarse para que disfruten sus vacaciones. Ha habido cierre de carreteras, denuncias y se ha hablado de controlarlos por el consumo eléctrico.   

Invadir, además de dos acepciones, tiene un doble plano: en el físico, se llama proxémico a un espacio que varía según la densidad de la población en la que vives -en el campo, casi medio metro, y en grandes ciudades poco más de un palmo-. El psicológico se produce cuando alguien penetra en una zona abstracta que cada uno se reserva (intimidad) haciéndonos sentir menospreciados en nuestra integridad moral. Si introduce su copa de vino en el área trazada idealmente en el mantel por otro comensal, sentirá tu dedo en su ojo y tardará poco tiempo en restituirla a su lugar.

¿Debemos permitir la llegada de los extranjeros teniendo en cuenta lo manifestado por el ministro Garzón sobre el Turismo de Sol y Playa? No es de izquierdas, es Madrid, son los aparcacoches y los del Ibex, desprecian a un sector vital quienes hacen uso de él como si les fuera la vida

Lo que Barcelona a Catalunya, es Madrid a España. La arrogancia de los de la capital son las dos acepciones de invadir al mismo tiempo y en ambos planos. Diríamos que son como moscas que, aunque las ahuyentes, vuelven porque te aprecian. Pero a ver quién es el chulo que hace retórica con los madrileños después de que Arcadi Espada haya dicho que todas las metáforas sobre la enfermedad son una estupidez propia de periodistas de provincias. 

Durante esta cuarentena hemos experimentado como nunca la intimidad, quienes somos o dejamos de ser, y saberlo va a provocar que se amplíe considerablemente la distancia física y moral en la que nos sentiremos incómodos cuando se nos aproximen. Y teniendo en cuenta que la movilidad es el factor determinante para la transmisión del coronavirus, la pregunta es si podemos exigir y debemos impedir la llegada de madrileños y barceloneses. 

O sea, que si por ser de capital, ¿tienen derecho a matarnos como a los sorianos y segovianos? O si, por solidaridad con los compatriotas que tienen poca incidencia del virus y lo siento por mis amigos, ¿deberían montárselo en su ciudad por la que sienten esa fascinación narcisista, aunque revienten ellos y sus niños?

La cuestión se extiende al turismo cuyas perspectivas no son más halagüeñas que las del vino. ¿Debemos permitir la llegada de los extranjeros teniendo en cuenta lo manifestado por el ministro de consumo Alberto Garzón sobre el Turismo de Sol y Playa? No es de izquierdas, es Madrid, son los aparcacoches y los del Ibex, todos los Planes Integrales del Turismo han fracasado, desprecian a un sector vital quienes hacen uso de él como si les fuera la vida.

En el plano jurídico podría haberse dejado en manos de las autoridades locales evitar la propagación del virus, pero la ecuación entre salud pública y subsistencia económica la maneja un comité de expertos en desescaladas formado por filósofos, periodistas, economistas, epidemiólogos o especialistas en inteligencia artificial quienes no quieren que se conozca su identidad ni se representen sus imágenes dado el carácter divino de su misión. 

Y aunque a la postre el equilibrio dependa de cosas que no controla ni dios, -una fiesta de cumpleaños en Lérida o un rebrote en Ceuta que les puede costar regresar a la casilla de salida-, esta batalla la ganarán injustamente los pixapins y meaplayas que marcan territorio. No solo eso, es que estos días están llegando ilegalmente con sus equipajes, en marabunta, y abriendo impunemente sus casas y apartamentos.

Nos tememos que la nueva normalidad se va a parecer mucho a la del verano pasado, la burbuja en la que nos hemos sentido protegidos era solo una temblorosa pompa de jabón pintándose de azul y grana a punto de quebrarse. El paisaje hace al personaje, pero que nos pasara a nosotros lo mismo que le ha sucedido a la naturaleza al asomarse, tal y como parecía probable hace pocas semanas, ha sido solo el sueño de una noche de verano. 

Si nada se tuerce hasta la maduración de la uva, la cosecha será tan excelsa como escasa, se baraja tirar por tierra hasta el setenta por ciento de la producción. Si fuera así, nos permitimos aconsejarles invertir a futuro en los clubs de cosecheros, de aquí unos años las botellas de la añada 2020 serán un objeto codiciado, de lágrima ancha, aroma intenso y un paso por boca entre lija y terciopelo.

Juan Ballester. Escritor y editor afincado en Tarragona, autor de obras como ‘El efecto Starlux’ y, más recientemente, ‘Ese otro que hay en ti’. Impulsor del premio literario Vuela la cometa

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