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Que nadie se sienta solo en casa

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En los años noventa del siglo pasado alcanzó notable éxito una película, que después ha tenido más capítulos, titulada «Solo en casa.» Quienes la habéis visto recordaréis aquel niño de ocho años que su familia de Chicago se deja olvidado en casa al emprender precipitadamente un viaje a París. Solamente se dan cuenta cuando ya ha despegado el avión. Toda la trama es cómo el avispado niño se defiende de una pandilla de ladrones que pretenden desvalijar la casa pensando que con solo un niño dentro el trabajo les será fácil.

Me ha venido a la memoria cuando me proponía hablar sobre la unidad en el seno de las familias, en una época en la que sus miembros pueden tener tendencia a aislarse unos de otros, no hasta el punto de olvidarse de alguno como en la película, pero sí de otro modo.

Cabe la posibilidad de que el trabajo de los padres deje solos en casa a los niños mucho tiempo, o de que uno de los cónyuges apenas vea a los hijos durante la semana si no es en el momento en que ya deben ir a dormir. Es necesaria al respecto una política de conciliación en el hogar y de horarios más racionales que eviten a los padres llegar tarde a casa, cenar tarde y recortar horas de sueño mientras presencian programas televisivos y competiciones deportivas hasta medianoche.

Tampoco es bueno que no tengan tiempo o humor, por el cansancio, para escuchar a sus hijos, atender sus pequeñas preocupaciones o ayudarles en sus deberes escolares. Hemos de revisar en lo posible estas situaciones, aun conscientes de que la actual organización social puede obstaculizar los objetivos de mejora.

El papa Francisco, que ha hecho de la familia una de las prioridades de su pontificado, invita a construirla, como la casa del Evangelio, no sobre la arena de los sentimientos, sino sobre la roca del amor verdadero. Y recomienda utilizar en las relaciones interpersonales tres palabras mágicas: permiso, para no invadir la intimidad del cónyuge; gracias, para agradecer lo que otro hizo por mí; y perdón, que a veces es lo más difícil, pero que es necesario decirlo.

Reflexionemos sobre esto. ¿Nos comportamos así en casa? Es cierto que en el hogar podemos liberarnos de las tensiones de todo el día, pero no debemos despreocuparnos de los demás, menos aún de los hijos, de lo contrario podrían sentirse solos en casa, separados por el muro invisible de la indiferencia.

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