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Quien tiene un pueblo tiene un tesoro

Asumida ya la renuncia a los grandes viajes y a esos lugares proclives a las aglomeraciones, las vacaciones de este año pasan inexorablemente por el turismo de proximidad y, a ser posible, rural

ÁLEX SALDAÑA

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ÁLEX SALDAÑA

ÁLEX SALDAÑA

Asumida ya la renuncia a los grandes viajes y a esos lugares proclives a las aglomeraciones, las vacaciones de este año pasan inexorablemente por el turismo de proximidad y, a ser posible, rural. Es por ello que aquel viejo dicho de que quien tiene un pueblo tiene un tesoro cobra estos días una especial significación. Sí, el pueblo de nuestros padres, de nuestros abuelos, ese mismo del que renegábamos en busca de sitios más sofisticados que nos permitieran hacernos fotos  dignas de ser mostradas después con orgullo –«mira, mira dónde he estado de vacaciones, muérete de envidia»– en el trabajo o entre los amigos, se antoja hoy un destino muy solicitado. Y cotizado. Tanto, que ya muchos de estos pequeños pueblos acostumbrados a la paz y tranquilidad han comenzado a llenarse de visitantes, de familias, de niños que corretean por sus calles a lomos de una bicicleta o detrás de un balón. Sí, la vida ha vuelto a la España vaciada –algunas localidades de Tarragona lo están viviendo en carne propia–. El problema es que esta ‘invasión’ asusta a los habitantes de estos pueblos, en muchos casos una población envejecida que se sabe «de riesgo» ante el coronavirus. Por eso, para seguir teniendo ese tesoro que representa el pueblo, extrememos las medidas de precaución. Por ellos. Por nosotros. Por todos.

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