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Química y turismo

Núria Pérez

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Química y turismo, turismo y química. Dos de los motores económicos de este territorio siguen sin lograr acercar posiciones. La relación no es tan tensa como años atrás cuando públicamente protagonizaron enfrentamientos sonados por ejemplo a raíz de la construcción de una chimenea de 130 metros de altura para la planta de deshidrogenación de propano de BASF Sonatrach PropanChem o de la aprobación del Plan Director de les Activitats Industrials i Turístiques del Camp de Tarragona pero sigue siendo tirante.

El último episodio, tras la oposición de la Associació de Campings a la instalación del tercer carril ferroviario para la salida de mercancías con ancho de vía europeo desde Tarragona en la línea, está relacionado con la descarga de petroleros en alta mar. El sector turístico ha vuelto a recordar el perjuicio que una fuga podría representar para la imagen de la Costa Daurada y ha solicitado a las partes implicadas, Port y Repsol, que estudien una solución. La alternativa es un punto de atraque en el interior del puerto para que en caso de vertido pueda confinarse mediante la instalación de una barrera de contención pero según los representantes del sector turístico ha pasado más de medio año desde que se reunieron y nadie ha movido ficha. Y eso es lo que más enoja. Que no se detecte voluntad de diálogo.

Pero los esfuerzos de acercamiento sin duda han de ser mutuos. Preguntados recientemente por el impacto inducido de la actividad química en la hostelería y restauración, fuentes del sector turístico afirmaron a este periódico no que no lo tuvieran cuantificado o que no fuera demasiado relevante sino que no tenía.

Es lógico que ambos sectores tengan y defiendan sus intereses, a menudo contrapuestos. Es lógico y legítimo pero también que el diálogo es la única vía para avanzar. Hay que escuchar al otro y ponerse en su lugar. Lo que hay en juego es demasiado: miles de puestos de trabajo y de riqueza en el territorio.

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