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Quioscos en el bolsillo

El recuerdo. Camino del colegio y del instituto yo tenía a los de la Rambla de Tarragona fritos porque no podía comprarme todo el quiosco; pero sí quería manosear todas las portadas

Lluís Amiguet

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Lluís Amiguet

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Para los boomers, que nacimos en la Transición, los quiosqueros siempre fueron espacios de libertad. En ellos nos estremeció el primer top-less en papel couché y luego todo un festival de delicias y descaros políticos y carnales, que nos hacían detenerme todo el tiempo que nos concedía a los chavales la generosidad del quiosquero.

Camino del colegio y del instituto yo tenía a los de la Rambla de Tarragona fritos porque no podía comprarme todo el quiosco; pero sí quería manosear todas las portadas, que sólo el bueno de Macario en el de la desaparecida Llibrería la Rambla, me permitía chafardear a cambio de que escuchara, sus comentarios de actualidad.

La vida entera era el quiosco que ocupaba cada vez más espacio festivo y pintoresco en todas las aceras

Durante los 80, los quioscos fueron creciendo en ambición y ya vendían de todo: coleccionables inmensos que incluían cacerolas, mapas mundi, vestiditos de muñecas, disfraces, chuches y postales, souvenirs… La vida entera era el quiosco que ocupaba cada vez más espacio festivo y pintoresco en todas las aceras.
Pero el móvil y la digitalización en los 90, fueron matándolos poco a poco hasta que la pandemia les ha dado la puntilla, como a todo lo presencial, y ha acabado de meternos más y más en las pantallas sacándonos de las calles y plazas. 
Y ahora me dicen los del quiosco de la plaza Imperial Tarraco -y leo al gran Josep Carles Rius,  opinador en esta sección y uno de mis mejores jefes en ‘La Vanguardia’, lamentarlo- que les amenaza el trazado de un carril bici. Ojalá no se los lleve la bici por delante a los amigos kiosqueros; pero, en cualquier caso, deseo sinceramente que los quiosqueros reinventen su espacio y su papel, nunca mejor dicho, para seguir siendo gestores de un espacio de encuentro en la diversidad.

Lo tienen difícil -tal vez se conviertan en cafés me apuntan- porque hoy el móvil en cada bolsillo es como llevar un quiosco incorporado: desde el último titular de alcance hasta el porno más lamentable, junto al banco, el carné de conducir, la tarjeta de crédito…Si te quedas sin batería, te has quedado ya sin la mayor extensión de tu cerebro.

Y parece cómodo, pero en esa eliminación de intermediarios que ejecuta la digitalización también estamos los periodistas y hasta los lectores, porque ya vivimos en una sociedad de la comunicación sin comunidad. Exhibimos nuestros egos en el vacío de las redes, donde ya no hay quioscos ni plazas ni calles para comentar las noticias: sólo narcisos exhibiendo su última ocurrencia.

Ya vivimos en una sociedad de la comunicación sin comunidad. Exhibimos nuestros egos en el vacío de las redes

Los diarios intentamos encontrar un nuevo espacio en ese vacío. ‘The New York Times’, por ejemplo, es un claro ganador en ese mundo de pantallas; pero ya no es un diario y la cuarta parte de sus suscriptores en el último trimestre, por ejemplo, sólo pagan por sus juegos y pasatiempos y no por sus noticias.
Tal vez los diarios acabemos siendo, en la estela del ‘Times’ plataformas de contenidos que definan un estilo de vida. Y así ayudar a nuestros suscriptores a definir su modo de vida desde aconsejarles el mejor blanco seco para la cena a darles en el último titular el giro preciso que les permita saber lo que querían o la excursión ideal para el próximo domingo.

Los diarios, plataformas digitales, sólo sobreviviremos, en suma, si logramos ser como quioscos personalizados para cada lector con un festival de contenidos, descuentos, experiencias y pasatiempos que complementen a lo que en día solo fueron noticias. Es un espacio por descubrir y experimentar que nos tendrán que ayudar a delimitar y gestionar los propios suscriptores, igual que ayudaron a los quiosqueros a saber qué coleccionable, qué fascículo o que revista de filosofía o de moda merecía la pena tener en su escaparate.

Periodista. Lluís Amiguet es autor y cocreador de ‘La Contra’ de ‘La Vanguardia’ desde que se creó en enero de 1998. Comenzó a ejercer como periodista en el ‘Diari’ y en Ser Tarragona. Su último libro es ‘Homo rebellis: Claves de la ciencia para la aventura de la vida’.

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