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El triunfo de los síes está asegurado: sólo falta un número razonable de cándidos noes

Dánel Arzamendi Balerdi

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La puesta de largo de la inminente Llei de transitorietat ha clausurado el luto colectivo de las últimas semanas, tan dignamente respetado por la mayoría como impúdicamente utilizado por la minoría. Se acabaron las velas, las flores y los peluches, mientras arrecian las voces que vinculan este brusco retorno al laberinto con la urgente necesidad procesista de hacernos olvidar el bochornoso espectáculo ofrecido por quienes el pasado sábado intentaron convertir la multitudinaria manifestación antiterrorista en un acto independentista más.

En cualquier caso, una vez inmersos en la fase preconsulta, llama poderosamente la atención la pasmosa frecuencia con la que algunos políticos y periodistas repiten una de las frases más absurdas y ridículas de los últimos tiempos: «si gana el SÍ…» ¿Acaso alguien cree que puede haber otro resultado? El independentismo ha demostrado durante el último lustro su enorme capacidad de movilización, lo que asegura un mínimo de dos millones de votos partidarios de la ruptura. Por el contrario, el colectivo contrario a esta iniciativa (que no se exhibe como sus antagonistas, pero que sin duda es importante e incluso mayoritario según el propio CEO) no se siente concernido por la convocatoria.

Efectivamente, el resultado del 1-O no es una variable: es un hecho, como que mañana el sol saldrá por el este. Teniendo en cuenta la enorme abstención que se espera entre los no secesionistas, un eventual referéndum sólo podrá concluir con una victoria independentista a la búlgara (de hecho, pongo todo mi patrimonio sobre la mesa contra quien quiera apostar a favor de que ganará el NO). En ese sentido, la proporción de votos en uno u otro sentido carece del menor interés analítico, a diferencia de lo que ocurre con otros dos factores cuyo signo aún desconocemos.

En primer lugar, no está nada claro si finalmente la consulta se llevará a la práctica. Rajoy y sus ministros insisten hasta la náusea en que jamás se celebrará, mientras el Govern afirma con equivalente contundencia que el referéndum es imparable, hasta el punto de que ya cuentan con urnas y sedes para llevarlo a cabo. ¿Quién dice la verdad? Imposible saberlo. Puede que el poder del Estado sea capaz de neutralizar los planes de los organizadores, convirtiendo la jornada en una movilización anecdótica y parcial con efectos exclusivamente simbólicos. Sin embargo, también cabe la posibilidad de que la consulta efectivamente se produzca, gracias a la tan manida astucia del Govern o a la providencial torpeza de la Moncloa.

Por otro lado, la jornada plantea también una segunda incógnita: la participación. Si el procesismo consigue burlar el ordenamiento jurídico, la variable verdaderamente trascendental no será el resultado (ya lo sabemos) sino el número de votantes. En ese sentido, resulta comprensible la actitud entusiasta de los independentistas, que esperan impacientes al 1-O para acudir en masa a los locales habilitados al efecto. Del mismo modo, resulta también comprensible la postura de quienes han decidido no participar en el referéndum, al considerar que nos encontramos ante un engendro político sin efectividad ni garantías democráticas, y con crecientes dificultades para disimular su verdadera sustancia: un disparate jurídico ideado por los partidos y organizaciones independentistas, con un formato prediseñado para favorecer los intereses independentistas, y que será gestionado unilateralmente por los propios independentistas.

Frente a estas dos razonables posturas, cuesta entender la lógica de aquellos catalanes no secesionistas que, aun así, piensan participar en el referéndum con una ingenuidad enternecedora. Parecen no percatarse de que la prioridad actual del independentismo es lograr algunos votos contrarios a la ruptura para dotar así a la consulta de cierta respetabilidad ante la comunidad internacional. Aunque los convocantes se han negado interesadamente a establecer un quorum oficial, reconocen en voz baja la existencia de un quorum fáctico. El triunfo de los síes está asegurado: sólo falta un número razonable de cándidos noes para poder proclamar a los cuatro vientos que Catalunya clama abrumadoramente por la secesión.

Las mentes más lúcidas del Govern están mostrando su cara más amable para atraer hacia las urnas a los partidarios del NO (con el objetivo de convertirlos en tontos útiles que proporcionen masa crítica al 1-O), mientras los dirigentes menos hábiles muestran sus nervios cargando despectivamente contra los abstencionistas, tal y como ha hecho esta semana Jordi Turull, un tipo conocido por su paradigmática torpeza (recordemos su insuperable intervención de hace unos meses en el Parlament: «el compromís de CDC és de transparència zero amb la corrupció»).

El asesor de campaña de Bill Clinton, James Carville, resumió con una certera e histórica frase el verdadero terreno en el que se jugaban las presidenciales de 1992: «the economy, stupid!» Sin utilizar un lenguaje tan ofensivo, algo parecido habría que decirles a los contrarios a la independencia que piensan votar dentro de un mes, aplicándolo en este caso a la participación. Será este factor, y no el resultado, la clave del 1-O… si es que se celebra.

danelarzamendi@gmail.com

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