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Raíces cristianas

Elvira Masia

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El estudio de la Historia está desacreditado. Ahora ni siquiera se subordina la verdad histórica a la leyenda: es que se desconocen ambas. Demasiados jóvenes ignoran el pasado y el esfuerzo que ha costado este presente. Están desnutridos de humanidades y arguyen que no importa, ya que tienen a su alcance cantidades ingentes de información. Pero lo grave es que con ella no elaboran conclusiones propias. Porque la educación de calidad es para quien pueda pagársela. El resto ya tiene suficiente con la cultura visual, que hace innecesario saber leer y escribir, pues basta con interpretar las imágenes, los iconos de las pantallas, las flechas y los signos convencionales de los aeropuertos, de los retretes y del código de la circulación. Vaya: como antaño hacían los campesinos analfabetos de la Edad Media, hincados de rodillas ante un capitel historiado.

El resultado es una mayoría que chapotea en la incultura y que difícilmente se plantea el misterio de su origen y su papel en el Universo. Filosofar está demodé. Esta situación actual de superficialidad es aprovechada hábilmente por quienes mueven los hilos del entramado social. Por si eso no fuera poco, oleadas de desesperados llaman a las puertas de Europa. Se calcula que en 2014 han atravesado las fronteras de la UE 280.000 personas, y en 2015 han sido cerca de 500.000. Desde que empezó el conflicto con Siria, en 2011, han abandonado el país alrededor de 10 millones de sirios. Aunque deslindemos refugiados de guerra de emigrantes por razones económicas, el resultado es el mismo: son movimientos de población que nos afectan. Otro denominador común es el trato que reciben las mujeres de esas variables demográficas: la mayoría sufre abusos sexuales y de todo tipo (Sonia Herrera, Atrapadas en el limbo. Mujeres, migraciones y violencia sexual). Y añadamos lo más monstruoso: el destino de 10.000 niños y niñas cuyo paradero se ignora. ¿Qué sucedió otras veces en la Historia cuando un territorio era invadido por sucesivas oleadas de inmigrantes? En líneas generales eran pasados a horca y cuchillo, y a trancas y barrancas los supervivientes lograban integrarse, no sin modificar sus respectivas culturas, la de acogida y la foránea. Ya no se lleva cortar cabezas, pero eso no significa que la barbarie haya desaparecido. Tenemos pues: desconocimiento histórico y masiva llegada de gentes de otros lugares. Un cóctel explosivo. Veamos qué opinan algunos teóricos de la Historia. Oswald Spengler (La decadencia de Occidente) escribió que las culturas (los pueblos) poseen vida: nacen, viven y mueren. Duran unos 1000 años y entre ellas tienen muchas analogías de contenido. Spengler era pesimista, pues no creía en el progreso ininterrumpido, aunque eso lo escribió en plena Alemania nazi que, precisamente, no fue una etapa equiparable a la alegría de la huerta. Y no dijo nada acerca de si las culturas –además de nacer y morir– también se reproducen, que en mi opinión sería lo más acertado. Por su parte, Pierre Chaunu (Historia y decadencia), sostuvo que desde la Antigua Roma hasta la España de los Austrias, todos los imperios cayeron víctimas del colapso demográfico y de la pérdida de memoria cultural. Apliquémonos el cuento.

Finalmente Arnold Toynbee se centra en los individuos creadores de una cultura determinada, aquellos capaces de encontrar vías para el crecimiento (San Pablo, Buda, Mahoma, Maquiavelo… son algunos), mientras el resto de la tropa sigue por imitación a sus guías. La doctrina más famosa de Toynbee es la del desafío y respuesta. Para el desafío cada grupo humano tiene una solución distinta y afirma que, aunque una civilización esté en crisis, su suerte no está determinada con antelación y que, en buena medida, está unida esencialmente al reforzamiento del espíritu religioso.

En general esos estudiosos dan mucha importancia a la religión, y aportan pistas para comprender el panorama actual. Sin embargo, sabemos por experiencia que la vida y la Historia no son la misma cosa. La primera es mucho más amplia y difícilmente reductible a las especulaciones intelectuales sobre el papel. Pero algo parece cierto: tal como está el patio no nos haría daño más cultura. Porque hoy lanzamos piedras contra nuestro propio tejado cuando negamos, minimizamos, olvidamos… nuestras raíces cristianas. Una cosa es ser creyente. Otra diferente es estar de acuerdo con la institución eclesial. Y otra muy distinta a las dos anteriores es no reconocer que nuestra civilización –lo queramos o no– hunde sus raíces en el cristianismo, base de nuestra convivencia. Son raíces implicadas en todos los acontecimientos históricos y en la vida cotidiana de los pueblos, de tal modo que no se trata simplemente de un conjunto de creencias que podemos descartar si nos place como si cambiáramos el nombre franquista de una calle –por mucho que las consideremos supercherías, antiguallas mentales o magia potagia–, sino muy al contrario: esas raíces son nuestro pasado, con sus luces y sus sombras. Conforman nuestra cultura occidental, con sus catedrales, su influencia en las leyes, en la Declaración Universal de los D.H., en las fiestas, en el lenguaje, etc. Asumirlo es más sano que militar en el nihilismo idiota que se ha puesto de moda. ¿A qué viene tanta apostasía generalizada? Es como tirar el niño con el agua de la bañera. Renunciar a nuestras raíces cristianas es originar un vacío espiritual y de valores. Es cavar un enorme agujero que muchos aprovecharán para llenarlo de vete a saber qué. Lo que está en juego no es tanto la decadencia de occidente (O. Spengler), sino más bien la sustitución de unos valores por otros, que quizá nos cuesten de aceptar y con los que salgamos perdiendo. Nadie negará que hay un desfase demencial entre progreso científico y espiritual cuando vemos a un yihadista que degüella y luego cuelga la imagen en Internet. Mucha tecnología y muy poca humanidad. En el totum revolutum que capta nuestra mente cada día es imperativo discernir y tener las ideas muy claras. Noam Chomsky afirma que nos manipulan a diestro y siniestro, y escribe que lo que se pretende es «mantener la atención del público distraída, lejos de los verdaderos problemas sociales, cautivada por temas sin importancia real. Mantener al público ocupado, ocupado, ocupado, sin ningún tiempo para pensar; de vuelta a la granja como los otros animales» (Armas silenciosas para guerras tranquilas). O sea: resignados, balando, cacareando, rebuznando… al estilo de Orwell y con el móvil en la oreja.

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