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Reconocer una obviedad

El problema de las relaciones de Catalunya con España no se resuelve imponiendo una recentralización castradora e inadmisible
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Felipe González se ha declarado «a favor de una reforma [constitucional] que reconozca a Catalunya como nación». Este pasado fin de semana, el secretario general del PSOE aceptaba el reconocimiento de la singularidad de Catalunya, «con sus historias, tradiciones, instituciones, lengua y cultura», reconocimiento que sería un elemento de la reforma constitucional de corte federal que propone. Pedro Sánchez se declaró además catalanista y reivindicó el catalanismo progresista como única forma de avanzar en la solución del contencioso y de mantener la unidad territorial. Que a estas alturas se mantenga todavía este debate, que es básicamente intelectual y no político, y que presenta ribetes exclusivamente semánticos, produciría irrisión si no estuviéramos a punto de asistir al mayor accidente de toda la etapa democrática desde la Transición. En estas circunstancias, proclamar que Catalunya es una nación, en el sentido político del término, es casi una obviedad. En todo caso, conviene que se sepa que la solución del problema de las relaciones entre Catalunya y España no pasa por castigar a los independentistas, estrechar el punto de mira e imponer una recentralización castradora e inadmisible, sino por atender los puntos de vista de quienes, con buen sentido, han defendido la tercera vía que consiste en acentuar la autonomía política al tiempo que se fortalecen las razones que da origen al Estado español.

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