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Recuerdos de una noche

Las noticias que tenemos unos de otros son de una boda o un nacimiento

Pablo Alcaraz García

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Una de esas noches que te bebes México entero caímos en la cuenta de que ya no estábamos para esas lides, que como mucho nos daba para Andorra. Que sin darnos cuenta nos hacíamos mayores.

Madrugamos, hacemos deporte (lo que se lleva es running o pádel), pedimos pan de cereales y yogures desnatados. Nos preocupan las facturas y el futuro de la humanidad. Ya no nos reímos de todo y de todos. Peinamos canas (algunos directamente no peinan nada) y adoptamos poses trascendentes mientras discutimos del gobierno, del Ibex 35 o del papel que queremos poner en el recibidor.

Las noticias que tenemos unos de otros son para informar de una boda o un nacimiento. Y ahí es cuando nos reunimos para ponernos al día. Para que Mar nos explique que se tiene que ir pronto porque al día siguiente tiene un vuelo a Hamburgo. Contarnos, ante el alborozo general, que se pasa la vida viajando (¿por qué será que vinculamos salas de espera de aeropuerto a éxito?). Más adelante nos saca de nuestro error y nos advierte de que no le compensa, que echa de menos la calma, un café una tarde cualquiera, el sosiego de un hogar. También nos enteramos de la próxima paternidad de Xavi, que María se casa el año que viene o que Quim lo ha dejado con su antigua novia para liarse con una eslovaca que nos mira sin entender nada de lo qué está pasando a su alrededor.

Y lo que pasa es que nos empiezan a salir arrugas. Y algunas de ellas no son visibles pero están ahí. Alegrándose por los que tienen su vida encauzada, están felices, con trabajo y perspectivas de crear su propia familia. Sufriendo por los que ante sí sólo tienen un gran interrogante y ves que lo pasan mal. Por los que están peleando por algo mejor (o directamente por algo) y de momento van perdiendo. Echando de menos a los que no han podido venir, a los que se fueron buscando una oportunidad que aquí se les negaba.

Alguien sugiere una última trastada antes de la despedida. Un homenaje a la noche que con la ayuda de un proyector ofrecimos una sesión de cine X en la fachada de un restaurante o al día que llenamos una bañera de sangría para, sorbo a sorbo, irla vaciando.

Se rechaza por mayoría. Algunos tienen pañales que cambiar, otros suegros que visitar. A otros, directamente, el cuerpo no les da para más y hace tiempo que reclaman un colchón. El síndrome Peter Pan se desvanece.

Nos despedimos y, entre besos y abrazos, prometemos vernos más. Ese tipo de juramento solemne, que al final de todo reencuentro suele aparecer, y que se dice con el corazón en la mano a sabiendas de que después pasan al listado de promesas incumplidas.

Hemos recordado los viejos tiempos, que no lo son tanto. Nos hemos reído como lo hacíamos entonces, sin importarnos el mañana. Nos hemos quedado en silencio ante algunas cornadas que la vida ya le ha dado a más de uno. Y al final hemos brindado por los que sin estar, están.

Y al día siguiente, una sonrisa y el recuerdo de una noche. La evocación de unos años y de unos compañeros de viaje. El homenaje a lo vivido. Las ganas del mañana.

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