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Recuperar la confianza educando

La solución sería que los ciudadanos fueran más políticos y los políticos más ciudadanos
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Recuperar la confianza educando. Es mi pretensión del inicio y final de este escrito. Para empezar, el tema más importante en estos momentos no es si la democracia sobrevivirá o si está en crisis, sino en qué medida los líderes y sus instituciones democráticas serán capaces de satisfacer las expectativas y necesidades de la gente.

Nos encontramos ante dos problemas que se retroalimentan: una desafección ciudadana respecto a la democracia y una pérdida de credibilidad y legitimidad de los políticos por parte de los ciudadanos. En consecuencia los factores para una mejora de la calidad política es una urgente regeneración política. Y ello pasa por la reciprocidad en el binomio ciudadano-político, que propugna una cultura política equilibrada, donde la actividad política, la implicación y la racionalidad existan. Lo que resulta éticamente reprobable es el cinismo democrático. Esto es, no es proporcional la existencia de un sentir negativo hacia la política y sus actores cuando existe una parte importante de la población que no sólo la desconoce sino que además muestra indiferencia ante ella. La conclusión que deriva de esta cuestión es que si bien hay una buena valoración de la democracia como modelo de gobierno, la participación en cuestiones que la misma implica es muy baja. A los ciudadanos se les ofrece la oportunidad pero no hay voluntad por introducirse en la política. La solución vendría determinada por que los ciudadanos fueran más políticos y los políticos más ciudadanos. Urge cambiar la mentalidad de delegación absoluta de acciones y deberes en el ámbito político a la sociedad civil de que ella también forma parte del Estado.

Pero analicemos unos cuantos factores para intentar poder recuperar la confianza perdida en la clase política:

Tener vocación: esta premisa es básica para quien ostenta o aspira a obtener un cargo público. Es fundamental que el protagonista del mismo sienta que es ese y no otro su lugar, porque es lo mejor que sabe hacer. Su pasión y su razón le acompañan en el día a día. Sin vocación de servicio público el fracaso está asegurado. La sociedad espera mucho, y cada vez más, de quienes nos gobiernan o quieren gobernar.

Configurar un buen equipo: el político tiene que elegir un equipo de gobierno firme, leal, que actúe con celeridad experimentado y con preparación, con voluntad de servicio público y con poco reparo a disentir de la opinión del cabeza de gobierno si es con vistas a mejorar una situación dada.

Conocer al ciudadano: para tener un buen mensaje es fundamental conocer cuáles son sus necesidades, sus problemas e inquietudes. Es importante saber quiénes son, cuáles son sus miedos, sus inseguridades, los temas que les preocupan.

Dominio del marketing político: como planteamiento inicial que debe de interesar a un cargo político es la búsqueda de ‘públicos objetivos’, pues la comunicación es mucho más eficaz cuando se dirige a grupos de destinatarios acotados con precisión.

Conocer la eficacia de las diferentes clases de medios de comunicación: el filósofo Marshall McLuhan ya dijo a finales de los años 60 «que el medio es el mensaje». Debe de existir entre el destinatario y el emisor de la comunicación política un modo de comunicación que permita un contacto directo con aquellos a los que se quiere llegar.

Formas de comunicar: los discursos, por ejemplo, deben de tratar reunir las siguientes características: omisión de palabras demasiado raras, mirar directamente a los ojos de quienes escuchan no nombrar nunca al adversario para no darle protagonismo, realizar un buen trabajo documental, hacer uso de frases llamativas y sobre todo el lenguaje corporal que es muy importante. Varios estudios han demostrado que el 55% del mensaje es interpretado a través del leguaje corporal, el 38% a través de la voz y el 7% a través de las palabras. La demostración más reciente la tenemos en los discursos de Rajoy (tenso, acelerado y dudoso), Mas (suelto, alegre y convencido) o Junqueras (sin atril, sin guión escrito y convencido), vaya lección para el Jefe del Ejecutivo Central. Solamente a estos dos últimos les faltó llenar de continente y contenido la palabra o hecho «independencia», para tener un buen seguro de cara a un posible futuro, con siniestros.

Y finalmente un político debe de tener características personales. En consecuencia debe de ser: auténtico y original, tener iniciativa, capacidad y voluntad. Ser humilde es fundamental para que el político recuerde que no trata con los ciudadanos, sino con sus conciudadanos. No debe de olvidar la esencia de la democracia en la que sus representantes son elegidos por el pueblo, de entre el pueblo. Ser honesto, es mucho más convincente decir la verdad desde el principio y si cabe pedir perdón, que planificar y esperar las consecuencias de una mentira.

Reinventarse: un líder no debe de tener problemas de reciclarse cuando las circunstancias lo requieran. Nunca es tarde para cambios positivos y el pueblo lo agradece. Y finalmente, tener una personalidad fuerte para no dejarse seducir por muchos cantos de sirenas que seguramente le pueden rodear.

La corrupción, el derroche y la incompetencia no son fenómenos nuevos. A finales de la era del progreso, entre finales de siglo XIX y a principios de XX, estos temas ocuparon el eje central de la gestión pública. El gran problema de nuestro país es que políticos que no responden a alguno de los elementos anteriores han logrado llegar al poder, generando con ello un rechazo por parte de la ciudadanía que no ven en sus políticos la preparación suficiente. El cambio o cese de ministros del Ejecutivo Central es una muestra.

Es la hora de dejar de jugar al parchís (y dejar de pensar si cuento 20 si mato, 10 si entro ficha y si estoy una vez sin jugar si saco 3 seises), debemos jugar al ajedrez, para saber dónde colocamos al Rey y la Reina (la Torre, el Caballo y el Alfil,) y de esa forma seguramente conseguiremos que los ‘Peones’ (los ciudadanos) recobremos la confianza en la clase política actual y venidera y así podamos conseguir una sociedad limpia y justa.

Pero para operar cambios en el sistema es algo complejo y dilatado en el tiempo, hemos de trabajar primero por cambiar la política desde abajo. Y ello no se hace de otra manera que educando.

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