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Refugiados de guerra

Sin menosprecio de la caridad, no podemos crear campos de refugiados que la perpetúen
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Más y mejor calidad de vida para las familias inmigrantes. Los pueblos que los acojan deben tener objetivos claros para garantizar la convivencia. Restablecer núcleos de población estables y sostenibles, para el bienestar de todos puede ser una solución.

En los pueblos abandonados, o en curso, y que fueron prósperos en un tiempo no muy lejano, y que pueden encontrarse en todas y cada una de las provincias del Estado, puede ser una solución donde ganen los refugiados y también el territorio que les acoja. Establecer asentamientos de refugiados en estos lugares sería una buena política de desarrollo humano

Estos lugares donde fue posible vivir en paz y libertad durante siglos, hasta que el anonimato de la ciudad ganó la partida al conocimiento y la sabiduría popular, actualmente están en proceso de desertización y, con la ayuda de las administraciones, pueden convertirse en solución para los refugiados i inmigrantes ilegales. Transformar los asentamientos humanos que suponen los campamentos tradicionales tan bien gestionados por las ONG (debe reconocerse) en nuevas poblaciones rehabilitadas, ecológicas dignas y sostenibles, resurgidas de la recuperación de viviendas, equipamientos y terrenos validos par la agricultura. Sería tarea compleja pero muy motivadora para los servicios técnicos de arquitectura, agricultura, salud, movilidad y emergencias de las diputaciones provinciales.

Reiniciar la vida y la convivencia en estos lugares, evitar el mayor crecimiento de las ciudades macrocefálicas donde el anonimato inhibe la buena vecindad, debería ser objetivo principal de los gobiernos. Ahora podría mitigarse y hacer posible un cierto reequilibrio territorial. La acogida de refugiados es una tarea de integración que debe tener en cuenta la dignidad de las personas que se quieran acoger. Existen en todo el Estado multitud de pequeños municipios abandonados donde las familias podrían rehacer su futuro lejos de las grandes ciudades. En los pequeños municipios, una gran calidad de vida es posible, aunque precise de un trabajo duro para reflotar espacios de convivencia. Viviendas para rehabilitar, pequeñas tierras de cultivo abandonadas, granjas para el autoconsumo de pequeños grupos de población que podrían organizarse como cooperativas, y disponer de escuelas y dispensarios, para asegurar las necesidades más básicas en sanidad y educación.

También la industria agroforestal podría dar un empuje a este proceso. Habría que desarrollar estrategias en políticas agrarias, para garantizar las condiciones necesarias con el fin de poder recuperar los rebaños de ganado, que mantenían los bosques limpios (como se hacía hace unos pocos años). No se puede incrementar más el desempleo agrupando inmigrantes en campos de refugiados. Por dignidad nacional y por respeto a la gente que sufre porque lo ha perdido todo. Y no podemos permitir que pierda también la dignidad.

Sin menosprecio de la caridad, tan necesaria en estos momentos, no podemos establecer campos de refugiados que la perpetúen. Aun asumiendo el riesgo de establecer guetos hay que conseguir que las familias acogidas se sientan útiles en el país que les ha acogido. Agrupar familias de refugiados dándoles cobertura en los pueblos abandonados, para que puedan reconstruir sus hogares. Ayudarles en lo necesario para crecer como organizaciones humanas sería lo mejor que les podría ofrecer una civilización como la nuestra. Por todo ello son necesarias propuestas que den un paso más en la inserción social de los inmigrantes, y superen a medio plazo la caridad que en estas condiciones aún es indispensable.

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