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Reino Unido, país dividido, parlamento resquebrajado

Sin rumbo. En Grecia se prometió la luna y lo que ha quedado es la rabia. Los británicos van por el mismo camino. Si no han sido capaces de salir del atolladero, quizás May debería abrir las puertas a unas nuevas elecciones

Josep Martí i Blanch

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Reino Unido, país dividido, parlamento resquebrajado

Reino Unido, país dividido, parlamento resquebrajado

Si usted no entiende nada del Brexit téngase por una persona de lo más común. Su inteligencia es perfectamente homologable. A estas alturas nadie comprende nada, así que su incapacidad para ver con claridad que es lo que pasa en el Reino Unido tan sólo hace de usted una persona normal. 

El 29 de marzo debía ser un día histórico. Era la fecha que los británicos habían escogido para salir de la casa común europea. Incluso se debatió en su día si, para celebrarlo, no deberían hacer sonar las campanas de todo el país como aconteció cuando se firmó el armisticio de la I Guerra Mundial. Al final, lo que ha dejado tras de sí la fecha señalada ha sido tan sólo la certificación de que el país anda sin rumbo de ridículo en ridículo.

Westminster volvió a decir no a Theresa May y a su acuerdo de divorcio. El Consejo Europeo se reunirá el día 10 para evaluar todos los escenarios, principalmente el que sitúa que, por defecto, el día 12 los británicos deberán abandonar la UE sin acuerdo y salga el sol por Antequera. A partir de ahí, especulaciones. Los británicos pueden revocar la salida unilateralmente (tienen la cobertura jurídica del Tribunal de Justicia Europeo) pero es inimaginable que sus señorías puedan plantearse una traición de los resultados del referéndum de tal calibre.

Así las cosas, Theresa May puede solicitar una prórroga larga, de un año como mínimo, lo cual obligaría al Reino Unido a participar en los próximos comicios europeos, cosa que tampoco desean. Hay más escenarios. Pero todos comparten la misma característica: ni uno sólo tiene el respaldo mayoritario de la cámara. Si el país está dividido, el Parlamento está resquebrajado. Súmenle los rumores que van a multiplicarse sobre la dimisión de Theresa May o la convocatoria de elecciones anticipadas. Laberíntico. 

El Reino Unido no puede evitar el ridículo, pero debiera tratar de no insistir en él

El caos reinante hace que muchos olviden lo fundamental. Hubo un referéndum y lo ganaron los partidarios de abandonar la UE. No es cierto, como se cree muchas veces desde el continente, que los ciudadanos estén arrepentidos. Lo que si ha sucedido con el paso del tiempo es que las posiciones de unos y otros se han enconado todavía más. Por eso, el acuerdo de May era el mejor posible en la medida que ganaba dos años de tiempo para ver como finalmente se concretaba la relación entre el Reino Unido y la UE, pero ya con los británicos formalmente fuera de las instituciones comunitarias. No ha sido posible, al menos de momento. 

El Brexit corre el riesgo de acabar asemejándose a lo que aconteció en Grecia cuando el actual primer ministro griego, Alexis Tsipras, llegó al gobierno a caballo de la coalición de izquierda radical Syriza, acompañado por aquel entonces de Gianis Varufakis, ministro de economía por un breve periodo de seis meses. Tsipras prometió el fin de los recortes, plantar cara a la Troika, forzar la reestructuración del crédito. Se organizó un referéndum, la ciudadanía griega avaló esa estrategia y el gobierno traicionó ese resultado tras descubrir que el país no disponía ya de la soberanía necesaria para tomar ese tipo de decisiones. Dicho de otro modo, a los discursos les siguió la realidad y pasaron por el tubo. Lo que sí quedó, y aún se mantiene, aunque los medios ya no hablen de ello, es el malestar de la población y la convicción de que por los caminos sistémicos las soluciones radicales son imposibles porque son solo utopías. 

El Reino Unido no es Grecia, puede argumentarse en contra de la comparación. Pero las situaciones se asemejan. Se promete lo incumplible (no pagar la deuda en el caso griego, un brexit indoloro en el caso británico) y después la realidad obliga a realizar aterrizajes forzosos. Resultado, la gente que avaló con votos esas promesas se siente traicionada y se multiplican los estímulos para abrazar posiciones políticas si cabe más maximalistas. 

Aunque el Reino Unido ya no está a tiempo de ahorrarse el ridículo, sí debiera plantearse la posibilidad de no insistir en él. Si no han sido capaces de salir del atolladero, quizás May debería abrir las puertas a unas nuevas elecciones. Pero tampoco parece que este ejercicio de responsabilidad vaya a ser posible en estos momentos. En la política del espectáculo la responsabilidad es un atributo que cotiza muy a la baja. Es más fácil saber lo que no se quiere que decidir qué es lo que se desea exactamente. Más que diputados parecen perros del hortelano.

Josep Martí es ‘calero’, es decir, de L’Ametlla de Mar. Es empresario y periodista. En breve publicará: ‘Fuck you, Europe!’

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