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Renfe y su desidia

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No soy usuario habitual de la estación de Tarragona en particular ni de ninguna en general. Lo digo por anticipado para que conste hasta qué punto, por mera solidaridad, puede llegar a ser indignante lo que viene sufriendo esta ciudad en materia ferroviaria. Imagínense lo bochornoso que les debe de parecer a quienes sí sufren a diario el desdén de la admimistración, y conozco a unos cuantos.

La última, me cuentan, tiene que ver con los rótulos pretendidamente electrónicos llamados a informar de horarios, destinos, orígenes y posibles incidencias. «Llevan algo así como tres meses sin funcionar», me asegura un allegado mío que pasa horas en esos decrépitos andenes.

Uno puede entender que la tecnología cíclica e inevitablemente se estropee. Puedo incluso asumir que en el gigantesco aparato burocrático que deben de ser Renfe y Adif resulte imposible apretar un tornillo sin, pongamos por caso, dos o tres semanas de trámites, autorizaciones, presupuestos y demás parafernalia. Pero llega un momento en que nada justifica ya el retraso. En que sólo se explica por la inactividad. En que no se trata de lentitud sino sencillamente de que nadie está haciendo nada. Y eso, convendrán conmigo, no es sólo intolerable sino también insultante. Puede que la justificación oficial esté en que Fomento ha anunciado ya para vaya usted a saber cuándo una nueva fase de remodelación del recinto, y total «para qué arreglar los paneles de urgencia, si con intuición y la megafonía ya se apañan estos tarraconenses para saber a qué hora pasa su tren, y en menos de dos años está previsto que empiecen las obras», debe de argumentar el consejo de sabios... No se vayan a estresar.

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