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Réquiem por el lince y el Homo ludens

La progresiva desaparición del juego en la infancia es una catástrofe cultural

Gerardo Castillo

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Réquiem por el lince y el Homo ludens

Réquiem por el lince y el Homo ludens

Los niños juegan cada vez menos. Los tradicionales juegos libres están siendo suplantados por la dependencia de entretenimientos tecnológicos. Sólo en el juego auténtico el niño puede decidir por sí mismo su argumento, sus reglas, su principio y su final.

El juego es un fenómeno universal. Todos los niños de todos los tiempos han jugado. Por ejemplo, en algunos descubrimientos arqueológicos recientes de la Palestina del tiempo de Jesús se han encontrado juguetes de madera (peonzas, aros y canicas).

La idea de que el Niño Dios jugara de ese modo es muy verosímil y refuerza el valor atribuido al juego. Para ser contemplativo en el prosaico mundo de hoy ayuda mucho observar la actitud con la que juega un niño, aprendiendo de su sencillez y abandono.

La progresiva desaparición del juego es una catástrofe cultural que no se quiere ver, a pesar de que ya está teniendo serias consecuencias. Con frecuencia se publican reportajes sobre el peligro de extinción del precioso lince ibérico.

Su piel es muy cotizada, por lo que quien desee verla ya no debe dirigirse a los bosques, sino a las peleterías. Se habla mucho del lince, y me parece bien, pero, en cambio,, casi nadie se alarma del peligro de extinción de una dimensión esencial del ser humano: la de Homo ludens. A este paso pronto nos quedará únicamente el pragmático Homo faber, para quien lo bueno es bueno sólo en cuanto es útil.

¿Para qué sirve el juego?

El juego sirve para aprender. El niño aprende jugando. Con el juego explora, desarrolla la curiosidad y aumenta su experiencia.

Claparede destacó la función del juego en el desarrollo de la personalidad. A la pregunta sobre «para qué sirve la infancia» respondió: «la infancia sirve para jugar». En su obra La escuela a la medida (1921) propone que la educación se adapte a los intereses y necesidades del niño.

Huizinga publicó en 1938 Homo ludens (hombre que juega). Es un ensayo sobre la función social del juego. Sostiene que el acto de jugar es consustancial a la cultura humana: sin una actitud lúdica ninguna cultura sería posible.

El juego es el trabajo del niño y los juguetes sus herramientas. Esto explica por qué se lo toma tan en serio y no pierde la concentración. Ese juego-trabajo estimula el crecimiento físico y mental, la imaginación, la creatividad, los lazos sociales y la voluntad de persistencia. Esta última cualidad se ejercita debido a que el niño no suele abandonar un juego hasta conseguir la meta propuesta; nunca se da por vencido.

¿Por qué los niños de ahora juegan cada vez menos?

Una primera causa es la falta de tiempo. Muchos padres actuales fomentan de forma exagerada las actividades extraescolares, como se ve en una viñeta cómica que recoge el diálogo entre el niño y su padre:

-Papá: el lunes inglés, el martes informática, el miércoles piano, el jueves inglés otra vez y el viernes clase de chino. ¿Podré salir a jugar a la calle algún día?

-¿Jugar? No seas infantil.

Estos padres suelen estar obsesionados con el futuro profesional de sus hijos, por lo que toda preparación sería poca. Les exigen no perder el tiempo (por ejemplo, jugando) y aprovecharlo para acumular conocimientos por medio de múltiples actividades extraescolares. Ignoran que el juego desarrolla muchas competencias laborales y prepara para la vida más que muchas de esas actividades que están de moda. También desconocen que ese plan de vida agobiante genera niños estresados.

Otra causa es que desde los primeros años muchos niños de ahora dependen ya de las maquinitas. Se inician así en entretenimientos sedentarios e individualistas que generan adicción (sobre todo los videojuegos) y favorecen el aislamiento y la obesidad.

Cuando Steve Jobs era director de Apple limitaba mucho el tiempo que sus tres hijos dedicaban a los iPads e iPhones, para evitar que les hiciera daño. Prefería que se aficionaran a la lectura.

¿Cuál es el futuro de los niños que no juegan?

Si la infancia es para jugar, los niños que no lo hicieron quedan con carencias psicosociales que dificultan su integración en etapas posteriores.

En la fase adolescente y juvenil rehúyen el ejercicio físico y la convivencia; renuncian a actuar con imaginación, iniciativa y toma de decisiones; son incapaces de atenerse a normas; se aburren en el tiempo libre porque no saben divertirse sin la muleta de los artilugios tecnológicos.

Cuando se incorporen al mundo laboral les exigirán algunas de las competencias emocionales que se desarrollan inicialmente con el juego libre, como por ejemplo, autocontrol, automotivación, trabajo en equipo, comunicación y empatía. El juego pudo ser su primer máster…

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