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Revolución, pero menos

Los nuevos movimientos pretenden cambiar las cosas, pero su revolución se limita a pedir un sistema más justo
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Que el panorama político ha cambiado profundamente después del 24M es una obviedad, pero no resulta fácil describir la mudanza. En cualquier caso, los términos derecha e izquierda son polisémicos, y si se habla de izquierdización para describir el viraje de la política española, habrá que especificar qué quiere decirse. Porque no es lo mismo la socialdemocracia del PSOE que el populismo izquierdizante de Podemos. Los movimientos emergentes que han conquistado una fracción relevante del espectro político han actuado movidos por dos impulsos complementarios: de un lado, han reaccionado contra una política despiadada de ajuste que ha hecho recaer sobre las capas sociales más desfavorecidas la mayor parte del peso de la crisis, provocada por las elites del sistema global. De otro lado, han representado la protesta contra el denigrante espectáculo de una corrupción generalizada. En consecuencia, los nuevos movimientos recién emergidos pretenden cambiar las cosas, y aunque han nacido predicando un orden nuevo -la utopía ha durado poco en Podemos-, pronto se ha visto que su revolución se limitaba a exigir un sistema socioeconómico más justo y un rigor absoluto en el manejo de los recursos públicos. Nada verdaderamente revolucionario. En cualquier caso, no hay síntomas de que las formaciones emergentes quieran plantar cara a Europa, ni siquiera secundar las posiciones estridentes de Syriza, sus amigos de viaje.

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