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Rezar por los difuntos

A nosotros nos corresponde rezar por los difuntos, no juzgar su vida
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San Agustín y su madre se hallaban en una casa de la población de Ostia, descansando de un largo viaje desde Milán, que debía conducirles, ahora por mar, a Tagaste, en el África romana.

Estando allí, santa Mónica enfermó gravemente y habló con sus hijos para despedirse de esta vida y hacerles un ruego. San Agustín lo cuenta así en sus Confesiones: «Viéndonos sobrecogidos de aflicción nos dijo: “Aquí dejaréis enterrada a vuestra madre”. Yo callaba y reprimía el llanto, pero mi hermano le dijo no sé qué palabras, que aludían a desearle como cosa más feliz que muriese en su patria, y no en país tan extraño. Ella, habiendo oído todo esto, mirándole primero con un rostro severo y desazonado, como reprendiéndole con los ojos que pensase de aquel modo, y mirándome después a mí, dijo: “Mira lo que dice éste”. Luego, hablando con entrambos, añadió: “Enterrad este cuerpo dondequiera, y no tengáis más cuidado de él; lo que únicamente pido y os encomiendo es que os acordéis de mí en el altar del Señor dondequiera que os halléis”.»

Durante las semanas precedentes he tratado en A los cuatro vientos del precepto sublime de la caridad, fijándome en el amor a los más próximos y en el amor a los enemigos. Hoy quiero cerrar estos comentarios hablando del amor por los difuntos, y la dulce obligación moral que tenemos de rezar por ellos y ofrecerles la Eucaristía. Por este motivo he recogido la conocida escena del diálogo de san Agustín y su madre que concluye con estas palabras de santa Mónica rogando que se acordaran de ella ante el altar.

San Agustín hubiera podido pensar que su madre no lo necesitaba. ¿Cómo iba a dudar de que estaría en el Cielo aquella que sólo vivía pensando en Dios y que había derramado tantas lágrimas para que él abandonara su vida anterior y se convirtiera?

A nosotros nos corresponde rezar por los difuntos, no juzgar su vida o sus méritos y la mayor o menor necesidad de plegarias. La Iglesia siempre ha hablado de esta «comunión de los santos», en la que se cumple la consoladora ley: que el amor es más fuerte que la muerte. ¡Qué esperanzador resulta! Seguimos amando a aquellos que tanto nos han amado, rezamos por ellos y a ellos acudimos como intercesores en nuestros desvelos.

Aunque físicamente anulada, no se ha roto nuestra relación espiritual, porque todos estamos en manos de Dios y nos encontramos en este abrazo de la fe.

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