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Ridículo monumental

Sin duda, deben explorarse las vías legales contra los autores del desaguisado en la muralla y la torre de Minerva, pero el derecho no tiene poderes mágicos. Los jueces no disponen de una máquina del tiempo, y la condena del asesino no resucita al muerto
 

Dánel Arzamendi Balerdi

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Dánel Arzamendi Balerdi. Foto: DT

Dánel Arzamendi Balerdi. Foto: DT

Apuesto a que la inmensa mayoría de nosotros procura estar presente cuando realizamos una obra en nuestro hogar, por pequeña que sea, que requiera la presencia de un profesional externo: un electricista, un fontanero, un albañil, un montador de muebles… Esta prevención no significa que no nos fiemos de esta persona. Simplemente, queremos que este trabajador tenga perfectamente claro qué hay que hacer y cómo queremos que se haga, para evitarnos sorpresas posteriores de difícil arreglo. Es una medida lógica porque sentimos este espacio como algo propio, y por tanto estamos dispuestos a hacer un esfuerzo para asegurar que el trabajo se realice de forma impecable, porque valoramos en su justa medida la preservación de un entorno con un enorme valor patrimonial y emocional para los que vivimos en él. Es una cuestión de sentido común, responsabilidad y aprecio por el hogar que acoge a nuestras familias.

La pasada semana, un grupo de operarios instaló un andamio adosado a la muralla romana de nuestra capital, como paso previo a la realización de labores de restauración en la zona. Concretamente, la estructura se montó a la altura de la Torre de Minerva, que luce una imagen de la diosa de la sabiduría, las artes y la milicia, además de protectora de Roma y patrona de los artesanos, y que se corresponde con la diosa Atenea de la mitología griega. Conviene destacar que nos hallamos ante dos ejemplos valiosísimos de nuestro patrimonio monumental, al tratarse de la primera construcción romana de carácter defensivo que se conserva fuera del actual territorio italiano, así como del relieve más antiguo de la península Ibérica.

Aun tratándose de una empresa con experiencia en este tipo de trabajos (ya había intervenido en el anfiteatro y en Ca l’Ardiaca), sus empleados no tuvieron una idea más brillante que agujerear la muralla para anclar la estructura. Concretamente, los operarios realizaron doce perforaciones de 10 centímetros de profundidad por 15 milímetros de diámetro, una de los cuales atravesó el mismísimo escudo de Minerva. Tras hacerse público que Pepe Gotera y Otilio habían taladrado a la hija de Júpiter y Metis, el ayuntamiento convocó una reunión urgente con los Serveis Territorials de la Generalitat, el Centre de Restauració de Béns Mobles y el Arquebisbat de Tarragona, institución propietaria de la torre. Según el concejal de Patrimonio, Hermán Pinedo, «la empresa se ha excusado y ha pedido perdón. Agradecemos el gesto, pero no podemos permitir que pase esto. Es totalmente inadmisible. Tomaremos todas las medidas necesarias porque es un delito contra el patrimonio y puede tener responsabilidades penales».

Sin duda, deben explorarse las vías legales contra los autores del desaguisado, pero el derecho no tiene poderes mágicos. Los jueces no disponen de una máquina del tiempo, y la condena del asesino no resucita al muerto. Del mismo modo, una sentencia contra la compañía instaladora del andamio no devolverá el relieve romano a su estado original. El daño ya está hecho. Precisamente, con el objetivo de evitar este tipo de situaciones, las administraciones tienen atribuido un deber inexcusable de supervisión sobre las actuaciones que se realizan en el patrimonio histórico. Es más que probable que la empresa deba pagar por el destrozo ocasionado, pero también deberá investigarse por qué ningún responsable municipal se desplazó al lugar para asegurarse de que el montaje de la estructura no dañase la muralla. ¿Por qué no había nadie fiscalizando esta intervención? Pues quizás, haciendo un paralelismo con las obras domésticas comentadas anteriormente, porque no sentían este espacio como algo propio, y por tanto no estaban dispuestos a hacer un esfuerzo para asegurar que el trabajo se realizase de forma impecable, porque no valoraban en su justa medida la preservación de un entorno de enorme valor patrimonial y emocional para los que vivimos en Tarragona.

El historial de intervenciones polémicas y estropicios irreparables sobre el legado romano de nuestra capital es ciertamente dilatado. Por poner sólo algunos ejemplos, recordemos la devastación de las ruinas del teatro por parte de una empresa aceitera durante la primera mitad del siglo XX, la pérdida de varios arcos del circo por la presión constructiva y especulativa en la Rambla Vella, el controvertido arreglo exterior del arco del Portal del Roser, la discutible reconstrucción del anfiteatro en los años sesenta y setenta que tantos quebraderos de cabeza ha provocado últimamente a los responsables municipales, la incapacidad de las administraciones para poner en valor algunos valiosos monumentos ya localizados y excavados pero que permanecen inaccesibles para la ciudadanía, etc. Sin embargo, la diferencia entre estos episodios y el desastre de la pasada semana es que la mayoría de aquellos se debieron fundamentalmente a motivos económicos (muy deprimente), mientras que el último atentado contra la muralla romana ha sido una cuestión de dejadez (aún más deprimente, si cabe).

En cualquier caso, parece que la imagen de la diosa Minerva no fue capaz de infundir su sabiduría a los montadores del andamio, y como era de prever, diferentes medios de comunicación estatales ya se han hecho eco del bochornoso disparate: ya somos oficialmente un auténtico hazmerreír (o hazmellorar) más allá del Ebro. Al margen de este ridículo monumental, nunca mejor dicho, este nuevo capítulo suma un motivo más de inquietud de cara al mantenimiento de la distinción del conjunto arqueológico de Tarraco como Patrimonio Mundial, concedida por la Unesco en noviembre de 2000. No sería la primera vez que un lugar pierde este reconocimiento por una deficiente conservación de sus activos fundamentales, como sucedió en el pasado con el valle del Elba (Alemania), el santuario del Óryx árabe (Omán) y el puerto de Liverpool (Reino Unido). Resultaría imperdonable que acabásemos formando parte de esta humillante lista por pura desidia.

Colaborador de Opinió del ‘Diari’ desde hace más de una década, ha publicado numerosos artículos en diversos medios, colabora como tertuliano en Onda Cero Tarragona, y es autor de la novela ‘A la luz de la noche’.

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