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Rivera, Andalucía y la caña de pescar

Los recursos que reciben Andalucía y Extremadura no sirven para equilibrar su desarrollo económico
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Albert Rivera, con la refrescante espontaneidad que le caracteriza, lanzó el pasado fin de semana en sus mítines andaluces la conocida parábola sobre la pesca: para lograr el desarrollo de los pueblos es mejor enseñar a pescar que regalar pescado. Y un sector de la audiencia, muy susceptible, se irritó con el orador por considerar ofensiva la elipsis. Otros, en fin, han hecho bromas con la frase, lo cual es sin duda saludable de todo punto en este enrarecido ambiente político en que nos preparamos a atravesar el más denso proceso electoral de toda la etapa demo- crática.

La fábula es sin embargo certera y pertinente. Tanto en abstracto, como criterio general, como en concreto, aplicada a Andalucía. Y quizá estas vísperas electorales brinden una ocasión inigualable para hablar de estas cuestiones, ciertamente embarazosas pero de las que depende nuestro futuro.

En efecto, cuando se han cumplido 36 años desde la puesta en marcha del régimen político, Extremadura y Andalucía continúan a la cola de este país, a pesar de que el sistema de financiación autonómico las hace beneficiarias de la solidaridad de las demás comunidades autónomas. Según datos publicados por el del Consejo Económico y Social (CES), en 2013 el PIB per cápita español fue en promedio de 22.279 euros. El País Vasco continuaba siendo la comunidad con un mayor nivel de renta per cápita, con 29.959 euros, y superaba en un 34,5% la media española. Le seguían Madrid y Navarra, con 28.915 y 28.358 euros, respectivamente, y Cataluña, con 26.666 euros. En el extremo opuesto se situaban Extremadura, con una renta por habitante de 15.026 euros, un 67,4% inferior a al promedio, la ciudad autónoma de Melilla, con 16.426 euros, y Andalucía, con 16.666 euros. De acuerdo con el indicador de dispersión máxima, el diferencial entre el nivel máximo del PIB per cápita registrado por País Vasco y el mínimo de Extremadura se amplió en 2013 desde 1,986 puntos a 1,994.

A la vista de estos datos, y en comparación con los de los años setenta del pasado siglo, se constata que, en términos relativos, Andalucía y Extremadura no se han aproximado al promedio español en toda la ya dilatada etapa democrática. En otras palabras, los recursos que reciben en concepto de redistribución económica interterritorial no sirven para sacar de su relegamiento a estas regiones, cada vez menos deprimidas, ciertamente, pero retrasadas en la misma medida con relación a las comunidades punteras.

¿Por qué sucede tal cosa? La respuesta es simple: porque los recursos solidarios que llegan a esas comunidades no se aplican a desarrollar las regiones sino a cubrir los gastos corrientes. No se utilizan –si se permite el símil– para pescar cada vez más y con artes más refinadas sino para comprar pescado con que alimentar a los ciudadanos.

Cuando España ingresó en las Comunidades Europeas, en 1986, comenzó a percibir unos fondos de cohesión encaminados precisamente a reducir las distancias entre el desarrollo de nuestro país y el promedio comunitario. Aquellos fondos cumplieron su cometido y España ha dejado de recibir las ayudas cuando su PIB per cápita se ha aproximado al objetivo perseguido. Aquí no está ocurriendo lo mismo internamente.

Algo falla, en definitiva, en el modelo cuasi federal español porque este estado actual de cosas no puede ser el desiderátum. Andalucía y Extremadura, y, en general, las comunidades más atrasadas han de encontrar el camino de su redención. Que pasa inevitablemente por el desarrollo económico, la formación de sus dempleados, el estímulo a los movimientos migratorios internos que reequilibren el Estado, etc. Seguramente todo eso quería expresar con su frase Albert Rivera, en un discurso original que conviene subrayar porque en esta dirección avanza el futuro.

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