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Rusia con el agua al cuello

La economía rusa se vino de repente abajo, situó al emergente país al borde de la quiebra
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Rusia vuelve a ser culpable como en aquellos tiempos de anticomunismo visceral que tutelaba en España Serrano Súñer y todos los males habidos e inventados eran atribuidos a la influencia que esparcía Moscú urbi et orbe. Eran otros tiempos y otros argumentos que el final del comunismo había despejado. Durante unos años creímos que la gran nación rusa mantendría una alianza pacífica y cooperativa con el mundo occidental. Parecía, además, que el desarrollo económico que estaba experimentando, gracias en buena medida a las buenas relaciones económicas con Europa, contribuiría a limar viejos resquemores y nostalgias de un pasado imperial que ya era historia.

Pero de pronto y en cuestión de meses, esa luna de miel tan positiva para todos se interrumpió abruptamente. La prepotencia del presidente Vladímir Putin, convertido en un caudillo crecido tras su vuelta al poder en olor de multitud, dio un vuelco a la situación. Putin no se conformó con estar contribuyendo a sacar a su pueblo de la miseria en que se hallaba; quiso reafirmarse como el nuevo gran zar de este siglo y se lanzó en arriesgadas peripecias que de momento encumbraron su figura pero enseguida empezaron torcérsele y hoy el país vive con el agua cuello.

Putin contaba para su poder e influencia con la riqueza de gas y petróleo que alberga el suelo de Rusia, complementada con las necesidades de ambos productos que tienen los países vecinos centroeuropeos, convertidos en clientes cautivos. Pero las ansias imperiales del presidente pudieron más: en su intento por recuperar el antiguo imperio soviético desestabilizó Georgia y luego Ucrania, se apropió de la península de Crimea cuando ya nadie creía en invasiones de conquista, y propició que el resto del territorio entrase en una guerra civil para la que no se ve solución.

Todo parecía sonreírle y su popularidad seguía aumentando hasta que el precio del crudo empezó a caer en picado, el dólar a revalorizarse en los mercados y como efecto más directo, el rublo a devaluarse hasta el extremo de que muchos rusos tuvieron que suspender sus vacaciones en Occidente porque ya no pueden permitírselas como solían. Las sanciones económicas, aparentemente menores, impuestas por Estados Unidos y la Unión Europea contra la guerra de Ucrania consiguieron el resto.

La economía rusa se vino de repente abajo, situó al emergente país al borde de la quiebra en que se encuentra, y de rebote contribuyó a alterar la evolución aparentemente estabilizada después de tantos años de crisis de los mercados internacionales. Los problemas internos de Rusia y su Gobierno es evidente que los propiciaron y generaron ellos, pero los efectos colaterales nos afectan a todos. La economía globalizada, a la cual Rusia se estaba incorporando, tiene esos riesgos.

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