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Rusia ‘super star’

Si Trump se interesa por España es lógico que Rusia observe también qué ocurre con Catalunya

Oliver Klein Bosquet

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Rusia hace muchos siglos que es una potencia hegemónica. Si bien es verdad que Rusia ha vivido acercamientos importantes a la cosmovisión europea occidental, ateniéndonos a un estudio riguroso y comprimido de su propia historia particular podremos analizar que casi siempre ha sido dueña de sus decisiones y casi siempre se ha comportado como un continente en sí mismo con amplia influencia sobre vastos territorios y regiones que le son limítrofes desde Finlandia, Polonia o Rumanía, por un extremo, hasta el mar del Japón, por el otro.

No debemos pasar por alto que vivimos en pleno centenario de la proclamación de la Revolución Bolchevique de 1917, uno de los grandes episodios de la historia universal, que, en cierta manera, contribuía a pasar la página en clave interna de la Rusia de los Zares e iniciaba el capítulo de la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (URSS), experimento hasta entonces inaudito, a ojos del destacado escritor y corresponsal Ryszard Kapuscinski la representación de un mismo dominio imperial bajo un barniz ideológico determinado, nombres y estilos diferentes, aunque en esencia parte de una trayectoria diseñada y predeterminada durante siglos. 

Si al final casi nadie le agradecería en su país a Mijaíl Gorbachov el hecho de acelerar el desmantelamiento de uno de los principales contendientes de la Guerra Fría, como era la URSS, frente a los vencedores de los Estados Unidos de América (EEUU), durante el periodo de Guerra Fría, mediante las políticas de la perestroika y la glasnost, Boris Yeltsin se convirtió en el voraz presidente que introduciría el cambio sustancial para que la nueva Federación Rusa se rebautizara al capitalismo actual y empezara a dibujar un nuevo rol a escala planetaria.

En este sentido, la figura del presidente ruso de nuestros días Vladimir Putin resulta un collage y es un compendio de dichos acontecimientos sumados en pocos años, de lo cual se pueden llegar a entender sus comportamientos y toma de decisiones desde que paulatinamente impusiera un nuevo autoritarismo a nivel interno y una nueva agresividad externa a nivel internacional, con sede en su despacho del Palacio del Kremlin en Moscú. Hijo del KGB, evidentemente Putin tiene en mente el poder que llegaron a ostentar todos sus antecesores desde Iván el Terrible hasta Catalina la Grande, pasando por los zares Pedro, hasta los últimos Alejandro y Nicolás, incluyendo a los revolucionarios Lenin, Stalin, Jruschov o Breznev en las dos últimas épocas de gran esplendor patrio. 

Si la guerra anteayer se realizaba almacenando y fabricando armas, hoy en día la capacidad de disuasión empleada por la nueva potencia resulta mucho más sutil aunque sigue consistiendo en la capacidad elemental de disuasión sobre el posible enemigo y el hecho de tejer alianzas con aquellos que puedan servir a sus planes, de forma directa e indirecta, obedeciendo a la estrategia de convertirse en la única fuerza centrada entre dos continentes, como son Europa y Asia, que no concibe que otros tomen decisiones relevantes sobre sus intereses sin su previo asentimiento. 
De ahí que se pueda combinar la intervención rusa en Siria y este de Ucrania, con la anexión de un día para el otro de Crimea, las maniobras militares intimidatorias en el este europeo, cerca de las fronteras de la Unión, al mismo tiempo que se tienen constancia de ciberataques directos sobre las pequeñas repúblicas bálticas independientes, o el apoyo en campaña electoral, mediante distribución  de mensajes falseados o posverdaderos, para contribuir a la victoria del candidato Trump en la Casa Blanca, impulsar a Marine Le pen para llegar a la segunda vuelta de las presidenciales francesas o ayudar a difundir el mensaje de Alternativa para Alemania (Afd), que se ha convertido en el principal partido de oposición a Ángela Merkel, «presidenta de facto» de una Europa más inestable que nunca.

Si hoy en día Rusia actúa en todos los frentes mediante los instrumentos oportunos que posee a su alcance, es lógico que apueste por la estabilidad en Oriente Medio al mismo tiempo que responde y se aprovecha de la inoperancia de antiguos países decisivos como son Francia, Alemania o Reino Unido, para citar casos que nos son próximos. Se puede afirmar que «a río revuelto, Rusia sabe pescar más que bien», y no es precisamente desde hace pocos años. 
Si Donald Trump defiende ahora la integridad territorial del Estado Español, obligado a pronunciarse por la visita del presidente Rajoy, aunque dude en el fondo del resultado del «Procés Català», resulta lógico pensar también que Rusia observe en mayor o menor medida todo lo que ocurre en nuestro espacio vital peninsular. Ya se ha hablado pues de la posible intromisión rusa en nuestros asuntos internos, vamos a ver próximamente hasta qué punto se confirma o se acentúa.

Entenderemos entonces al mismo tiempo hasta qué punto el tema de la convocatoria de un referéndum para decidir sobre la posible independencia de Catalunya resulta relevante para los policy makers de un mundo global.

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