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Sacerdotes de Greenpeace

A los defensores de las ballenas no parece preocuparles tanto las personas

Juan Carlos Viloria

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La carta abierta de un centenar de científicos, la mayoría de ellos premios Nobel acusando a Greenpeace de mantener una campaña irracional contra los transgénicos ha puesto en la picota a la influyente ONG medioambiental. En la picota porque denuncia la utilización de las emociones sociales y los dogmas de inspiración naturalista en contraposición con los datos científicamente probados que avalan la seguridad de los transgénicos como cualquier otro alimento. Los Nobel denuncian a los sacerdotes de la nueva ‘religión’ por mantener sus axiomas aunque en el camino perjudiquen el futuro de millones de personas que mueren de desnutrición.

Esa obcecación de la organización ambientalista contra los alimentos de origen transgénicos y en especial el arroz dorado impide la extensión del cultivo de uno de los tres alimentos básicos, con el trigo y el maíz, en la alimentación de la humanidad. Y deja sin recursos nutritivos a 250 millones de niños que sufren la carencia de vitamina A que provoca ceguera. A los grandes defensores de las ballenas no parecen preocuparles tanto las personas. Pero más allá del debate sobre los alimentos genéticamente modificados me impresiona el poder y la influencia que están alcanzando los predicadores de la nueva religión laica que adora ídolos del mundo animal y que ha elevado a divinidad a la madre naturaleza. Ellos han conseguido que solo invocar la palabra transgénico se provoque la desconfianza mientras la caza de una ballena se considera un crimen contra la humanidad.

Entre el agujero de ozono, las especies en vías de extinción, la desertificación del planeta, la contaminación de los mares, el agotamiento de la pesca o la desaparición del oso de los Pirineos, no damos abasto a digerir toda la angustia que nos infiltran. El mensaje del arcoíris es que el hombre moderno se carga la tierra con sus avances tecnológicos perpetrados por grandes empresas que únicamente buscan su beneficio. Así que la imagen de un pobre cormorán tiznado de petróleo en un telediario es un aliado inestimable que sirve para todo; para causas respetables y para campañas intoxicadoras. Toda religión pivota sobre la culpa, el pecado, y la salvación. Y la nueva religión ambientalista de moda no podía ser menos. Propone la salvación del planeta como fin último, el pecado y el pecador lo deciden sus sacerdotes no gubernamentales y la culpa la tenemos todos los humanos por comer pescado, arroz, carne de vaca o tomates injertados. Solo ellos nos pueden perdonar si no tenemos placas solares en el tejado o pedimos tataky de atún en el restaurante. La penitencia, el precio del perdón, es que nadie debe cuestionar su ‘iglesia’ ni a sus vicarios naturistas que, por supuesto, son los poseedores de la verdad. No se trata de regatear a Greenpeace su aportación a la lucha por el medioambiente pero si es preciso poner en cuestión el absolutismo ambientalista por el que a veces derrapan.

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