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Costa A galeras a remar

Salou, Cambrils y su... ¿bastardo?

¿Jaume I el Conquistador era realmente hijo del Rey Pedro II? Juzguen ustedes mismos, pero el final fue muy sospechoso

Francesc Torrente, restaurador y periodista

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Francesc Torrente, restaurador y periodista. FOTO: DT

Francesc Torrente, restaurador y periodista. FOTO: DT

Pasear por las vacías playas de Cambrils y Salou en días fríos tiene un bucólico no se qué, que hace las delicias de posturitas instagramers e influencers, inundando nuestros muros de puestas de sol y gaviotas al vuelo en un fondo postal digno del salvapantallas de Windows. Que conste que el paisaje es bonito, aunque yo prefiero la imagen de la playa atiborrada de gente y los cajones de los empresarios llenos, porque de ese agua bebemos todos.

Volviendo al tema de nuestras playas, hubo uno de Montpellier que les dio otro uso. Me refiero al rey Jaime I el Conquistador, usándolas para iniciar la conquista de la isla de Mallorca. Imagínense el percal, donde hoy hay chiringuitos y toldos hace ochocientos años había más de ciento cincuenta naves y más de dieciséis mil soldados dispuestos a dar muerte al musulmán. Esta historia es bastante conocida por las gentes de Cambrils y Salou, de hecho nuestros gobernantes locales les pusieron el nombre del conquistador a dos de sus vías principales, pero ese no es el tema que despierta mi curiosidad, sino más bien el origen del rey Jaime y mis sospechas infundadas de si su origen podría ser bastardo o no.

El Passeig Jaume I y la estatua dedicada al conquistador, en Salou. FOTO: Alfredo González

Los bastardos siempre han despertado cierta simpatía en mí, les ha tocado jugar con las peores cartas de la baraja, no lo tenían suficientemente jodido con malvivir en la calle sino que también eran estigmatizados por los poderes fatuos. En la antigua Grecia eran vendidos como esclavos, en Roma se les negaba el alimento, en el Deuteronomio del Antiguo Testamento sin ir más lejos se les niega entrar en la ‘asamblea del Señor hasta la décima generación’.

Es decir, si usted es descendiente de una cana al aire acaecida en los últimos doscientos cincuenta años no tendría derecho a gozar de las mieles del cielo. Pese a ello la historia nos brinda grandes bastardos: los fundadores de Roma sin ir más lejos, Rómulo y Remo; Carlos Martel, creador de la dinastía Carolingia y abuelo de Carlomagno, Guillermo I El Conquistador; Erasmo de Rotterdam, Francisco Pizarro ¡incluso Leonardo Da Vinci era bastardo! Pero vamos al tema que nos ocupa, ¿el Conquistador era realmente hijo del Rey Pedro II? De sugerir tal cosa hace ochocientos años me mandaban a galeras a remar, a día de hoy como mucho me llevaré alguna crítica en facebook, pero en fin, expongo los hechos y juzguen ustedes.

Pedro II Rey de Aragón y Conde de Barcelona se casó con María de Montpellier, heredera de este rico señorío y enclave estratégico. Parece ser que Pedro se arrepintió rápido de este matrimonio repudiando a la pobre reina sin llegar a tocarla ni con un mísero palo. María pasaba el tiempo en Montpellier marchitándose mientras el rey tenía más amoríos que Julio Iglesias. Los prohombres de Montpellier veían con preocupación la película ya que la falta de heredero era malo para el negocio, con lo que idearon un plan rocambolesco. Pedro se había encaprichado de una dama de Montpellier famosa por su belleza. Guillén de Alcalá, un rico aragonés cercano al rey y cómplice de los de Montpellier, usó el pretexto de que ésta estaba en Miraval para desplazar el rey hasta la ciudad de la Provenza francesa. Allí aguardaba la dama, pero ¡sorpresa! también pasaba por allí la reina. Esa noche, previa ingesta de alcohol, le susurraron al monarca que la dama esperaba en su alcoba ya desnuda dispuesta a darlo todo por Aragón, pero quien aguardaba a oscuras en verdad era la reina María.

Pedro entró a la cámara medio bebido, lo que pasó allí esa noche se lo dejamos a las paredes del castillo de Miravel, pero... ¡pam! La primera en la frente! ¡Más puntería que las palomas al cagar!

Al salir el sol entraron en la habitación los doce cónsules de Montpellier, diez caballeros, doce dueñas honradas, doce doncellas, dos notarios, el oficial del obispo, dos canónigos y cuatro buenos religiosos, todos ellos con cirios en la mano cantando alabanzas. 
Vean la carátula de esta película, el pobre Pedro se despierta medio resacoso con la estampa de su alcoba más concurrida que la boda de Lolita Flores, se da la vuelta y en lugar de ver a una de las mujeres más hermosas del reino se encuentra a su mujer. Vamos, todo lo contrario a una fantasía erótica.

Los prohombres de Montpellier le preguntan al rey si reconoce a su esposa como la persona que yace en su lecho a la vez que proclaman que la ha embarazado. Dicen que Pedro sin vestirse apenas salió de la alcoba, montó su caballo y puso pies en polvorosa quedándose cortos todos los caminos de Aragón, mientras que las campanas de la ciudad anunciaban misas por el embarazo de María. En definitiva, el final muy sospechoso, ¿verdad? 
 

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