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Cuando escucho la frase «...ha venido para quedarse», no puedo evitar sonreír con cierta sorna

Salvador Martínez

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Salvador Martínez, consultor en organización, cambio cultural y personas

Salvador Martínez, consultor en organización, cambio cultural y personas

Anda el patio revuelto con la operación retorno… al trabajo presencial: una parte deseosa de mantener la libertad de organizar su propio tiempo, pero también con la inquietud de no pocos profesionales que no han acabado de adaptarse al mundo virtual. Y eso que no faltaba quien lo pintaba, no hace de ello muchos meses, como el nuevo edén laboral.

Cuando escucho la frase: «…ha venido para quedarse», no puedo evitar sonreír con cierta sorna, pues a ciencia cierta nadie sabe lo que pasará en el futuro. La ventaja de sacar la bola de cristal es que, hasta que llegue el momento de comprobar si la predicción fue acertada, pasará tanto tiempo que habremos olvidado quién hizo de Oráculo de Delfos. Para el ser humano, la incertidumbre del futuro siempre provocó tanto desasosiego como pesadumbre en otras ocasiones.

Pues bien, corren malos tiempos para el teletrabajo (que cantarían hoy los vigueses Golpes Bajos) a tenor de las noticias que nos llegan de grandes empresas tecnológicas, y es que en casa de herrero… ya sabemos de qué material son las cucharas. Y si los Google de turno han tocado a rebato para que sus huestes vuelvan a palacio (léase sedes y oficinas corporativas), el resto de mortales ya le vemos las orejas al lobo de la presencialidad. Dice el acervo popular: «Más labra el dueño mirando que dos yuntas labrando», cuya traducción libre adaptada a nuestros días podría ser: «Más produce la dirección mirando que la plantilla tecleando desde casa».

¿Qué ha pasado para perder la fe en el trabajo a distancia? Las empresas esgrimen diversos motivos, algunos más confesables que otros, pero subyace la idea de que la falta de contacto físico ha provocado una desaceleración de aspectos emocionales que, aun difíciles de medir, tienen un impacto innegable en los resultados de las compañías. Cuando las personas se sumergen en sus propias tareas, aisladas del resto de miembros del equipo, tienen más dificultades para encontrar el sentido de su trabajo. Esto incide negativamente en el saludable orgullo de pertenencia a un colectivo, y este desenganche emocional pone en peligro el compromiso con los valores corporativos.  

Por otro lado, seríamos cándidos si no identificáramos un factor que está pesando como una losa: en general, la línea de mando se encuentra incómoda con las nuevas circunstancias provocadas por la pandemia. Es obvio que se requieren capacidades diferentes para liderar a distancia, tales como mantener al  equipo unido, establecer indicadores de rendimiento y supervisar sin necesidad de castigar a tu gente con un montón de horas a la semana en reuniones interminables de plasma.

Al menos las presenciales nos permitían las conversaciones de café, aquel momento en que la conexión física entre personas propicia más acercamientos y soluciones que las tediosas e improductivas videoconferencias.

A este paso vamos a matar una gran oportunidad para conjugar mejor el tiempo de trabajo con el personal y familiar. Tal como sucede a menudo, en el término medio está la virtud. Ni el trabajo a distancia es la panacea que había de hacernos libres, creativos y felices, ni tampoco el cuerpo poseído por un demonio al que hay que exorcizar.

No sé por qué todo este asunto me recuerda la historia de aquel cuartel militar en el que un oficial se dañó al caer de una bicicleta; la respuesta de los conspicuos y cabales mandos militares ante tamaña insolencia del velocípedo fue drástica: la bicicleta fue declarada culpable y arrestada sine die.

Salvador Martínez es consultor en organización, cambio cultural y personas.

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