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Se levanta la veda: ¿para quién?

La cuestión es si la actividad de los cazadores es una intromisión perjudicial para el resto de la sociedad

Juan Ramón Ortega

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Se levanta la veda: ¿para quién?

Se levanta la veda: ¿para quién?

 

En estos días los cazadores están sacando brillo a las armas. Pronto se abrirá la veda. Están alborozados como si fueran a venir los Reyes Magos. Sin embargo, a pesar del somnoliento agosto, es el momento en el que se recrudece la polémica sobre si caza sí o caza no, y en qué condiciones.
Ni la Federación Española de Caza ni el Ministerio de Medio Ambiente me han sabido decir cuántas licencias de caza hay en nuestro país porque está cedida esta competencia a las comunidades autónomas. Siempre se ha hablado de un millón, pero depende de quién lo diga ese número desciende o aumenta. Cuando interesa, se exagera, y las cifras económicas que mueven se magnifican o reducen conforme a los intereses de los pro o de los contrarios. Según el INE, ese millón cien mil cazadores sería la cifra del año 2000 (en Cataluña algo menos de cien mil y en la provincia de Tarragona unos diecinueve mil). En 2010 estaría en 895.870 (Fuente: FEDENCA). Y desde entonces ha seguido descendiendo. En todo caso, los que no cazamos somos muchísimos más, seamos indiferentes a esta actividad, tibios o contrarios. Tampoco los cazadores son un bloque y habría muchos que estarían de acuerdo con lo que voy a exponer.
Se dice que cazar encauza la agresividad que llevamos dentro. Me parece de sentido común que en una sociedad plagada de tensiones, pero que pretende ser civilizada, la mejor manera de solucionarlas es resolviendo conflictos. Aunque a menudo tenemos la sensación de que no está claro que eso interese, sino que se promueven rivalidades y se camuflan los problemas desviándonos hacia otros alejados de sus intereses.
Sea como fuere, los cazadores piden respeto por el derecho a practicar su afición. La cuestión es si su actividad es una intromisión perjudicial para el resto de la sociedad. Según un muy reciente estudio, «el 99% del territorio español está a menos de 10 kilómetros de una carretera, alguna vía férrea u otra construcción humana similar. […] Media España está a 869 metros de una carretera o a 1,6 Km de otra construcción humana». Para constatar esto no hay más que viajar en avión. ¿O no ha observado que cada vez más los animales que aparecen en los documentales televisivos de sobremesa deambulan sobre caminos humanos y no sobre senderos naturales? Pues si tiene la oportunidad de viajar a esos sitios, comprobará que en directo la erosión es todavía bastante peor. Lo que están filmando son supuestamente paisajes idílicos.
La ley base vigente que regula la actividad cinegética es de 1970. Desde entonces no sólo hemos pasado de la Dictadura a una democracia, sino que después de 46 años han cambiado radicalmente las sensibilidades y los gustos de muchos, que tienden al esparcimiento lúdico, al disfrute de la naturaleza, a actividades al aire libre y a la defensa y valorización de los animales domésticos y silvestres. También ha aumentado la presión demográfica y la movilidad de los ciudadanos. Con lo que encontramos que se caza en la puerta de casa, y no es una exageración ya que se aplican las distancias legales de protección de manera muy traída por los pelos. Frente a ello, el actual gobierno lo solucionó con una norma estrafalaria que permite el cortar los caminos, muchos inmemoriales, conculcando el derecho básico y consuetudinario de libre circulación.
Ahora empieza para los veraneantes y para los que vivimos en el medio rural, si es que se puede llamar así, el levantarnos oyendo tiros, el no poder disfrutar de los paseos, el encontrarnos palomas erráticas y heridas y, además, se observa el cambio de los hábitos de las aves. Tal como las torcaces, que se están volviendo urbanas como sus parientes domésticas. Es decir, que se está creando un problema, en lugar de la cacareada selección y limitación del exceso de aves. Al igual que la caza mayor no elimina a los machos viejos, sino a los que están en su apogeo, como van demostrando las leyes genéticas.
Estamos en lo de siempre. Ningún responsable político quiere perder votos para poner al día una ley que claramente lo necesita, y con esa actualización, evitar que lugares de esparcimiento sigan siendo polígonos de tiro regulados por una legislación impropia, que considera a la fauna como objetos en función de ser cazados. Y en este asunto también tendrían algo que decir las autoridades locales para que se aplicara con sensatez la normativa vigente antes de que haya un accidente, que no sería uno de tantos de los que ocurren en las cacerías. Sobre cuarenta y cuatro muertos al año, la mitad por disparos, e incontables heridos.

En estos días los cazadores están sacando brillo a las armas. Pronto se abrirá la veda. Están alborozados como si fueran a venir los Reyes Magos. Sin embargo, a pesar del somnoliento agosto, es el momento en el que se recrudece la polémica sobre si caza sí o caza no, y en qué condiciones.

Ni la Federación Española de Caza ni el Ministerio de Medio Ambiente me han sabido decir cuántas licencias de caza hay en nuestro país porque está cedida esta competencia a las comunidades autónomas. Siempre se ha hablado de un millón, pero depende de quién lo diga ese número desciende o aumenta. Cuando interesa, se exagera, y las cifras económicas que mueven se magnifican o reducen conforme a los intereses de los pro o de los contrarios. Según el INE, ese millón cien mil cazadores sería la cifra del año 2000 (en Cataluña algo menos de cien mil y en la provincia de Tarragona unos diecinueve mil). En 2010 estaría en 895.870 (Fuente: FEDENCA). Y desde entonces ha seguido descendiendo. En todo caso, los que no cazamos somos muchísimos más, seamos indiferentes a esta actividad, tibios o contrarios. Tampoco los cazadores son un bloque y habría muchos que estarían de acuerdo con lo que voy a exponer.

Se dice que cazar encauza la agresividad que llevamos dentro. Me parece de sentido común que en una sociedad plagada de tensiones, pero que pretende ser civilizada, la mejor manera de solucionarlas es resolviendo conflictos. Aunque a menudo tenemos la sensación de que no está claro que eso interese, sino que se promueven rivalidades y se camuflan los problemas desviándonos hacia otros alejados de sus intereses.

Sea como fuere, los cazadores piden respeto por el derecho a practicar su afición. La cuestión es si su actividad es una intromisión perjudicial para el resto de la sociedad. Según un muy reciente estudio, «el 99% del territorio español está a menos de 10 kilómetros de una carretera, alguna vía férrea u otra construcción humana similar. […] Media España está a 869 metros de una carretera o a 1,6 Km de otra construcción humana». Para constatar esto no hay más que viajar en avión. ¿O no ha observado que cada vez más los animales que aparecen en los documentales televisivos de sobremesa deambulan sobre caminos humanos y no sobre senderos naturales? Pues si tiene la oportunidad de viajar a esos sitios, comprobará que en directo la erosión es todavía bastante peor. Lo que están filmando son supuestamente paisajes idílicos.

La ley base vigente que regula la actividad cinegética es de 1970. Desde entonces no sólo hemos pasado de la Dictadura a una democracia, sino que después de 46 años han cambiado radicalmente las sensibilidades y los gustos de muchos, que tienden al esparcimiento lúdico, al disfrute de la naturaleza, a actividades al aire libre y a la defensa y valorización de los animales domésticos y silvestres. También ha aumentado la presión demográfica y la movilidad de los ciudadanos. Con lo que encontramos que se caza en la puerta de casa, y no es una exageración ya que se aplican las distancias legales de protección de manera muy traída por los pelos. Frente a ello, el actual gobierno lo solucionó con una norma estrafalaria que permite el cortar los caminos, muchos inmemoriales, conculcando el derecho básico y consuetudinario de libre circulación.

Ahora empieza para los veraneantes y para los que vivimos en el medio rural, si es que se puede llamar así, el levantarnos oyendo tiros, el no poder disfrutar de los paseos, el encontrarnos palomas erráticas y heridas y, además, se observa el cambio de los hábitos de las aves. Tal como las torcaces, que se están volviendo urbanas como sus parientes domésticas. Es decir, que se está creando un problema, en lugar de la cacareada selección y limitación del exceso de aves. Al igual que la caza mayor no elimina a los machos viejos, sino a los que están en su apogeo, como van demostrando las leyes genéticas.

Estamos en lo de siempre. Ningún responsable político quiere perder votos para poner al día una ley que claramente lo necesita, y con esa actualización, evitar que lugares de esparcimiento sigan siendo polígonos de tiro regulados por una legislación impropia, que considera a la fauna como objetos en función de ser cazados. Y en este asunto también tendrían algo que decir las autoridades locales para que se aplicara con sensatez la normativa vigente antes de que haya un accidente, que no sería uno de tantos de los que ocurren en las cacerías. Sobre cuarenta y cuatro muertos al año, la mitad por disparos, e incontables heridos.

 

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