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Serendipias

Esta semana Mene Pangalos, vicepresidente ejecutivo de AstraZeneca ha reconocido que el aumento en la eficacia de su producto del 70% al 90% se produjo gracias a una casualidad, tras haber inyec-tado una dosis equivocada a un grupo de voluntarios
 

Dánel Arzamendi Balerdi

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Dánel Arzamendi

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Horace Walpole, IV conde de Orford, fue un conocido político, escritor y arquitecto inglés del siglo XVIII. Primo de Lord Nelson, su vida respondió al arquetipo de noble intelectual británico: se educó en Eton, estudió en el King’s College de Cambridge, viajó por toda Europa con el poeta Thomas Gray, fomentó una imagen ambigua sobre su sexualidad, fue miembro del Parlamento de Westminster, y se le considera el precursor de la novela gótica, gracias a su obra El castillo de Otranto. En cierta ocasión, mientras comentaba el cuento oriental Los tres príncipes de Serendip (antiguo nombre persa de Sri Lanka), quienes siempre estaban «haciendo descubrimientos accidentales y sagaces de cosas que no buscaban», tuvo el acierto de inventar la palabra «serendipity», un término que ya ha sido exportado a la mayoría de lenguas del planeta. Actualmente, la RAE define serendipia como un «hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual».

Hay quien ha considerado innecesaria la adopción de esta palabra, al identificarla con la más castiza «chiripa». Sin duda, nos encontramos ante dos términos próximos, pero puestos a matizar, probablemente se trata de una sinonimia inexacta. En efecto, el concepto creado por Walpole presupone una actitud previa de búsqueda, cosa que no sucede necesariamente en un descubrimiento de chiripa. En este sentido, podríamos decir que una serendipia se produce cuando una persona, que ya estaba buscando, encuentra algo significativo que no esperaba. Es un hallazgo activo, no espontáneo, aunque imprevisto.

Bienvenidos sean todos estos golpes de fortuna, aunque recordemos que la serendipia favorece siempre a aquellos que ya estaban buscando. Como decía Pablo Picasso, «la inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando»

Por este mismo motivo, no debe confundirse esta idea con la mera inspiración casual. Por ejemplo, algunos autores -desde mi punto de vista, equivocadamente- consideran un ejemplo de serendipia la invención de un producto con el que todos estamos familiarizados. Debemos retrotraernos a principios del siglo XX para encontrar a George de Mestral, un anónimo ingeniero suizo que trabajó durante años en un comercio de maquinaria, y que disfrutaba de sus ratos libres caminando con su perro por las montañas cercanas. El bueno de George, aparentemente condenado a vivir una existencia anodina en Nyon, siempre mostró una intensa vocación creativa, que desplegó sus capacidades al observar la forma en que los cardos se enganchaban en el pelo de su mascota durante sus paseos campestres. Fue entonces cuando decidió analizar estas semillas bajo el microscopio, con el objetivo de reproducir este fenómeno artificialmente. Y así fue como desarrolló un innovador sistema de cierre, compuesto por una tira con ganchos diminutos, que se acoplaba a otro tejido con bucles. Este invento genial convirtió a Mestral en multimillonario. Lo bautizó combinando dos palabras francesas, «velours» (terciopelo) y «crochet» (gancho): el velcro.

Probablemente, tal y como destacó Umberto Eco, el paradigma estricto de la serendipia se produjo durante el primer viaje de Cristóbal Colón a las Indias. El genovés logró el apoyo de los Reyes Católicos para explorar una travesía más corta hacia las costas asiáticas, navegando hacia el oeste en vez de hacia el este, como se había hecho hasta la fecha. Antes de partir, el marino firmó con los monarcas las Capitulaciones de Santa Fe, el 17 de abril de 1492, que otorgaban a Colón los títulos de almirante, virrey y gobernador general de todos los territorios que descubriera, así como el 10% de todas las mercaderías que hallase, ganase y hubiese en los lugares conquistados. Sin embargo, aquella osada expedición de búsqueda se tropezó de forma imprevista con un hallazgo sorprendente, que resultó ser el Nuevo Mundo. Fruto de aquel descubrimiento casual, todavía hoy seguimos llamando indios a los nativos americanos. Y esa serendipia fue de tal calibre que Isabel y

Fernando decidieron obviar el contrato firmado con Colón, que probablemente lo habría convertido en uno de los hombres más ricos y poderosos de la historia de la humanidad.

El mundo científico ha ofrecido muchos ejemplos de este fenómeno. Por ejemplo, en 1870, John Wesley Hyatt estaba trabajando en un nuevo producto que sustituyera al marfil en la fabricación de bolas de billar, mediante una combinación de serrín y papel con cola. Un día, mientras estudiaba este nuevo compuesto, se produjo un corte en un dedo, y volcó involuntariamente sobre la mezcla un frasco de colodión de su botiquín, produciendo una capa de nitrocelulosa en su escritorio. Sin pretenderlo, Hyatt acababa de inventar el celuloide. Algo parecido le sucedió a Alexander Fleming, al volver a su laboratorio del hospital St. Mary, tras las vacaciones del verano de 1928. En una de las placas de Petri que había olvidado limpiar, descubrió un pequeño halo que inhibía el crecimiento de la bacteria Staphylococcus aureus. Por lo visto, este fenómeno se debía a un producto generado por un hongo de la familia Penicillium, por lo que bautizó esta sustancia con el nombre de penicilina. Situaciones similares vivieron también Roy J. Plunkett, con la invención del teflón (cuando sufrió un fallo en un experimento sobre productos refrigerantes) y Osamu Shimomura, al descubrir la proteína verde fluorescente GFP5 (cuyo desarrollo le valió el premio Nobel de Química en 2008).

Afortunadamente, las serendipias siguen colaborando en nuestro progreso científico. Esta misma semana, Mene Pangalos, vicepresidente ejecutivo de AstraZeneca (la empresa británica que desarrolla la vacuna contra el coronavirus junto a la Universidad de Oxford) ha reconocido que el aumento en la eficacia de su producto del 70% al 90% se produjo gracias a una casualidad, tras haber inyectado una dosis equivocada a un grupo de voluntarios. Bienvenidos sean todos estos golpes de fortuna, aunque recordemos que la serendipia favorece siempre a aquellos que ya estaban buscando. Como decía Pablo Picasso, «la inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando».

*Dánel Arzamendi Balerdi. Colaborador de Opinió del ‘Diari’ desde hace más de una década, ha publicado numerosos artículos en diversos medios, colabora como tertuliano en Onda Cero Tarragona, y es autor de la novela ‘A la luz de la noche’.

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