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Sexo y púlpito

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¿Son los hijos una de las cosas más importantes de la vida? ¿Es importante también el sexo? ¿Está por la igualdad hombre-mujer? Buena parte de los ciudadanos contestaría afirmativamente este hipotético cuestionario. Es obvio, dirían, puro sentido común, algo perteneciente a la naturaleza de las cosas. Sin embargo, existe un colectivo humano –el de los sacerdotes y religiosos católicos– que, pese a su enorme influencia en nuestra sociedad, tiene proscritos estos principios.

El celibato no formó parte de la doctrina de Jesucristo. Fue impuesto por el Vaticano en el Concilio de Trento en el siglo XVI (las cosas no suelen ser casuales, sino causales). Y así continúa, cuatro siglos largos después. El celibato significa soltería, aunque no prohíbe explícitamente el sexo ni es sinónimo de abstención sexual. Pero como la doctrina eclesiástica condena las relaciones sexuales fuera del matrimonio, el célibe, de facto, tiene vedado el sexo y, por tanto, tener hijos.

Con el celibato se evitaba a los curas las cargas derivadas de la vida matrimonial y familiar, propiciando así su plena y absoluta dedicación a la Iglesia. Hay quien sostiene que la prohibición de casarse se mantiene en la actualidad porque su abolición obligaría a subirles el sueldo para atender a sus familias. Sin embargo, los apóstoles estaban casados. Y varios papas, también (San Pedro, Adriano II, Clemente IV…), o bien tuvieron hijos (Alejandro VI, Clemente VII, Pablo III, Pío IV, Gregorio XIII…).

Por otro lado, el no acceso de la mujer al sacerdocio tiene que ver, sin duda, con el rol secundario que históricamente le ha otorgado la Iglesia. Fruto, quizá, de una ideología un tanto machista. Las funciones más elevadas eran para los hombres, en tanto que las mujeres debían conformarse con tareas menores. Tanto es así que desde María –hace dos mil años– ninguna mujer ha estado situada en la cúspide de la pirámide eclesial ni ha tenido un mínimo de autoridad. Como máximo, monjas, y para de contar.

La trilogía no hijos, no sexo, no acceso de la mujer al sacerdocio tiene unas consecuencias brutales para el colectivo eclesial. Priva a sus miembros de potencialidades tan vitales y naturales como tener hijos y sexo, obligándoles a un sacrificio innecesario. Algo que si se aplicara al resto de los ciudadanos provocaría una revolución social. Vulnera el principio de igualdad al impedir a la mujer acceder al sacerdocio como los hombres. Y está produciendo una desbandada descomunal de eclesiásticos, hasta el punto que, desde la década de los setenta, se han casado 8.000 de ellos, que puestos en la encrucijada corazón o púlpito, optaron por el primero.

Valga decir, para tomar conciencia de las dimensiones del agujero, que en España hay en la actualidad cerca de 27.000 sacerdotes y religiosos.

Por mucho que lo diga la tradición de cuatro siglos, no tiene sentido mantener esta arcaica y frustrante situación para miles de seres humanos. Nuestra sociedad ha evolucionado y no vería mal que los curas se casaran, como no se rasgó las vestiduras con la legalización del matrimonio homosexual. Una encuesta realizada en Alemania hace un par de años mostró que el 85% de los católicos son partidarios de que los sacerdotes se casen, y el 75%, de que las mujeres puedan ordenarse. Durante los últimos años he frecuentado círculos de la Iglesia Luterana en Alemania y he podido comprobar una realidad para nosotros llamativa: la dualidad pastores y pastoras, que incluso interactúan con los ciudadanos acompañados de sus hijos. Y parece la cosa más normal y natural del mundo.

Últimamente algún que otro papa se ha mostrado proclive a dar un nuevo rumbo a la Iglesia. Juan Pablo II llegó a reconocer que la abolición del celibato acabaría siendo inevitable… pero no permitió que fuese durante su mandato. El papa Francisco dijo el año pasado que «el celibato no es un dogma y la puerta está abierta siempre». Y hace un par de años afirmó que «es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia».

Hoy se da un escenario ideal para abordar estas cuestiones: un Papa justo y con autoridad; una primavera vaticana iniciada cuando él tomó posesión; y una sociedad abierta que vería con buenos ojos el cambio. Un cóctel, en fin, para acabar con una situación absurda, que remediaría a la vez la escasez de sacerdotes y la sangría de vocaciones.

No soy de la cuerda del papa Francisco, pero si acaba con esta absurda trilogía, le diré: «Chapeau, tocayo, por dejar entrar el aire fresco».

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