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Si te dicen que caí

La actitud de los políticos es vergonzosa. Aprovechan el filón sensacionalista y pierden la autoridad moral haciendo cálculos electorales

Juan Ballester

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Si te dicen que caí

Si te dicen que caí

Esta nochevieja hemos brindado para que terminara 2020 sin pensar si nuestro adversario también tomaba las uvas de la suerte. El número de heridos y muertos en acto de servicio supera los de las peores guerras, el virus se propaga mutando fuera de nuestro control. El enemigo tiene sus propios planes, caóticos e impredecibles, lo que, en El arte de la Guerra, Sun Tzu denomina «nuevas variables».

No hemos recibido entrenamiento ni estamos preparados. Al principio se veían soldados ayudando a una viejecita a llevar la compra, hospitales de campaña, camiones del ejército fumigando y a mandos militares compareciendo con las autoridades civiles. En la guerra hay que movilizar todos los efectivos para vencer, poniendo a los niños a coser las botas de los soldados.

En nuestra sociedad prevalece la conciencia individual sobre la colectiva. Muchos exigen vehementemente sus derechos, no hay espíritu de sacrificio como pedía Villarroya, el jefe del Estado Mayor de Defensa. En una contienda bélica, no deberíamos desesperar con el suplicio de cada contagio en la clase de sus hijos, o permitir que alguien de buena fe esté tres semanas con conjuntivitis, colaborando con el enemigo.

A la blandenguería se debe añadir la falta de un mando. El ímpetu de espíritu que convierte a los tímidos en valientes. Siempre según ese manual chino milenario, la comunicación no debería mantenernos en un estado de permanente zozobra que provoque histerismo, sino contrarrestar el devastador efecto psicológico causado por el adversario.

La actitud de los políticos es vergonzosa, el ministro de Sanidad gimotea cuando lo designan candidato las lágrimas que no derramó por sus subordinados. Les falta el gesto grave, aprovechan el filón sensacionalista, se escaquean de las responsabilidades del liderazgo y pierden la autoridad moral haciendo cálculos electorales. No fue hasta el final de la Primera Guerra Mundial cuando los europeos se enteraron de la magnitud de la manipulación de la que fueron víctimas.

El lunes se vacunó menos gente que se contagió, en el servicio militar desfilábamos en calzoncillos y dos soldados inoculaban tres vacunas a tres mil reclutas en una mañana con pistolas de aire comprimido. ¿Por qué no colas de 24 horas por siete días? El tiempo de inmunidad no se conoce, podría ser bastante limitado y cuando vacunen a los posteriores ya la habrán perdido los anteriores. Esta era la ocasión para que el maltrecho sistema capitalista pusiera a prueba y han incumplido su responsabilidad social corporativa que les obliga a cuidar el entorno en el que se enriquecen.

Parecía que los científicos se habían puesto codo con codo, podían haber donado las patentes a la humanidad, haberlas compartido con otros laboratorios acelerando la producción y distribución una vez conseguido el núcleo. En Rusia y China son estatales y tres veces más baratas que la de Pfizer y Moderna, mientras que en Occidente la vida sí tiene un precio, y los negocios siguen las normas del tantas veces repetido manual de Sun Tzu.

Si se confirma el estudio de bioRxiv y la vacuna no es efectiva contra la cepa amazónica o surafricana, las nuevas variables provocarán olas montañosas de contagios. Se baraja incluso atacar y, cuando estén vacunados los más vulnerables, permitir un contagio masivo del resto hasta alcanzar el contagio cero, caiga quien caiga, antes de que la cosa pueda ponerse peor.

En todas las trincheras se escucha una canción, como Lili Marlen, que levanta la moral y la tropa está grabando un Tik Tok, la nueva red social que ha superado a Facebook, Instagram, YouTube y Snapchat. El reto es filmarse bailando Jerusalema, como el personal de vuelo de Austrian Airlines, el ejército de Ghana, las hermanas agustinas, los reclusos de Carupano o Chiriquí, los antidisturbios suizos o la Guardia Civil.

A pesar de ser una música festiva cantada en el idioma de los zulúes, Jerusalema eriza el vello invocando a la diosa Madre que aparece en el Génesis y la Apocalipsis, implorándole amparo. Su título no hace referencia a la ciudad santa, la de abajo, sino a la Jerusalén celestial, la de arriba de La epístola a los gálatas 4:26, la que nos hace libres.

El hit no se hizo viral hasta que unos jóvenes angoleños la bailaron sosteniendo un plato de comida. También los agotados sanitarios de la primera línea danzan para mostrarnos que hay esperanzas de vencer. Lo que no ha podido unir la ciencia ni la autoridad, lo ha logrado el arte. Este no es mi reino, repite; este no es mi mundo. Guárdanos.

El tío Sam nos ha llamado a filas, no somos población civil, todos estamos alistados. Desertar en tiempos de guerra, el último delito en España castigado con la pena capital, lo perpetran los cargos públicos y el susodicho Villarroya (¡por dios!), que se están vacunando mientras nuestros seres queridos lían el petate. Pues, ‘más hermoso es el soldado muerto, que el sano que huye’.

No hay trincheras ni casquetes ni las ráfagas de viento traen el hedor de los cadáveres.

Pero en esta zanja embarrada, una voz prende una hoguera cuyo crepitar ahuyenta las ratas y proporciona calor a esta noche gélida.

Da coraje pensar que, si le dicen a usted que yo caí o a mí, que usted cayó, nos saludemos con la mano derecha en la sien. Un honor haber servido a su lado.

Juan Ballester: Escritor y editor afincado en Tarragona, autor de obras como ‘El efecto Starlux’ y, más recientemente, ‘Ese otro que hay en ti’. Impulsor del premio literario Vuela la cometa.

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