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Si vive en pareja 'sin papeles' tiene un problema

El sistema 'sin papeles' es la forma más perversa de los dichosos papeles. Créanme
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Si usted vive en pareja, tiene un problema, aunque no lo sepa o no lo quiera saber. Puede que además también lo tenga su familia.

El problema no es de amores o de querencias, que también puede haberlo y grave, sino de otro tipo, porque damos por supuesto que su vida en pareja tiene los mismos problemas y complicaciones en el aspecto del amor y la convivencia que la vida de los cónyuges, y que usted puede ser feliz o infeliz en un estado o en otro.

En general tiende a pensarse que “convivir sin papeles” es más “progre” que el matrimonio; que “casarse es sólo un papel”, como se indicaba en un reportaje publicado hace unos días en el Diari; y que vivir en pareja sin más es un acto privado en el que nadie tiene que meterse porque sólo importa a sus integrantes. Me temo que si piensan de esta forma van algo desacertados, aunque no se sientan culpables, porque la inmensa mayoría lo piensa.

Si entendemos como “progre” lo que contraviene las convenciones sociales, lo que pretende ser distinto e innovador, lo contrario a “carca”; hoy en día, la convivencia en pareja es un estado más, como el estar viudo, soltero, célibe o divorciado, que se ha convertido en una situación absolutamente generalizada y admitida. Hoy lo “progre” en derecho de familia va por otros caminos, no sabemos si acertados o equivocados, pero en cualquier caso distintos, que requieren otras tribunas futuras.

Los convivientes en pareja y los cónyuges en nada se diferencian en este punto. Tanto una como otra situación se basa o debe basarse en el respeto y socorro mutuo, en la igualdad de derechos y obligaciones, y en “guardarse fidelidad” (no se rían, que no van los tiros por el sexo, sino por ser honestos con la pareja, que lo otro siempre es complicado). Ambas son comunidades de vida que se emprenden sin saber muy bien donde nos llevarán, sin que tengamos muy claro si no nos hemos equivocado; y que se rompen cuando dejan de existir, con o sin papeles.

Uno que se mueve entre papeles (y ahora que somos “progres”, soportes electrónicos, pdf, y otros adelantos de la técnica) comprende muy bien al común de los mortales que odia todo lo que se relacione con ellos. Mi relación con los papeles también es, les confieso, de odio y amor. Difícil relación.

Pero el odio es razonable. Los papeles nos complican la vida y hace que no podamos ser felices. El padrón nos sirve para votar (otro papel) y complicarnos la vida con los políticos. La declaración de renta para pagar impuestos (aunque nos engañen diciendo que nos devuelven dinero). El testamento para que todos en la familia acaben enfadados con nuestras voluntades y desheredaciones. La analítica para que veamos con claridad que nuestro colesterol y triglicéridos están por las nubes, en el mejor de los casos. El documento de préstamo hipotecario (y ahora con otros papeles como la Fiper y demás) para que no entendamos nada y nos endosen una deuda por los siglos de los siglos..

Si Dios nos condenó a algo cuando Adán comió la manzana es a tener, rellenar, firmar constantemente papeles; aunque empezamos tallando rocas para ir perfeccionando el sistema, luego nos pasamos a los papiros, pergaminos y otras sutilezas, y ahora hemos descubierto el soporte electrónico. Con un papel nacemos (el que certifica nuestro nacimiento) y con un papel morimos (aunque aquí vencemos porque nos vamos y le dejamos su recogida a nuestros deudos y acreedores).

Si pudiéramos encontrar una pareja, hacer el amor, convivir y ¡todo sin papeles¡ habremos vuelto al Paraíso.

Pero me temo que el Paraíso como el Shangri-La es un lugar fuera de nuestras existencias cotidianas. No les voy a calentar la cabeza con una enumeración de normas jurídicas, que las hay a montones. Sólo decirles que en los últimos años los diferentes legisladores, no sólo de España sino de otros países (el catalán fue uno de los primeros), han ideado un sistema para dotar a las “parejas de hecho” de un estatuto jurídico. Para que me entiendan, es como decirles “no se molesten en hacer papeles que se lo hago yo por ustedes”; que viene a ser (créanme) la forma más perversa de los dichosos papeles.

Y es aquí donde empieza el problema. Porque como no hemos firmado nada, no sabemos que ocurre o puede ocurrir, y desconocemos que la casa que es nuestra ya no la podemos vender sin contar con nuestra pareja; como también desconocemos que si decimos “¡se acabó, me voy¡” puede que nos pidan la camisa y algo más, y haya que darlo, aunque no hayamos firmado un solo papel.

Pero también es posible que nuestros progenitores tampoco sepan que la pareja del “fill” (“tan mona, pero...”) puede convertirse, por un azar del destino, en la propietaria de los bienes que han dado a su adorado hijo o que el heredará a su muerte. Y como la vida da tantas vueltas... vayan, por otro azar del destino, a un tercero que nada tenga que ver en el asunto. Y todo, sin los malditos papeles.

Así que sin darnos cuenta, hemos llegado por culpa de nuestros legisladores a la contradicción de tener que “hacer un papel” (otro más) que diga más o menos: “vivo en pareja, pero quiero ser libre y no quiero esto y esto y lo de más allá”. Pueden no hacerlo, y seguir pensando que viven libres en un mundo sin papeles, pero quizás en el fondo no sean más que unos desaprensivos...aunque, si me lo permiten, les comprendo.

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