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Silencio en las playas

Por lo visto, lo importante en nuestro litoral no es poder aparcar o eliminar la vía del tren. Lo importante es que no haya conciertos. Y los argumentos son aplastantes, claro

Francisco Montoya

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En la Platja Llarga no se pueden hacer conciertos ni actuaciones en directo. Ni tampoco aparcar. Foto: ACN

En la Platja Llarga no se pueden hacer conciertos ni actuaciones en directo. Ni tampoco aparcar. Foto: ACN

Como tenemos sobredosis de diversión, overbooking de actividad cultural y exceso de oferta de ocio, el Ayuntamiento ha decidido promulgar un decreto que prohíbe las actuaciones musicales en los chiringuitos –en realidad, me comentan que la política está siendo restrictiva en toda la ciudad, pero me resulta especialmente cómico en el caso de unos bares que sólo abren en verano y en la playa–. Sólo se les permite reproducir «música ambiental». Pero nada de actuaciones en directo con altavoces. No nos vayamos a atragantar. Por lo visto, dice el consistorio, en alguna ocasión dichas actuaciones habían provocado quejas de «usuarios y vecinos (sic)». ¡Vecinos!

Vecinos en la playa. En la playa de Tarragona. Como si existiera tal cosa. Como si no tuviéramos en esta bella ciudad una vía del tren que se encarga de ejercer de infame barrera entre nuestro litoral y la trama urbana. Vecinos en la playa, dice. Ojalá. Pero no. Para una pequeña ventaja que nos ofrece esta tropelía impresentable que es el trazado ferroviario prácticamente encima de la arena, y nos empeñamos en no aprovecharla.

‘Por su naturaleza’

Lo más divertido es el argumento que ofrece el propio decreto:como la Ley de Costas establece que «sólo se podrá permitir la ocupación del dominio público marítimo terrestre para aquellas actividades o instalaciones que, por su naturaleza, no puedan tener otra ubicación», no se autorizan actuaciones musicales. Y ya. La argumentación no profundiza más, no se vaya a pillar los dedos. Y, en efecto, una actuación musical en directo, por su naturaleza, puede tener otra ubicación. Ahí tiene razón.

Pero si nos agarramos a eso, también una paella, una caña o unas bravas pueden tener otra ubicación. El chiringuito en sí mismo estaría prohibido por la Ley de Costas, porque por su naturaleza (la de bar-restaurante) puede ubicarse en muchos otros sitios:no es imprescindible que esté sobre dominio público marítimo terrestre. Por no hablar de que, de ser esa la correcta interpretación, cientos de ayuntamientos –los que siguen permitiendo actuaciones musicales– estarían incumpliendo la Ley.

En resumen: los argumentos de la prohibición son tan simpáticos que, claro, los afectados no han tardado en presentar recursos. El problema es que andamos ya alcanzando agosto y me figuro que la celeridad del aparato administrativo no va a ser suficiente para resolverlo antes de que termine este verano. Así que, con suerte, podremos arreglar el asunto para 2017.

‘Se alinean los astros’

Estaría bien. Sería la guinda a un año en el que, según dijo el alcalde el martes, «se alinearán los astros». Se refiere Ballesteros a que el año que viene coincidirán (o está previsto que coincidan), y cito textualmente, «los Juegos Mediterráneos, Ferrari Land, el CRT, y la pasarela que unirá la ciudad con su frente marítimo». Si, para el alcalde, eso es que « se alineen los astros», imagínense si encima Adif nos arregla la estación, nos apañan el Joan XXIII, el Nàstic sube a Primera, o el Ayuntamiento levanta la prohibición de que los chiringuitos se busquen la vida con conciertos.

La pasarela del Balcó

Lo de la pasarela, bromas aparte, es buena noticia. Otra cosa es que sean migajas y que, parafraseando a Òmnium, en una ciudad normal no haría falta porque no tendríamos, siglo y pico después, a las vías del tren resquebrajando el litoral. Pero, dadas las circunstancias, que al menos vayamos a tener un paso elevado para conectar Balcó y Miracle supone cierta mejora. Además, al final será de «color piedra» en lugar de «azul Port» –¿sabían que eso es un color?–, por lo que apenas supondrá incordio en nuestra panorámica por excelencia.

Aparcar en la Llarga

Por cierto, que lo que sí podríamos arreglar en nuestras playas –y en eso no he oído que haya decreto en marcha– es lo del aparcamiento. Me llegan quejas de que en varias, sobre todo en la Llarga, es imposible hacerse un hueco, ni siquiera invocando a San Vicentín. «La paella que nos bajábamos a comer todos los veranos este año nos la comimos en casa porque es imposible aparcar», me decía el otro día una compañera de trabajo, (ex)usuaria de la Llarga. Total, que el restaurador –ese al que ya han prohibido las actuaciones en directo– se queda ahora sin una clienta. Que igual exagera –mi compañera, digo–, pero seguro que, puestos a coger el coche, más de uno opta ahora por irse a otra playa donde estacionar no sea utópico.

Cucarachas que emigran

Y no sé si seré yo, que estoy de suerte, pero este verano estoy detectando muchas menos cucarachas en el centro de Tarragona. Ocurre, no obstante, que (por lo que me cuentan)han emigrado a otros barrios: a la Avinguda Països Catalans, por ejemplo. Como si ese insecticida pionero que se ha aplicado en las zonas hasta ahora más castigadas fuera tan bueno que hubiera provocado un éxodo masivo Francolí arriba. Si es así, ya saben:a seguir echando espray de ese hasta que se vayan todavía más lejos y el problema sea de otro.

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