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Sin pactos pocos podrán gobernar

Pactar con el adversario siempre es difícil. Mirando elecciones futuras, todavía más
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Por primera vez en muchos años, la incógnita no es qué partido ganará las elecciones del 24 de mayo, sino quién pactará con quién. O, yendo más allá, si habrá suficiente capacidad de alcanzar acuerdos para gobernar ayuntamientos y comunidades autónomas, con mínimas garantías de estabilidad. Y es que, aunque no pocos celebran el probable final del bipartidismo imperfecto que ha dominado los últimos treinta años, también preocupa que un mapa político más fragmentado tenga como reverso riesgos o expectativas de ingobernabilidad. El acuerdo entre adversarios siempre resulta difícil y, aunque no demasiadas, no todas las experiencias de poder compartido han sido fructíferas y más de una ha acabado peor que bien.

De momento, casi todo se basa en encuestas, aunque hay que admitir que no son lo que eran, en términos de fiabilidad. Se acaba de constatar en Reino Unido, donde el empate técnico entre los dos grandes partidos, vaticinado hasta la víspera de las votaciones, ha devenido en victoria por mayoría absoluta de los conservadores y debacle de los laboristas, reforzando la posición del presuntamente controvertido David Cameron. Pero tampoco hace falta mirar tan lejos: las recientes elecciones andaluzas tampoco se resolvieron como pronosticaba la mayoría de sondeos, y los que se vienen difundiendo en las últimas semanas evidencian una elevada volatilidad de las preferencias de voto; perfectamente apreciable, si se comparan las dos últimas oleadas del Centro de Investigaciones Sociológicas (www.cis.es). Conviene, pues, añadir prudencia a cualquier deseo de anticipación: igual que se percibe la alta probabilidad de un nuevo escenario político, dista de estar clara la posición que ocupará cada cual.

La situación postelectoral en Andalucía es, sin duda, una referencia a tener en cuenta. Repetir los comicios autonómicos ha pasado de ser hipótesis a probabilidad. Toca valorarlo como muestra o anticipo de lo que puede acabar pasando en muchos de los ocho mil y pico ayuntamientos y trece comunidades autónomas llamados a las urnas dentro de dos semanas. No sólo –aunque también– por la dificultad intrínseca de conciliar posturas programáticas y protagonismos personales, sino por el cálculo que cada partido hace sobre cómo pueden afectar los pactos a sus expectativas electorales posteriores. Igual que ahora se ha negociado con la mirada fija en el próximo 24 de mayo, es más que probable que tras ese día se actúe pensando en situarse lo mejor posible cara a las elecciones generales previstas antes de que acabe el año.

Sin perjuicio de todo eso, la incógnita es si existe o no suficiente cultura de pacto en el panorama político actual. Los acuerdos para gobernar no son cosa insólita, pero en los últimos treinta años han sido más excepción que norma y buena parte de las experiencias no ha sido precisamente para recordar. Los más optimistas se suelen unir a los nostálgicos que apuestan por revivir el espíritu de la transición. Rescatan de aquel período la capacidad de concordia mostrada en asuntos tan comprometidos como los Pactos de la Moncloa o la elaboración de la Constitución. Echan en falta que no se reitere o reproduzca en asuntos cruciales e impere, en cambio, el cruce de invectivas, sin la menor concesión a compartir.

Por varias razones, cualquier paralelismo con el pasado está probablemente fuera de lugar. Lo que se cree hora en juego parece muy distinto de lo que se arriesgó tras el desplome biológico del franquismo, pero no es lo único que conviene considerar. Por una parte, los dos partidos que presumiblemente van a mantenerse más votados –PP y PSOE– andan de capa caída en términos electorales y –más importante– credibilidad política. Por otra, las fuerzas emergentes –Podemos y Ciudadanos– andan sumidas en una relativa y algo vacilante indefinición programática, más allá de una clara fijación para diferenciarse en prácticamente todo de los partidos clásicos. Recuperando el referente andaluz, han procurado marcar distancia con la aspirante socialista, en aras de no ver perjudicadas futuras expectativas electorales, básicamente fundamentadas en distinguirse del bien o mal llamado bipartidismo, o si se prefiere ‘la casta’. Y todo hace pensar que un cálculo igual o parecido dominará sus pasos en ayuntamientos y autonomías, a efectos de preservar el principal atributo que les otorga una parte relevante de la sociedad.

Sobran indicios de que anidan enormes y muy extendidas ganas de relevar a quienes hasta ahora han sido alternativamente mayoritarios, pero sondeos y previsiones sugieren que son todavía insuficientes para consumar la plena sustitución. El escenario más previsible sugiere, pues, que la disyuntiva para los ‘viejos’ será pactar entre ellos, para tratar de aislar a los emergentes, mientras que éstos habrán de decidir si siguen radicalmente distanciados de aquéllos o se avienen a gobernar con alguno y, en tal caso, con cuál. La estrategia que adopten podrá determinar buena parte de su futuro y, hagan lo que hagan, unos y otros es muy probable que no tengan más remedio que abjurar o desdecirse de partes notables de su discurso previo. Algunos tienen costumbre de hacerlo; en otros será novedad. Eso, o colocar a buena parte de autonomías y ayuntamientos en situación de bloqueo e ingobernabilidad.

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