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Sin que se note

El Gobierno central ve cómo pasan los días, cómo pasa el tiempo, y el suflé no ha bajado

J.Moya-Angeler

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Con una suavidad manifiesta, como respondiendo a la consigna de «hagámoslo sin que se note», en las filas del Partido Popular e incluso en las de Televisión Española, se está cambiando de actitud respecto al referéndum catalán.

En efecto, es del dominio público que actualmente TVE plantea el referéndum dando casi por hecho que se va a celebrar. «Puigdemont ha anunciado hoy la fecha del referéndum…» han dicho y repetido, cuando antes se decía «Puigdemont dice que anunciará la fecha del pretendido referéndum». Matices que deben ser tenidos en cuenta.

Al mismo tiempo, nos llega la noticia desde Madrid de que el PP está preparando una campaña a favor del «no» en este referéndum. Pedir el «no» es aceptar que la consulta podría realizarse. Y es lógico que así sea, porque cualquier análisis de la situación nos dice: Primero, si no hay referéndum, habrá elecciones y con ellas la victoria de Esquerra con un programa que tiene como punto fundamental proclamar la República catalana. Segundo: si hay referéndum, en el Partido Popular se piensa que hay atractivas probabilidades de ganarlo. En consecuencia, el PP se prepararía para hacer campaña por el «no» y desmontar así la consulta. Tiene su lógica.

Este cambio de estrategia supondría que el PP comienza a perder la rigidez monolítica exhibida hasta ahora, encerrado como estaba en su «no habrá referéndum» y temeroso de que finalmente si pueda haberlo. Temen que las estrategias catalanas puedan burlar la fuerza del poder central. Han comenzado a perder esa convicción de estar en posesión absoluta de la verdad y la razón y vislumbran que hay otras soluciones más allá de su particular «no pasarán». Cuando alguien proclama con contundencia este tipo de frases, es que oculta una debilidad interna notable. Abrirse a diferentes soluciones es más inteligente. 

Sin embargo, hay algo a lo que el PP, y especialmente su Gobierno central, les sitúa en posición perdedora: actúan reactivamente. La posición activa la ocupan los independentistas. Ellos llevan la iniciativa y desde el Gobierno se responde. En gestión de los conflictos –una asignatura que debiera ser obligatoria en las escuelas de negocios y de política– el proactivo, por el simple hecho de serlo, lleva ya una importante ventaja frente al reactivo, que siempre actúa a remolque de las iniciativas del otro y no tiene espacio creativo propio. Es un perdedor «avant la lettre».

Pero, aunque quisiera, el Gobierno no tiene posibilidades de ser proactivo. Lo ha intentado tímidamente haciendo promesas que, pasadas unas semanas, se ha comprobado que no se han llevado a cabo. Rajoy anunciando inversiones o alguno de sus ministros, incluso Sáenz de Santamaría haciendo lo mismo, no sólo no han conseguido lo que pretendían, sino que el tiempo ha puesto en su sitio sus palabras hasta ser calificadas de engaño. Aquí, lo único cierto es que Rajoy ha dado a los canarios más de doscientos millones para que le den un voto –¡un único voto!– para aprobar los Presupuestos y con el mismo fin han pagado a los vascos mil millones y pico con carácter retroactivo. Mientras, en Catalunya, los trenes de cercanías, los accesos a las grandes ciudades, la gestión de los aeropuertos y otras prometidas mejoras de gestión e inversión, siguen exactamente iguales.

Así las cosas, reaccionando a cada paso que da Puigdemont, el Gobierno parece no acertar excepto en su alud de amenazas y en su afán de despertar temores en Catalunya. Ignoran que hay un ejército de ciudadanos suficientemente preparados para substituir a los que se inhabiliten, y otros tantos para cuando se inhabiliten a éstos, y así sucesivamente. No agotarán los sustitutos de los sustitutos de los sustitutos. Así pasarán los días hasta el primero de octubre. 

Ignoran también el calendario de los independentistas que, tengo la impresión, marca que a partir de 4 de septiembre comenzará la verdadera «batalla» (será mucho más que una campaña) , que vivirá un crescendo hasta el mismo día 1 de octubre. Veinticinco días de fragor y actividad que han de decidir muchas cosas y, sobre todo, quién se ha salido con la suya, teniendo en cuenta tres factores decisivos: Primero, que el ochenta por ciento de la población catalana quiere un referéndum. Segundo: que la pugna se juega en terreno catalán, más conocido por el Govern que por el Gobierno. Y tercero: que los países vecinos callarán mientras no haya violencia, diciendo de momento lo que han de decir, que es un asunto interno de España. Pero cuando entren en juego intereses de la Unión Europea, ésta despertará y abrirá la veda internacional.

El Gobierno central ve cómo pasan los días, cómo hay un límite al borde del cual ya se está y, sobre todo, cómo ha pasado el tiempo, meses, años, y el soufflé no ha bajado. Y no sabe muy bien qué hacer, excepto dos cosas: enviar fiscales y tribunales y ser apocalíptico. Ignoro quién les aconseja, pero van mal, muy mal.

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