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Solo, enjaulado, ardiendo

Quizás en la mente del sádico, del fanático religioso, tampoco haya un 'porqué'
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El pasado 23 de diciembre el avión F-16 del teniente jordano Moaz al-Kasasbeh fue derribado en las cercanías de Raqqa (Siria), la capital de hecho del Estado Islámico (EI). El piloto fue capturado. Su avión integraba la coalición internacional que está realizando una campaña aérea contra las posiciones militares del EI.

El derribo de un avión en combate no es un hecho particularmente novedoso, y quizás tan solo merezca unas líneas en páginas interiores. La sorpresa, el impacto de la noticia, está en la ejecución del piloto, o, más exactamente, en el modo de ejecución del piloto, cuyos ecos reverberan en todas las conciencias.

Moaz al-Kasasbeh, una persona como usted o como yo, fue quemado vivo. Se le encerró en una jaula, se le impregnó de petróleo y, a modo de mecha, se prendió una llama que llegaba hasta él. Todo ello fue filmado con pretendidos fines propagandísticos en un vídeo, colgado en la red para su consulta general. No lo he visto y no necesito verlo para tener los elementos necesarios para ordenar mi reflexión. Comenzaré imaginando qué pretendían los ejecutores cometiendo dicha atrocidad.

Todo acto de terror quiere lograr un efecto intimidatorio, una parálisis de la voluntad, un deseo de estar lejos, en otro sitio. En tal sentido, durante los 40 días en que se ignoró la suerte del piloto, Jordania detuvo su participación en la campaña aérea. Y los Emiratos Árabes Unidos, tras la muerte del piloto, han abandonado la coalición. Eso ya es un logro del terror. Pero el acto cruel también puede producir el efecto contrario y lograr unidad y determinación donde previamente no las había. Así, la condena ha sido masiva y abrumadora: clérigos de toda condición, grupos étnicos rivales y milicias enfrentadas hoy comparten su condena y horror ante dicho crimen. Por ejemplo, en Egipto participan de idéntica revulsión el gobierno, los Hermanos Musulmanes (enfrentados a aquél) y las máximas autoridades religiosas, tales como Amhed al-Tayeb, rector de la universidad al-Azhar en El Cairo. Y, por supuesto, la condena en Occidente es frontal y sin fisuras.

Los verdugos pueden alegar que los países occidentales y musulmanes que ahora elevan la voz denunciando la barbarie son unos hipócritas. El teniente era un militar y ha muerto quemado vivo. Como tantos otros antes que él, añadirán. Y a continuación recordarán que los soldados norteamericanos sacaban a los japoneses de sus búnkeres con lanzallamas, un método sin duda eficiente pero de una crueldad desmedida. El lanzallamas lo usaron todos los ejércitos en la Segunda Guerra Mundial, y se ha seguido empleando con posterioridad (¡aunque no con prisioneros!). Y una reflexión análoga cabe emplear con respecto al uso del napalm (una munición que también toma como base el petróleo) y que tan abundantemente se usó en Vietnam y en otros lugares. Es cierto que la Cuarta Convención de La Haya impide el empleo de armas que «estén designadas para causar un sufrimiento innecesario», pero basta alegar que el arma incendiaria es eficiente para cuestionar que el sufrimiento causado sea innecesario. Un buen modo de dejar inerte el citado argumento es prohibir de una vez por todas las armas incendiarias, aquellas que a propósito buscan que mueras envuelto en llamas. (Su uso contra civiles ya está prohibido en un Tratado de Naciones Unidas de 1980).

Volvamos al teniente y digamos de nuevo su difícil nombre, Moaz al-Kasasbeh, para no olvidar que lo único relevante es que era un ser humano (y no un militar, un piloto, un jordano, o lo que sea).

No es posible encontrar circunstancia alguna que atenuara el horror que sintió ese joven recién casado de veintitantos años, no hay motivo que permitiera disminuir el miedo que sintió y ninguna convicción personal pudo minorar el dolor sufrido. Es cierto que la historia nos ofrece ejemplos en los que las creencias, sobre todo religiosas, pueden coadyuvar a una aceptación de un destino inaceptable. Así, los cronistas medievales nos cuentan que cuando cayó la fortaleza de Montségur, uno de los últimos reductos de los herejes cátaros en el Languedoc, se les ofreció el perdón a cambio de renunciar a su fe. Más de doscientos decidieron permanecer en ella y el 16 de marzo de 1244, en la llanura que se encuentra al pie del castillo, entraron en la pira y fueron quemados vivos. Aún más sorprendente es un pasaje del The Book of Martyrs, de John Foxe (los mártires a los que se refiere son ingleses protestantes ejecutados durante el breve periodo de dominio católico en Inglaterra). El día en que van a ser quemados Latimer le dice a Ridley: «No pierdas el ánimo, master Ridley, y compórtate como un hombre. Esta noche tú y yo encenderemos en Inglaterra una hoguera que nunca se apagará» (tomado del Diario de Bioy Casares sobre Borges).

Pero yo no puedo entender ni a los cátaros ni al bravo Latimer, ni a otros muchos ejemplos similares que nos ofrece la historia. Puedo admirarlos, pero no entenderlos. No, para mí la atrocidad carece de todo consuelo humano o divino. No hay explicación alguna. O quizás la explicación sea esta: en algún lugar de su obra, Primo Levi, internado en Auschwitz, nos cuenta como un oficial SS comete un acto de crueldad gratuito, innecesario. «¿Por qué?», le pregunta Primo Levi. «Aquí no hay porqué», le contesta. Quizás en la mente del sádico, del fanático religioso, tampoco haya un ‘porqué’.

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