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¿Son los bancos tan malos como parecen?

El sistema ha funcionado eliminando ciertos desequilibrios contractuales

Martín Garrido

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¿Son los bancos tan malos como parecen?

¿Son los bancos tan malos como parecen?

Tengo la impresión que cuando algún lector curioso se fije en el titular de este artículo (que hace una pregunta y no una rotunda afirmación como era lo esperado) entienda sin más que no está de acuerdo con lo que se va a decir. Esto es lo que se llama tener prejuicios.

Muchos ciudadanos han considerado que los bancos son “malos” o “muy malos” y hasta sus propios empleados han asumido el papel de que son los “malos de la película” y muchas veces eluden al vecino de escalera al que le dieron un préstamo en las épocas de bonanza.

Les voy a hacer algunas consideraciones, que no son tan obvias como parecen.

Primera. Estamos en una economía capitalista en que los bancos y en general las entidades financieras (y más ahora que han desaparecido las Cajas de Ahorro) buscan el máximo beneficio posible. Es más, deben buscarlo porque si no lo hicieran estarían gestionando mal los intereses de los accionistas.

Segunda. Aunque tendemos a considerar que los bancos pertenecen a un grupo económico concreto o a una familia determinada, la mayor parte de su capital está directa o indirectamente (a través de fondos de inversión) en manos de particulares, incluso de particulares de escaso o medio nivel de renta o patrimonio. Estos particulares están sin embargo en manos del poder económico y dependen de su gestión y de sus decisiones. Conviene tener muy en cuenta que una bajada bursátil afecta a los ricos pero también (y más y mucho más dramáticamente) al pobre pensionista que vive en parte de los dividendos de la acción bancaria; y sobre todo, hay que tener muy en cuenta que el hundimiento del sistema bancario puede llevarse por delante a gran parte de la población.

Tercera. Los bancos son operadores jurídicos y económicos poderosos frente a los cuales el particular, por muy fuerte que sea, y salvo contadas ocasiones, se encuentra en una posición de extrema debilidad, por no decir una expresión más clara pero muy mal sonante.

Este contexto económico claramente desigual tiene su proyección en la esfera contractual. El banco y la entidad financiera “impone” su contrato frente al que el particular sólo puede decir “Amén”, aunque siempre le queda aquello de “Vete a…”. El particular se ha convertido no en la otra parte contratante de los Hermanos Marx sino en un consumidor (en este caso, del producto financiero) al que se le muestran para que firme y otorgue unas cláusulas predeterminadas.

En definitiva, los bancos y las entidades financieras buscan (y deben buscar) ganar cuanto más mejor, se integran por ricos pero fundamentalmente por personas que no lo son pero que están financieramente en manos de los poderosos que controlan el capital, y tienen una situación de abrumador predominio en el mercado y en el derecho contractual.

Cuarto. El sistema bancario es un sector regulado. Si estuviéramos en un Estado liberal mal lo tendríamos, pero afortunadamente hace ya tiempo que hasta los más liberales admiten que los mercados tienen que estar regulados. Las diferencias políticas se encuentran fundamentalmente en la intensidad de esta regulación. Aunque ustedes puedan pensar lo contrario, el sistema financiero se encuentra desde hace tiempo entre los más regulados y así debe ser.

Quinto. El sistema tiene sus mecanismos jurídicos para defender al “cliente débil“. Para enfrentarse a estos retos, el Derecho ha construido una rama propia (la protección y el derecho de los consumidores) dirigida a regular las relaciones entre el poderoso (en nuestro caso la entidad financiera) y el débil ( el potencial cliente bancario).

Fundamentalmente, todo el mecanismo de protección gira sobre tres principios: la necesidad de una información real y efectiva al cliente, evitar los abusos de una posición dominante que imponga a los consumidores cláusulas abusivas, y buscar dentro de la manifiesta desigualdad existente un equilibrio contractual (que generalmente suele venir por la existencia de un controlador jurídico externo).

Sexto. El sistema ha funcionado eliminado ciertos desequilibrios contractuales. Recientes sentencias de tribunales menores e incluso del Tribunal Supremo español han venido anulando las llamadas cláusulas suelos de los préstamos y los créditos hipotecarios. Una última sentencia del Tribunal Europeo ha establecido incluso el carácter retroactivo de la anulación. Como ustedes saben, son aquellas cláusulas de los préstamos con interés variable que establecen que a pesar de la variabilidad pactada entre las partes el interés no puede bajar de una determinada cifra (por ejemplo, un dos por ciento).

La declaración de nulidad de estas cláusulas, pero no de todo el contrato, ha sido realizada en sede judicial, porque los tribunales y no otros controladores jurídicos (los “gatekeepers” del derecho anglosajón), y esto muchas veces se olvida, son los únicos legitimados para dicha declaración.

El fundamento de la anulación ha sido la infracción en la contratación bancaria de alguno de los principios básicos anteriormente expuestos. Pero hay que tener cuidado con la interpretación de estas sentencias porque pueden sacarse conclusiones equivocados (como, por ejemplo, que una cláusula suelo es nula en todos los casos cuando sólo lo es en algunos determinados).

Y séptimo, a pesar de ciertos desequilibrios contractuales que ponen de manifiesto las sentencias, el sistema jurídico ha funcionado relativamente bien, a diferencia por ejemplo de otros países más liberales como Estados Unidos, aunque reconozcamos que se ha visto desbordado por el auge y por la subsiguiente crisis financiera.

Los Bancos y sus empleados no han sido en la contratación de los préstamos y créditos hipotecarios tan malos como parecen ni todos los consumidores tampoco han sido unas almas benditas. Pero esta última reflexión requiere otra tribuna, volver al pasado y preguntarnos qué ocurrió y por qué. Seguiremos.

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