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Sonrisas

La sociedad europea vive tensa, aunque no sólo por los que nos golpean a través de los medios
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Hoy, y tras una pausa navideña demasiado prolongada, lo sé, he decidido desmarcarme de todo lo que estos días es el centro de atención de los medios, muy justificadamente por cierto. Creo que se ha dicho todo lo que había que decir, y tal vez también lo que no había que decir, y se ha hecho parte de lo que se tenía que hacer. La indignación es más que patente, y la unión ante un frente, digamos común, también. La sociedad europea vive tensa, y con toda la razón... motivos no le faltan, aunque no siempre sean tan sólo los que nos golpean a través de los medios.

Porque, efectivamente, cuando unos hechos como los del país vecino, o como los desgraciados sucesos de los trenes de Madrid, etc., etc., nos gritan desde las páginas de los periódicos, desde la red o la televisión, la ciudadanía sufre un golpe de efecto que, por un instante, anula todo lo demás. Y sobre ese ‘todo lo demás’ es sobre lo que hoy, rompiendo con la corriente de estos días, deseaba enfocar mi artículo, con su permiso.

Concretamente les quería hablar de dos hombres. Dos españoles, de edades similares, ambos con el cabello grisáceo, de edad madura y con una larga trayectoria de experiencias diversas a sus espaldas. Los dos han crecido en un país que ha visto subir y bajar su nivel económico, como si de un desequilibrante viaje en el Shambala se tratara. Pero, estimados lectores, su vida, siendo tan similares como seres humanos, ha sido muy distinta. Aunque, y pese a ello, los dos exhiben, al hablar, una amplia sonrisa. Similar, a simple vista… pero no. No nos engañemos. Analicemos antes de sentar cátedra.

El uno ha recorrido un camino casi ‘preorganizado’ de antemano: buena familia, un patrimonio saneado, buen colegio y, tras él, la universidad y una licenciatura. Más tarde oposiciones y, con una edad relativamente temprana, un puesto de trabajo más que apetecible. De ahí, y siguiendo sus ideales e intereses personales, entra en la carrera política y, escalón tras escalón, asciende la pirámide del poder dentro de su partido, hasta llegar a alcanzar un puesto de preeminencia. Un puesto que, efectivamente, le hace sonreír, a veces de manera espontánea y en ocasiones obligado por la imagen que exhibe, y el cargo que ostenta….

El otro vive en un barrio sencillo de mi ciudad. Yo le he visto coger el autobús en más de una ocasión, cuando nuestros horarios laborales coincidían, camino de su trabajo. Con aire satisfecho. El de aquellas personas que tal vez no ejerzan el trabajo de su vida, pero se sienten gratificados por el hecho de poder llevar un salario a casa, y poder vivir de una forma normal, sin grandes gastos, y con algunas alegrías. Yo no había hablado nunca con él. Nos saludábamos, como es de buena educación hacerlo cuando coincides con cierta asiduidad en el transporte público. Era un convecino más.

Pero, poco a poco, vi algo en su indumentaria, e incluso en el tono de su piel, que me hizo pensar que algo ocurría: la ropa parecía estar un poco arrugada, el botón de la chaqueta no estaba bien abrochado, la piel aparentaba estar más arrugada que hace unos meses, y la expresión, pese a mantener el saludo y la sonrisa, había perdido brillo… Al cabo de un corto tiempo, dejé de verle a las horas habituales… hasta que, no hace mucho, le encontré desayunando en un comedor social de la ciudad. Ahí es donde ‘supe’ que todo había cambiado. Me lo encontré un par de veces después, siempre con el saludo y la sonrisa cansina en la boca, acompañado de la que debía de ser su pareja, y de la que se despedía con el mayor de los cariños.

Sin embargo este fin de semana, y con el telón de fondo de la insensatez fanática, a mis espaldas, me lo volví a encontrar. Le saludé: «¿Qué tal? ¿Cómo está? ¿De vuelta a casa?» Y la contestación fue tan rápida y simple como un corte de cuchillo helado: «Sí. Pero me marcho de ese piso.» «¿Se cambia de barrio? –pregunté yo–. ¿A dónde va?». «A un cajero. Hasta que pueda encontrar algo…» Y me quedé allí. Plantada delante de él. Sin saber qué decir, qué palabras pronunciar. Él seguía sonriendo resignadamente. Esbocé un «lo siento» a media voz. Me despedí y ocupé mi asiento...

Estimados lectores: dos hombres. Maduros. Vividos. Pero tan distintos… El uno, sonriente, parapetado detrás de sus gafas, se vanagloria, junto a ‘los suyos’, de que el Estado recupera el optimismo y de que las familias españolas comienzan a respirar tranquilas. Sus labios se distienden en una mueca, constitucionalmente y políticamente correcta. Y, abajo, el rebaño asiente feliz y esperanzado. El otro, con sus pertenencias en una maleta, deja una vida, que ha ido derivando de la normalidad a la pesadilla, camino de unos cartones y un plato caliente por las mañanas… y siempre con su leve sonrisa.

Dos hombres. Con células y venas similares. Nacidos de mujer. Con sueños y esperanzas. A veces enfermos; a veces sanos. Pero radicalmente distintos en su camino. Y unidos indisolublemente, puesto que las decisiones del uno influyen en la vida del otro. Arriba, con el uno, aquellos que lo hacen ‘todo por el pueblo, pero sin el pueblo’ (¿les suena?)… Al otro, una imagen viva de ‘a dónde’ va el pueblo… Estimados lectores… simplemente pensemos en qué sonrisa de las dos queremos…

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