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Sueño o pesadilla de gran coalición

Un gobierno compartido entre PP y PSOE parece lejos, pero cosas más raras se han visto

Enrique Badía

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Aunque ante unas elecciones nunca se sabe, es casi unánime la convicción de que tras las ya convocadas para el próximo 26 de junio formar gobierno requerirá pactar. Nadie da opción a que algún partido obtenga mayoría absoluta o cuando menos suficiente para asumir el poder en solitario. Es lo que vienen mostrando las encuestas, pero no menos lo que alientan los resultados del pasado 20 de diciembre y la posibilidad de que, total o parcialmente, se vuelvan a repetir.

Coherente con ello, se van multiplicando las hipótesis sobre posibles acuerdos entre los partidos a los que se atribuye mayor número de escaños: Partido Popular, Partido Socialista, Ciudadanos y Podemos; en este último caso, dando por hecho que la formación liderada por Pablo Iglesias mantendrá sus alianzas con las confluencias, a las que muy posiblemente se sume Izquierda Unida, en todo o buena parte del territorio. La experiencia de los últimos meses, sin embargo, da poco margen para la especulación.

Ni que decir tiene, cualquier cálculo poselectoral es arriesgado y quizás lo siga siendo incluso después de cerrado el recuento. Esta vez puede serlo aún más. Una dificultad añadida es acertar midiendo el riesgo de que una parte significada del electorado elija abstenerse, sea por decepción, cansancio o una mezcla de ambas cosas. El efecto que vaya a tener esa eventual renuencia a acudir a las urnas es todavía más incierto, dependiendo de si se produce de forma transversal, es decir entre los votantes potenciales de todos los partidos, o se concentra más en unas tendencias que en otras. Caso de ocurrir esto último, la asignación proporcional de escaños podría desembocar en alguna mayoría que hoy casi nadie imagina.

En todo caso, el pronóstico dominante sostiene que el Partido Popular volverá a obtener más escaños que los demás, aunque también coincide en que quedará lejos del número suficiente para gobernar sin pactar. Su suelo electoral se calcula fijado en torno a los siete millones de votos, insuficientes para gobernar, pero sobrados para complicar las opciones de los demás. De ahí que reviva en la mente de algunos la hipótesis de ensayar una coalición con el Partido Socialista, de momento el segundo partido en respaldo electoral. No es, lógicamente, la única que se baraja, pero tampoco la más complicada de imaginar… ¿o sí?

Sea difícil o cerca de lo imposible, la gran coalición parece que va a mantenerse como la propuesta más clara del Partido Popular. Tiene su fundamento táctico en la casi certeza de que volverá a quedar lejos de la mayoría absoluta, pero al tiempo confía en volver a ser la fuerza más votada y que su aquiescencia sea obligada para cualquier reforma de calado, comenzando por el texto constitucional. Pero con la misma firmeza, negarse a ella centrará la campaña de los socialistas, aun siendo conscientes de que sus otras opciones de gobierno tienen la misma o incluso mayor dificultad.

Si nos fijamos en lo que se dicen recíprocamente sus actuales líderes, Pedro Sánchez (PSOE) y Mariano Rajoy (PP), pensar que vayan a pactar el próximo verano, más que pronóstico, parece temeridad. Abundan indicios de que no se soportan personalmente, pero ni son todo en sus respectivos partidos ni la política discurre exclusivamente en términos de amistad o enemistad. En las filas de unos y otros existen partidarios y detractores de un entendimiento, pero no es fácil determinar en qué proporción. Hay también mucho de táctica y apariencia, por lo que vale la pena relativizar lo más vistoso, fijarse en los fundamentos programáticos –muchos iguales o parecidos– e incluso echar algo la vista atrás.

El recorrido de los últimos treinta y pico años está plagado de desencuentros, pero también de frutos de cooperación. Tan cierto como que no han compartido gobierno, es que el grueso del entramado legal e institucional pergeñado desde la Constitución de 1978, comenzando por ésta, ha sido acordado o asumido entre ambos, en ocasiones con el concurso de grupos nacionalistas a los que, por cierto, ahora coinciden en rechazar. Los años al frente del Ejecutivo central de socialistas (21) y populares (12) se han diferenciado más en lo gestual que en la esencia: sus respectivas políticas han sido más semejantes de lo que suelen querer admitir.

Tampoco han pactado nunca formar coalición de gobierno en autonomías o ayuntamientos, pero sí acordado permitir que uno u otro lo hiciese en solitario, unidos frente a los demás. Ejemplo relevante fue el respaldo de los populares vascos al socialista López como lehendakari, con ánimo de abrir paréntesis en la hegemonía del Partido Nacionalista Vasco (PNV), aunque la experiencia fue poco brillante y acabó debilitando a ambos en sucesivas elecciones.

La falta de precedentes significa lo que significa: poco, apenas nada, si se tiene en cuenta lo endeble de extrapolar estrategias entre escenarios distintos. Dicho de otra forma, lo que pudo ser innecesario o incluso inconveniente en una coyuntura determinada puede ser todo lo contrario en una situación dispar. Vale para la opción expuesta, pero también para el resto de posibles combinaciones –tiempo habrá de valorarlas–, teniendo en cuenta que quizás acabe materializada una sólo por ser inviables las demás.

Sin perjuicio de otras opciones, un hipotético gobierno compartido entre PP y PSOE parece hoy bastante lejos, pero cosas más raras se han visto… y no hay que descartar, ni mucho menos, que queden algunas por ver.

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