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Suspense político en Madrid y en Barcelona, dos autonomías sin gobierno

Si los políticos, además de mentir en sus programas, se inventan las cifras y se arrojan los muertos unos sobre la cara y la conciencia de los otros, los ciudadanos cada vez los valorarán menos

Salvador Aragonés

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Suspense político en Madrid y en Barcelona, dos autonomías sin gobierno

Suspense político en Madrid y en Barcelona, dos autonomías sin gobierno

Mientras en Barcelona siguen los independentistas deshojando la margarita, en una lucha por el poder entre Junqueras y Puigdemont –que no están en la arena política por estar uno en la cárcel y otro en Bruselas-- en Madrid se libra una campaña que no es de carácter autonómico solamente, sino también a nivel de toda España. Véase si no, la cantidad de seguidores del debate en Telemadrid, retransmitido por TVE y “la Sexta”, entre otros.

Comencemos por el debate electoral que para nosotros es más próximo: ¿Quién ganó el debate? Y en este punto no entramos. Sí que podemos decir quién lo perdió: Ángel Gabilondo en dos momentos: uno, cuando dio el abrazo del oso a Pablo Iglesias: («nos quedan 14 días, Pablo, para ganar»), y dos, cuando con tono entre súplica y enfado, tuvo que repetir que él era el candidato y no Pedro Sánchez, presidente del Gobierno.

De hecho, el adelanto electoral de Isabel Díaz Ayuso pilló al PSOE de Pedro Sánchez con el paso cambiado, es decir sin un candidato contundente frente al Partido Popular. Pedro Sánchez, que cada vez se le ve más monclovita, es decir con el síndrome de La Moncloa, saltó a la arena electoral a lidiar a Díaz Ayuso, dejando de alguna manera a Ángel Gabilondo como telonero.

Ha sido un error de Pedro Sánchez, al igual que cuando desde África afirmó que los datos de fallecidos y enfermos de Covid-19 habían sido falseados por la Comunidad de Madrid, es decir por Isabel Díaz Ayuso. Un presidente del Gobierno no puede decir eso, cuando su propio equipo le desmiente. Está claro que Isabel Díaz Ayuso le cae fatal a Sánchez, pero este no puede perder los papeles.

Y qué decir de Catalunya? Lleva muchos meses sin gobierno, y tras unas eleccio-nes que ganaron los indepen-dentistas, estos siguen sin entenderse a la hora de poner en pie un gobierno

Ahora, con el cambio de pareja de baile, con Iglesias como vicepresidente de Madrid, el PSOE no lleva un cartel atractivo para los madrileños. Iglesias es un político muy poco querido en Madrid, a tenor de las encuestas a los candidatos en que queda siempre el último. En el debate Iglesias intentó mejorar su imagen con cifras y con el abrazo de Ángel Gabilondo, siguiendo éste la estrategia de La Moncloa. No creo que a Ángel Gabilondo le haga demasiada gracia ir del brazo de Iglesias, dejando incluso arrinconada a la candidata de Más Madrid, Mónica García.

Nada más sobre el debate. Sólo lamentar, y mucho, el baile de cifras falsas (fake) que dieron unos y otros. Si los políticos, además de mentir en sus programas, se inventan las cifras y se arrojan los muertos unos sobre la cara y la conciencia de los otros, los ciudadanos cada vez valorarán menos aún a los políticos, en los que prevalece más la lucha por el poder que el servicio a los ciudadanos.

¿Y qué decir de Catalunya? Lleva muchos meses sin gobierno, y tras unas elecciones que ganaron los independentistas, estos siguen sin entenderse a la hora de poner en pie un gobierno. Queda un mes para alcanzar un acuerdo, pues si no, hay que convocar elecciones de nuevo según el Estatuto de Autonomía.

El meollo del desacuerdo entre los independentistas es la lucha por el poder. Ganó Esquerra Republicana, pero JuntsxCat de Carles Puigdemont ni quieren perder un ápice de poder; del poder que tienen ahora, y no solo en cargos, sino en la acción política. Puigdemont nada menos que quiere que Esquerra Republicana rompa sus acuerdos con el gobierno de Pedro Sánchez, aunque sean –y lo son– acuerdos muy suculentos para el partido de Oriol Junqueras y Pere Aragonès. Esquerra Republicana tiene un pánico escénico a que le llamen «botifler» (traidor) si se desengancha de JuntsxCat y llegara a algún acuerdo con los socialistas (por ejemplo, la abstención del grupo de Salvador Illa, la lista más votada). Y por eso Puigdemont aprieta muy fuerte. El mantra de que las elecciones las ganaron las formaciones políticas independentistas por el 52 por 100 de los votos es una falacia. Si miramos la baja participación (solo un 53 por 100 del cuerpo electoral) vemos que las formaciones independentistas obtuvieron el voto favorable el 27 por 100 de «todos» los electores).

De momento solo hay un acuerdo sobre la mesa y es al que han llegado Esquerra Republicana con la CUP, el grupo antisistema (mezcla de comunistas, anarquistas y kale borroka). Los de Puigdemont, que quedaron a muy poca distancia de los republicanos de Junqueras y Aragonès, no quieren ceder un ápice de poder, ni de su estrategia de confrontación dura con el Estado. Esos son los herederos de Jordi Pujol, de Convergència, del nacionalismo pactista… ¡Quién lo hubiera dicho!

Ahora ha resucitado el llamado Consell de la República, un consejo formado por hombres de Puigdemont en casi su totalidad, al que este quiere dar ahora un papel institucional, cuando hasta este momento no era más que un ente de razón político. Son los que financian, junto con la Generalitat, la casa (Waterloo) y corte de Carles Puigdemont.

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