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Syriza es otra cosa

Para empezar, Podemos aún ha de pasar de ganar sondeos a llenar urnas
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En los últimos tiempos, una serie de creadores de opinión, algunos por su propio interés, otros paradójicamente en contra de lo que les convendría, se han aplicado a cultivar de cara a la opinión pública una especie de ecuación entre Syriza y Podemos. Entre los interesados, están todos los afines a esta última fuerza política: desde que Syriza es un ejemplo de éxito electoral e incluso, si bien esto más modestamente, de capacidad de negociación con la inasequible Merkel, asemejarse a ellos implica atraer sobre uno la fortuna y el crédito que en buena lid, eso nadie puede cuestionarlo, ha conseguido el partido de Tsipras.

Esto puede entenderse: cada cual busca la mejor manera que se le ocurre de mejorar las propias bazas, y no cabe duda de que el tándem Tsipras-Varufakis transmite una sensación de competencia, y de aplomo para navegar en aguas difíciles, que nadie que se postule ante los electores puede desdeñar.

Más difícil de comprender resulta el empeño que tienen en equiparar a Syriza y Podemos los enemigos políticos de este último. Deberían darse cuenta de que a medida que pasan las semanas, y en los próximos meses ya se verá, pero es probable que siga la tónica, más que desacreditar a su rival político lo están enalteciendo a los ojos de buena parte del electorado. Admitámoslo: con las pocas y malas cartas que tienen en la mano, los nuevos gobernantes de Grecia están forzando, siquiera sea todavía tímidamente, una nueva fase en la gestión de los asuntos europeos. Una fase en la que ya no resultan tan evidentes las bondades de la austeridad a todo trance, y menos aún la legitimidad de infligir, a quienes son a fin de cuentas nuestros hermanos europeos, las afrentas a que se han visto sometidos en el pasado reciente los griegos, según la propia confesión de Jean-Claude Juncker, presidente actual de la Comisión y durante los años oscuros del ajuste primera figura del Eurogrupo y muñidor de la troika. El propio enterramiento de este nombre tiene, que duda cabe, un valor simbólico, y también de triunfo para el partido que ha logrado enviarlo al baúl de los trastos viejos.

No se entiende ese nerviosismo con que se asimila, desde el Gobierno español actual, todo lo que logre Syriza con una carta en la mano de Podemos, cuando a todas luces ambas fuerzas son distintas, y no es precisamente la española la que aventaja en solvencia a la griega. Para empezar, aún ha de pasar de ganar sondeos a llenar urnas; para continuar, tiene líderes que se permiten prácticas que no se hallan conceptualmente lejanas de esos birlibirloques diferidos en forma de simulación que hizo célebres Cospedal. Con cosas así no se gana crédito electoral, y menos aún si en lugar de reconocer la falta y la responsabilidad, se cierran filas para quitarles importancia.

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