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También es democracia

Todos los argumentos son válidos, pero no en las puertas de los tribunales

Santiago Castellà

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En una sociedad democrática la libertad de expresión y el derecho de manifestación se articulan como las expresiones esenciales y medulares de la misma. Sus límites y excepciones deben estar clara y legalmente establecidos y no pueden en ningún caso atentar contra el núcleo duro de los mismos. Dicho lo cual, quizás alguien debería decir que para un sistema democrático, basado en la división y el equilibrio de poderes, no es bueno que en las puertas de los juzgados se organicen manifestaciones en contra de determinados procesos judiciales. Compartamos o no los argumentos de los manifestantes, podremos mayoritariamente coincidir en que tiene todo el sentido democrático decidir manifestarse contra una actuación cuanto menos confusa y tremendamente política (y/o politizada) del Ministerio Fiscal; lo compartamos o no, ese es su derecho y esa su libertad. Pero hacerlo a las puertas de un juzgado donde se ha citado a declarar a personas imputadas me parece que es pasar alguna línea roja de una sociedad democrática: solo y exclusivamente tiene sentido si se pretende influenciar en la acción judicial. Todos los argumentos para manifestarse son válidos, pero no en las puertas de los tribunales. Hay cientos de espacios, de foros y de calles en las que manifestar el desacuerdo. Pero la independencia de los tribunales exige, por respeto democrático, que en sus puertas no se organicen ceremonias donde un gobierno casi en pleno –con el conseller del Interior y el conseller de Justícia presentes– y con un amplio despliegue de la policía (a sus órdenes) acompañe a dos de sus miembros hasta la misma puerta mientras centenares de personas les muestran su apoyo entusiasta coreando consignas. En mi opinión, ante una desafortunada actuación del Ministerio Fiscal cualquier político electo debería proclamar su confianza en que la independencia judicial garantizará un resultado satisfactorio del proceso… la misma actitud que se nos exige a cualquier ciudadano, muchos kafkianamente abandonados ante procesos judiciales. Todo da la apariencia de que –allí y aquí– algunos se retroalimentan con provocaciones buscando réditos electorales; y habrá que recordar de nuevo que una democracia no se reduce a votar plebiscitos.

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