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Tarragona, ciudad minada... y sin remedio

Si esquivar cacas de perro en la acera fuera un deporte olímpico, dominaríamos el podio. La prometida solución del ADN ni está ni se la espera. ¿Otra idea que se queda en proyecto?

Álex Saldaña

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Los ´incívicos´ han agotado también la paciencia de sus vecinos.  Foto: DT

Los ´incívicos´ han agotado también la paciencia de sus vecinos. Foto: DT

Las aceras, los parques y los jardines de Tarragona están minados de excrementos de perro. «No puedes apartar los ojos del suelo; si lo haces, acabas pisando alguno», decía una ciudadana en un reportaje publicado hace unos meses en este mismo periódico. «Yo antes para ir a trabajar pasaba por la calle Joana Jugan y raro era el día en el que en el último tramo no te cruzabas con siete u ocho excrementos. Entre el hedor y que llegué a pisarlos más de una vez, decidí dar un rodeo y pasar por la Avenida Catalunya», decía otro tarraconense. Y es que si esquivar cacas de perro fuese una disciplina deportiva incluida en los Juegos del Mediterráneo, no solo tendríamos ya el escenario para esta prueba totalmente preparado, sino que además pegaríamos un importante salto en el medallero.

No es éste un tema baladí. Se trata no sólo de una desagradable molestia, sino de un auténtico problema de higiene y de salud pública. ¿Sabían que un perro de 15 kilos genera 18 kilos de excrementos al mes? ¿Y que esas heces que los propietarios de mascotas ‘despistados’ dejan en las calles pueden solidificarse al cabo de un par de días bajo el sol, convirtiéndose en polvo que será arrastrado gracias al viento, contaminando el aire que respiramos? ¿O que si llueve se disolverán y acabarán afectando el agua de los acuíferos?

Antes que nada, cabe decir, alto y claro, que en esta ocasión –al césar lo que es del césar– los culpables de semejante situación no son los políticos; ni los de aquí, ni los de allá, ni los de más allá. Los autores de estas fechorías son esos propietarios de animales incívicos y desaprensivos –los propietarios, no los animales, pobrecitos– que no se acaban de enterar de que tener una mascota supone una responsabilidad para con el animal, pero también para con el resto de ciudadanos. Es cierto que son una minoría entre los dueños de mascotas, pero esos pocos individuos, incapaces de comprender que la calle es de todos y que no hay que hacer en ella lo que no harías en tu casa, causan un gran perjuicio a todos.

Me consta que este asunto es uno de los que más quita el sueño a Josep Félix Ballesteros desde que es alcalde. Me consta también que es uno de los problemas de los que más se queja la ciudadanía. Me consta que no se trata de un mal que afecta sólo a nuestra ciudad. Y me constan los esfuerzos que el Ayuntamiento ha dedicado a tratar de erradicar estos ‘despistes’ de los dueños de mascotas. De hecho, ha recurrido a prácticamente todo, aunque con muy escaso éxito: campañas de concienciación, que se han demostrado inútiles ante la falta de conciencia de mucha ‘gente’; multas, ante el fracaso de los intentos de concienciación; un servicio de detectives privados para delatar a quienes no recojan las defecaciones de sus canes; la ‘motocaca’, una moto equipada con aspiradores –por cierto, ¿qué habrá sido de ella?–; pipicanes, devenidos en auténticos estercoleros –alguno incluso al lado de una guardería y un parque infantil–…

Y la última promesa de Ballesteros fue el análisis de ADN. Aunque en su momento desató todo tipo de comentarios, se ha demostrado que no era una mala idea. Claro que lo sabemos a través de la experiencia de otras ciudades, dada la rapidez de acción que caracteriza a la administración en Tarragona. Sí, mientras aquí se nos va el tiempo debatiendo sobre cómo se hará, quién lo hará, por qué se hará, dónde se hará… en otros lares la medida ya funciona. Así, en Xàtiva, donde el sistema está operativo desde noviembre, la cantidad de excrementos perrunos en las calles se ha reducido en un 80%. También se ha apuntado al ADN la Seu d’Urgell, y prevén copiarlo en breve Sitges, Parets, Tordera, L’Hospitalet, Cornellà... La técnica es simple: primero hay que obligar a los dueños a incorporar en el chip el ADN de la mascota; para ello, el propietario lleva el animal al veterinario, que extrae una muestra de sangre, la precinta y la envía a una empresa, que realiza un censo genético. Luego, cuando se detecte un excremento, un funcionario municipal recoge la muestra y la envía para que sea cotejada. El análisis de sangre inicial cuesta 25 euros y cada examen de heces, 35. Nada que no se pueda recuperar con una buena y merecida multa. Como les digo, es algo simple y parece una gran solución, pero me temo que tendremos que seguir viendo estos beneficios en otras ciudades; eso de convertir ideas y proyectos en realidades no es algo que vaya mucho con Tarragona.

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